El PP no puede ser bondadoso con Adamuz
…y devolver el bien por mal

TRen accidentado en Adamuz.
Somos muchos —escribo, muchos— los que nos hemos hecho cruces estos días con Moreno Bonilla destacando la «unidad de todos» en la hecatombe de Adamuz. Eso sucedía cuando, a continuación, un artificioso Pedro Sánchez utilizaba su verbo más fervoroso para declamar, «a lo socialista», la solidaridad —«so-li-da-ri-dad», enfatizan ellos—, sin mirar ni una sola vez para agradecer su comportamiento al propio presidente de Andalucía y, al día siguiente, poner los cuernos al mismísimo Rey.
Incluso Núñez Feijóo, al que nadie del Gobierno llamó para ofrecer datos sobre la tragedia de los trenes, destacó sobre cualquier otra conducta (como debe ser) el trabajo de «todas las Administraciones», pero sin un ápice de crítica a la cada vez más probable responsabilidad política, no ya de ese cafre, Puente, que todavía sigue siendo ministro de Transportes, sino del propio presidente del Gobierno, engallado en un escenario nada propicio a que nadie le parta los morros.
A este cronista se lo recalcaba un médico próximo: «Como siempre [él es de este partido], el PP actúa como un angelito; se dirige al contrario cantando algo así como Con flores a María… mientras enfrente se topa con unos desalmados con una navaja albaceteña entre los dientes». Y luego me señalaba: «No hay que insistir en lo que estaría pasando si esta terrible catástrofe de Adamuz hubiera ocurrido con el PP en el Gobierno».
Desde luego que no hay que insistir en ello por una sola razón: porque aún estamos contemplando atónitos cómo se ha regido el PSOE en la dana de Valencia. Únicamente le ha faltado llevar a los tribunales a Feijóo y al desdichado Mazón y pedir para ellos el ahorcamiento público en la Plaza del Ayuntamiento de la Ciudad del Turia. Leyendo estas reflexiones, seguro que algún —o algunos— bienintencionados dirigentes del PP se dirigen al público en general, confesando humildemente: «Es que nosotros no somos como ellos». Una afirmación que causa gran regocijo en una izquierda que ha demostrado no tener la menor intención de exhibir ni respetar valores morales, ni siquiera en situaciones tan trágicas como la que estamos viviendo.
El más agreste de los voceros de Sánchez, el susodicho Óscar Puente, el tipo que ha llamado criminal, así, como suena, a Feijóo, a Mazón y a todas sus huestes, comparecía en la noche del drama para aventurar que «aquello era muy raro» y para pedir que nadie «hiciera conjeturas aventuradas». O sea, los hipertrofiados «bulos» de Sánchez.
Lo decía quien tiene una lengua de acero, que no acata las más elementales normas de urbanidad y que se ha constituido en el carrilero más procaz, entregándole balones envenenados a Sánchez para que este los remate. Pues bien: una vez que ya hemos llorado todo lo llorable, aunque aún nos falten lágrimas, y una vez que nos hemos estremecido con la realidad irreparable de decenas de muertes, ¿vamos a seguir tentándonos la ropa antes de imputar el desastre a estos gobernantes despiadados?
¿Por qué el Partido Popular tiene que actuar así? Ahora mismo ya existen suficientes pruebas para destacar que la tragedia se podría haber evitado. El Gobierno, sin embargo, no hizo nada para ello: ni escuchó a los maquinistas, ni hizo el menor caso a la denuncia de los técnicos, ni, por supuesto, prestó la menor atención a las invocaciones del PP, la última a comienzos de septiembre del 25. En aquel episodio del Senado, el Gobierno —Puente, específicamente— se comportó como un auténtico rufián. O como Rufián mismo.
Por eso, ¿complacencia con el PSOE en este trance? A otro perro con ese hueso. Por una vez, el PP tiene que aplicarles su misma medicina. Lo demás es hacer, estructuralmente —como se dice ahora—, el idiota. ¿Cuánto tiempo va a tardar Feijóo en obligar a la indecente Armengol a convocar un Pleno parlamentario sobre el caso? ¿Cuánto en situar al citado Puente al borde mismo de la repulsa nacional?
Son tan desaprensivos que hasta utilizan el drama para construir estrategias electorales. ¿Qué pintaba, si no, la vicepresidenta del atraco fiscal a los españoles, la señora Montero, al lado del Rey, Sánchez, Puente y el angélico presidente de la Junta de Andalucía? ¿Tenía ella alguna jerarquía institucional en momentos decisivos como estos? Ninguna.
Por eso hay que adelantar lo siguiente: muy cercanos en el tiempo veremos el funeral correspondiente de Huelva u otros actos «civiles», los que tanto gustan a estos descreídos de pitiminí, para presuntamente honrar y recordar a las desdichadas víctimas del choque, si es que lo ha sido, de Adamuz. A estas convocatorias acudirá un Sánchez revestido de su mayor tristeza para, a continuación, sin solución de continuidad, tomar el micrófono y las cámaras de un medio comprado y poner de chupa de dómine al PP, ya que estamos justo en la campaña electoral de Aragón, que empieza este fin de semana. Será otro teatro desvergonzado, en el que los protagonistas —los muertos y los heridos— ocuparán un segundo plano. El primero lo ganará Sánchez, clonificador de esas tediosas ceremonias masónicas, tan cercanas a él, en las que solo brillan una antorcha y un mandil como mayor homenaje a los ausentes.
Por todo esto: ¿por qué tiene que ser bondadoso el PP y comportarse como un palmero de los responsables de esta descomunal tragedia? No se trata de usar a los muertos para hacer política, sino de impedir que los «vivos» socialistas los utilicen para encubrir su desdichada gestión. El respeto ineludible a las personas fallecidas no tiene por qué incluir el silencio cómplice ante quienes han fabricado la tragedia.
Por colocar un ejemplo histórico: hartos estamos los españoles de que la izquierda recuerde con devoción a uno de los mayores matarifes del siglo XX español, Francisco Largo Caballero, y calle ante lo que es una certeza; que la Guerra Civil fue más su obra que la decisión última de Franco. Es un ejemplo indispensable a estas alturas de la película.
La derecha española, una vez que, como es menester, tenga bien llorados a los muertos de Adamuz, debe, llegados a este momento terrible, despedazar políticamente a quienes, de una forma u otra, han sido culpables de este enorme drama español. Ellos se van a revolver lanzando basura sobre los demás; pues bien: que, como un bumerán, tanto desperdicio se vuelva, por una vez, contra ellos. El PP no tiene por qué ser bueno ni bondadoso, tampoco en esta ocasión. Para eso ya tenemos al Padre Ángel.
