La ineptitud flagrante del Gobierno
«Hasta que no la enfrentemos, tragedias como esta seguirán repitiéndose»

María Jesús Montero y Óscar Puente durante su visita al lugar del accidente el pasado lunes. | Joaquin Corchero (Europa Press)
En un país donde la tragedia se convierte en rutina y la incompetencia en norma, el reciente accidente ferroviario en Adamuz no es solo un fallo técnico, sino el epítome de una gestión gubernamental que roza lo patético. Dos trenes colisionando de frente en una vía que debería ser un ejemplo de modernidad, dejando decenas de heridos y más de cuarenta muertos, además de un reguero de preguntas sin respuesta. ¿Cómo es posible que en pleno 2026, con un presupuesto millonario destinado a infraestructuras, sigamos asistiendo a catástrofes que podrían evitarse con un mínimo de previsión? La respuesta es sencilla: ineptitud flagrante. El Gobierno de Pedro Sánchez, con su ministro de Transportes Óscar Puente al frente, ha convertido el ferrocarril español en un circo de excusas y promesas vacías, donde la verdad vale menos que una rueda de prensa bien orquestada.
Óscar Puente, ese ministro que parece salido de una película de Bud Spencer, no ha tardado en salir a la palestra para defender lo indefendible. En una rueda de prensa maratoniana de más de dos horas, un ejercicio de verborrea que debería estudiarse en las escuelas de periodismo como ejemplo de cómo no comunicar, Puente nos dejó con más dudas que certezas. Habló de «investigaciones en curso», de «colaboración con las autoridades judiciales» y de un sinfín de tecnicismos que no explican por qué un sistema supuestamente actualizado falló estrepitosamente. Pero lo más sangrante es su insistencia en que el ferrocarril español está viviendo «el mejor momento de su historia». Dígaselo a las familias de los fallecidos, a los pasajeros que vivieron el pánico en primera persona, o a los miles de usuarios que sufren retrasos crónicos en líneas como la de Cercanías. Esta afirmación no es solo falsa, es una bofetada a la realidad, un negacionismo que roza lo patológico.
Y no olvidemos su lema estrella: «Perdonen las mejoras». ¿Llaman mejoras a un accidente que expone las grietas de un sistema obsoleto? Este eslogan, repetido hasta la náusea en campañas publicitarias, se ha convertido en el mantra de un Gobierno que pide perdón por sus «supuestos aciertos», mientras cobra impuestos récord. Puente, con su habitual prepotencia, nos pide paciencia mientras el país se desmorona. Pero la paciencia se agota cuando las vidas están en juego. Recordemos también su hipocresía histórica: este mismo señor, exalcalde de Valladolid, no dudó en acusar a José María Aznar de «instigar» los atentados del 11-M. ¿Asumirá que, como ministro, es el principal responsable de esta colisión? Por supuesto que no. En el socialismo sanchista, la responsabilidad es un concepto flexible, aplicable solo a los adversarios políticos.
Pero si Puente es la nada presencial, Pedro Sánchez es el presidente ausente. El presidente del Gobierno apareció el primer día en el lugar de los hechos, enfundado en un chaleco amarillo reflectante, ese uniforme de postureo que tanto le gusta, no para consolar a las víctimas o coordinar la respuesta, sino para advertir contra los «bulos periodísticos» que podrían surgir en los próximos días. En un momento de crisis nacional, su prioridad es blindarse mediáticamente, asegurarse de que ninguna crítica le salpique. Lo importante para Sánchez no es la verdad ni la justicia, es que él no salga magullado de este accidente. Desde entonces, silencio sepulcral. Ni una rueda de prensa, ni una explicación detallada, ni un gesto de empatía genuina. Ha delegado todo en Puente, como si la presidencia del Gobierno fuera un cargo honorífico y no el timón de la nación.
Es una vergüenza absoluta que el presidente no siga estando en el lugar donde ocurrió la desgracia. ¿Dónde está Sánchez? ¿En Moncloa, planeando su próxima maniobra electoral? No se justifica que se escude en su ministro de Transportes. La ciudadanía merece un líder que dé la cara, que explique lo que falló, qué se va a hacer para evitarlo y cómo se va a compensar a las víctimas. En lugar de eso, tenemos un Gobierno fantasma, que deja a los españoles a la intemperie. Literalmente. Recordemos el apagón masivo de hace unos meses, que dejó a España sin luz durante casi un día por fallos en la red eléctrica, otra joya de la gestión sanchista. O los constantes problemas en los trenes de alta velocidad, con averías que se multiplican mientras los precios suben. ¿Y qué decir de la economía cotidiana? Familias que dudan entre comprar filetes para que coman sus hijos o adquirir las gafas que necesitan para que vean con claridad este caos. Pagar más impuestos que nunca para que los servicios públicos, en vez de disfrutarlos, los suframos como una penitencia. Esta ineptitud no es casual, sino sistémica.
Urge una investigación independiente de los hechos. Urge una responsabilidad política, con dimisiones en cadena. Y urge, sobre todo, un cambio de rumbo. Porque si algo ha quedado claro es que con Sánchez y su séquito, España no avanza, sino que retrocede, en esto sí, a velocidades de vértigo. La ineptitud flagrante no es un título para este artículo, es la cruda realidad que nos asfixia. Y hasta que no la enfrentemos, tragedias como esta seguirán repitiéndose. Mientras tanto, los responsables de que España sea un accidente continuo, se lavan las manos, y se las secan con chalecos amarillos.
