The Objective
Hastío y estío

Julio Iglesias y un libro autodestruido

«Reescribir por miedo, tener que añadir la ‘nada textual’ es la peor decisión que se podía tomar»

Julio Iglesias y un libro autodestruido

Julio Iglesias. | EFE

Julio Iglesias empezó la semana pasada su viacrucis particular. Un camino empinado (aunque el suyo siempre lo ha estado), donde ha llevado a cuestas la cruz de una promiscuidad venerada por sus muchas fieles. Devotas del cuerpo de Julio, amén. Una comunión tan carnal como espiritual. Una religión hedonista. Todas deberían serlo. Dar placer al alma, pero también al cuerpo, que es nuestro templo. El amor es darse y disfrutar de ello. El placer como centro del mundo y la búsqueda de la belleza como único sentido de la vida.

A Julio Iglesias, dos mujeres que trabajaban en su casa como parte del servicio, le han acusado de abusos sexuales y comportamientos deshonestos y autoritarios. A Julio de España, el hombre envidiado por muchos hombres, igual que muchas mujeres envidiaban a las mujeres que se encamaban con él. Julio es España con sus virtudes y con sus defectos. Con sus vicios y pecados. Y en España se dice que el nuestro es la envidia. Yo no estoy de acuerdo. Un servidor no cree que se envidie el éxito ajeno, sino que se desprecia al que lo posee. Esto no es una cosa de la que me haya dado cuenta yo, sino que es una frase de Fernando Fernán Gómez, alguien a quien tener más en cuenta, por supuesto. El desprecio es algo más profundo que la envidia, siempre frívola y superficial.

Julio Iglesias era, y espero que siga siendo, un hombre feliz. Un disfrutón en su máxima expresión. Alguien que ha vivido a su manera. Un Frank Sinatra sin su voz, pero cuyos cantos han hipnotizado a muchas más sirenas. Un ser mitológico y español, valga la redundancia. Nuestro mejor representante. El reverso luminoso del Alfredo Landa ibérico con las suecas, y en su caso sin ser una película. La realidad deseable, y jueguen con esta última palabra de todas las formas que imaginen.

Un servidor no sabe si esas dos trabajadoras dicen la verdad o mienten. Julio nunca me ha invitado a sus casoplones. Puede que se deba a que desconoce mi existencia, aunque también hay que decir que no sé si sabría gestionar una manera de vivir tan paradisíaca, aunque fuera solo por un instante. Pero lo importante es que no he visto con mis ojos si nuestro cantante más exitoso tenía las manos más largas que la más lasciva de las imaginaciones. Todo son elucubraciones. No confundir esta palabra con «lubricantes», como las mentes interesadas en que toda fluya con naturalidad en lo morboso de la noticia. Lo que tengo claro es que yo no soy nadie para condenarle o liberarle de una acusación tan grave.

Y aquí aparece lo que más me ha dolido alrededor de la noticia. Y es que el escritor Ignacio Peyró y su editorial Libros del Asteroide, autor y sello de un libro sobre la vida de Julio Iglesias de título El español que enamoró al mundo, han escrito un comunicado donde queda cristalino su miedo y su acomplejamiento. En él dejan claro que desconocían los hechos de los que se acusa a Julio Iglesias, y que se va a reeditar el libro añadiendo la información sabida estos días. Reeditar un libro con los costes que eso tiene para añadir unas frases tan vulgares como «Y con 82 años se le acusó de violentar sexualmente y de ser demasiado autoritario con dos trabajadoras pertenecientes al servicio. La noticia salió hace muy poco, por lo que no sabemos si es verdad o no». Si les soy sincero, para un servidor, ese final para el libro me parece bajonero y cutre. Lo que no ha sido la vida de Julio Iglesias. Lo que no se merece la escritura brillante de Ignacio Peyró, ni el prestigio de la editorial.

Reescribir por miedo, tener que añadir esta «nada textual» es la peor decisión que se podía tomar. Algo tan precipitado como las opiniones de sector progre tanto cultural como político como las sandeces dichas por Ione Belarra y compañía, donde ha sido condenado desde el primer momento. O de la misma manera en el sector conservador mediático, donde se pueden añadir las de amigos del artista como Ana Obregón, Ramón Arcusa del Dúo Dinámico o Jaime Peñafiel.    

Y es que tanto el autor, Ignacio Peyró, como la editorial, suspenden en el examen de la dignidad con ellos mismos y con los lectores, pero sobre todo con el trabajo realizado. No deja de ser irónico que la inquisición del siglo XXI quiera acabar con Iglesias, un templo desacralizado por él mismo, pero santificado por muchas. Una contradicción tan formal como anormal. Y es que los templos ahora son dominados por los mercaderes de moral sesgada, y que solo la venden a quien puede pagar el precio del miedo. Tener miedo es algo que debe humanizarnos, pero no hacernos incoherentes. 

Pocas cosas hay peores que la profunda decepción. No una superficial y endeble que se olvida a la velocidad del parpadeo. Y lo de Peyró y Libros del Asteroide me provoca ese sentimiento. Ser infiel a tus principios morales, éticos y estéticos, cuando estos eran profundamente honestos. Justificarse por algo que nadie conocía, ni se sabe si ha sido así. Y es que tenerle pavor a esta nada hace que te conviertas en ella.

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