Ana Redondo, la igualdad hipócrita
«Con lo fácil que lo tiene para reunirse con mujeres del PSOE. Las denuncias contra Salazar son numerosas»

La ministra de Igualdad, Ana Redondo. | Eduardo Parra (EP)
En un giro que roza lo surrealista, la ministra de Igualdad, Ana Redondo, ha decidido reunirse con una presunta víctima de agresión sexual cometida por Adolfo Suárez, el expresidente fallecido en 2014. Unos hechos que supuestamente ocurrieron en un pasado aún más remoto. Uno no puede evitar arquear una ceja ante esta escena digna de una novela de fantasmas. ¿Estamos ante un acto de justicia poética o simplemente ante el último episodio de un feminismo selectivo que huele a oportunismo político? Porque, vamos a ser claros, la señora Redondo, con su agenda apretada de reuniones simbólicas, parece tener un radar muy particular para detectar víctimas siempre y cuando encajen en su narrativa.
Imaginemos la escena. La ministra, con su expresión de empatía ensayada, sentada frente a una mujer que relata un horror de hace décadas, perpetrado por un hombre que ya no puede defenderse ni ser juzgado. Redondo asiente, toma notas, promete apoyo. Pero, ¿por qué cree a pies juntillas a esta supuesta víctima con la que se reunió? ¿Es que su ministerio ha desarrollado un detector infalible de verdades absolutas? O, tal vez, es más sencillo: creer sin cuestionar cuando el acusado es un icono de ideología conservadora, un símbolo de una España que, para algunos progresistas, representa todo lo que detestan. No es que dude de la víctima, que también, pero uno se pregunta si esta fe ciega se aplica con la misma intensidad en todos los casos. Porque, si fuera así, la ministra tendría una cola interminable de reuniones pendientes en su propio patio trasero.
Con lo fácil que lo tiene Redondo para reunirse, si quisiera, de manera diaria con mujeres de su organización política, el PSOE, ¿por qué no lo hace? Las denuncias contra Paco Salazar, son numerosas y bien documentadas. Mujeres que han alzado la voz contra sus presuntos abusos, contra un comportamiento que, según testigos y relatos, roza lo criminal. Y no solo Salazar: hay otros hombres en el PSOE con sombras similares, acusaciones que flotan en el aire como humo tóxico en una sala cerrada. ¿Dónde está la ministra? ¿Por qué no convoca a esas víctimas reales, vivas, que podrían beneficiarse de un apoyo inmediato? En lugar de eso, prefiere el espectáculo de reunirse con ecos del pasado. Un servidor no quiere creer que el feminismo progresista tenga en cuenta quién comete el delito y quién lo sufre, aunque eso explicaría su manera sesgada y tendenciosa de actuar. Sería demasiado cínico, ¿verdad?
¿Tiene previsto la ministra reunirse con mujeres iraníes que sufren la teocracia islamista y, esta sí, machista hasta la médula? Esas heroínas que arriesgan la vida por quitarse el velo, que sufren latigazos y cárcel por reclamar derechos básicos. ¿Veremos a Redondo en una videoconferencia con ellas, ofreciendo una solidaridad real? O, mejor aún, ¿condenará con la misma vehemencia las opresiones que no encajan en su agenda woke?
Y no olvidemos el colmo de su hipocresía. Que permanezca callada y no haya dicho nada de su compañera de partido, y futura perdedora de las elecciones aragonesas, Pilar Alegría, de que se reuniera en un restaurante, hace un par de meses, con el mismísimo Salazar, cuando todo el mundo conocía su comportamiento deplorable. Fotos donde ambos se muestran sonrientes. ¿Eso es sororidad? ¿Eso es feminismo?
Un servidor se pregunta si Redondo ha llamado a capítulo a su compañera de partido, o si, por el contrario, ha mirado para otro lado. Porque, claro, Salazar es de los suyos. Un intocable en el ecosistema socialista, donde las lealtades partidistas parecen primar sobre la decencia. Si esto no es un doble rasero, ¿qué lo es? La ministra, con su cartera rimbombante, debería ser la primera en denunciar estas incongruencias. En cambio, opta por el silencio cómplice. Lo que está claro es que se reunirá con esas dos voces de actrices de radio que dicen haber sido agredidas por Julio Iglesias. Otro icono de una España pasada que detestan.
Redondo demuestra tener un pensamiento cuadriculado. Una forma de pensar rígida y nada flexible. Estructurada en un interés partidista. Aferrarse a una sola perspectiva y tener muchas o todas las dificultades para adaptarse a puntos de vista diferentes. Una intolerancia que ojalá fuera a la lactosa, y no a quienes no pensamos como ella.
