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Fronteras para la discordia

Ucrania, Gaza, Taiwán, el Ártico… identidades y líneas divisorias han sido siempre causa de conflicto en la historia

Fronteras para la discordia

Ilustración de Alejandra Svriz.

¿Se han preguntado alguna vez cuántas de las grandes noticias actuales tienen que ver con las fronteras? A bote pronto, a cualquiera le salen en tropel los nombres de Ucrania, Gaza, Groenlandia, Taiwán, los kurdos, el Ártico… Casi podría decirse más bien lo contrario, que es difícil mencionar un acontecimiento político —no digamos ya un conflicto— que no tenga una relación directa con el problema de las fronteras. Sin embargo, resulta curioso o paradójico que no abunden los libros sobre las fronteras, en el sentido de una reflexión general y una puesta al día de esta cuestión palpitante.

Bien es verdad que hace algunos años Robert Kaplan desbrozó el camino con su contundente La venganza de la geografía (traducción española de Laura Martín, en RBA) y por esa misma vía siguieron autores como Tim Marshall, en Prisioneros de la geografía (versión de Antonio Lozano, en Península) y, en nuestros lares, Josep Piqué, con su libro póstumo, La geografía siempre está y la historia siempre vuelve (Debate). Más académico —o menos polémico— es la también recomendable Geohistoria, de Christian Grataloup (RBA, traducción de Mateo Avit). En términos más divulgadores, periodistas como Enric Juliana y, sobre todo, algunos centros de análisis como el Real Instituto Elcano o El orden mundial vienen dedicando gran atención a las cuestiones geopolíticas. No es mucho, sin embargo, para la trascendencia del tema.

Y es probable que esa parquedad derive en buena medida del desinterés o apatía de la opinión pública española, mucho más proclive a mirarse el ombligo de las pequeñas diferencias peninsulares que alzar la vista allende los Pirineos u otear más allá del estrecho de Gibraltar. Sumidos aún en el ensimismamiento secular que detectara Ortega y —aunque nos cueste reconocerlo— con las fronteras más sólidas y estables del continente europeo, los españoles enfocamos los asuntos internacionales en función de los debates internos: los palestinos, los ucranianos o los venezolanos son meros comodines que nos permiten atizar al rival político. Al de aquí dentro, claro está. ¡Bastante tenemos con nuestras propias cuitas!

Por si sirve de pequeña llamada de atención para comprender un mundo cada vez más complejo e interdependiente, nos centraremos aquí en una de las novedades bibliográficas más interesantes sobre la materia: Una breve historia del mundo en 47 fronteras, de Jonn Elledge (RBA, traducción de Ricardo García Herrero). Una obra que, desde sus compases iniciales, se plantea de manera explícita la relación entre fronteras e identidades: ¿son las primeras las que moldean las segundas o es justo a la inversa? Sea como fuere, antes de ensayar siquiera una respuesta, cabe una constatación ineludible, relacionada con lo dicho al principio de este artículo: lejos de ser un asunto del pasado o en vías de superación, este mundo globalizado estalla día tras día por esas costuras que son las fronteras. Como dice el autor, la relevancia del tema proviene dramáticamente «del número de intentos agresivos que se están llevando a cabo para modificarlas».

Lo que hace Elledge en su obra —con un lenguaje accesible y destellos de humor británico— es un recorrido por la historia, desde los tiempos más remotos hasta nuestros días. Como es inevitable en casos así, la magnitud del empeño constituye al mismo tiempo su atractivo y su debilidad. Lo primero es obvio, sobre todo si tenemos en cuenta que se trata de una obra de divulgación, dirigida a un público interesado —pero no especializado— en el tema. Lo segundo, su talón de Aquiles, es el peaje que debe pagar por ello, en forma de simplificaciones o esquematizaciones, y el uso de una terminología no siempre precisa.

«La conquista del espacio supone también su demarcación, como si trazar líneas distintivas fuera el sino del ser humano allá donde llega»

Elledge divide su obra en tres partes, claramente diferenciadas pero complementarias. En la primera, «Historias», hace un recorrido cronológico por algunas de las fronteras históricas de civilizaciones, imperios y naciones, desde la unificación del Alto y Bajo Egipto y la Gran Muralla china hasta la partición del Úlster y de la India, y el papel político que desempeñaron el Muro de Berlín y el Telón de Acero. En la segunda, «Legados», trata de aquellas líneas divisorias que, por las más diversas razones, son tan problemáticas que han sido y son todavía fuente de toda suerte de conflictos y disputas: desde el enclave de Königsberg/Kaliningrado o «el extraño caso de Bir Tawil» (entre Egipto y Sudán) hasta la delimitación de fronteras entre Costa Rica y Nicaragua, y los dilemas de la cartografía digital.

En la tercera parte, más breve, bajo el título de «Externalidades», se pasa revista a otros tipos de fronteras, las que ya no tienen como punto de referencia el control del suelo que pisamos: divisiones temporales, como fechas y husos horarios; límites que se establecen en el mar o en el aire, y en último término, la conquista del espacio, que supone también su demarcación, como si trazar líneas distintivas fuera el sino del ser humano allá donde llega. De este modo, partiendo de la tierra firme hasta rebasar el ámbito estricto de nuestro planeta, el recorrido que hace Elledge transita también del pasado al futuro, desde las herencias históricas a las últimas fronteras que dibuja la carrera espacial.

Que las fronteras son un hontanar inagotable de conflictos y que estos desembocan por lo general en guerras feroces, es algo que cualquier lector, por poco avezado que sea en la materia, sabe desde mucho antes de abrir este libro. Por si le quedaba alguna duda, el repaso que hace el divulgador británico al pasado y al presente de la humanidad, y lo que aquí y ahora podemos atisbar del futuro, proporciona un material empírico esclarecedor, al tiempo que bosqueja un panorama poco halagüeño. Por eso mismo carecen de sentido o, mejor dicho, de realismo, toda esa panoplia de recetas buenistas acerca de su superación en un futuro idílico de cooperación y solidaridad humanitarias.

Es verdad que algo hemos aprendido y avanzado en el Viejo Continente a partir de las catástrofes del siglo XX, en especial las dos guerras mundiales. Pero a estas alturas del siglo XXI ni siquiera podemos asegurar que esas lecciones sigan vigentes. Y no olvidemos que, en el mejor de los casos, las fronteras intereuropeas se han atenuado, pero no han desaparecido, al tiempo que las oleadas migratorias de África y Asia generan una renovada y aún más firme delimitación fronteriza del conjunto europeo como reducto privilegiado ante las invasiones de los nuevos bárbaros.

«Modificar las fronteras, incluso con buenos propósitos, conlleva jugar con fuego»

Tanto los que propugnan con la mejor de las intenciones la superación de las fronteras como aquellos que desde la acera opuesta las impugnan, pero solo porque quieren rediseñarlas por sus ambiciones expansionistas o separatistas, usan el mismo argumento, su convencionalidad o incluso su arbitrariedad. Es el argumento de Putin —los ucranianos son rusos—, como antes lo fue de Stalin, y no muy diferente del que empleó Hitler para anexionarse Austria —los austriacos son alemanes— y parte de Centroeuropa. En sí, el dictamen puede responder a la realidad, al menos de modo parcial, como reconoce en estas páginas el autor del libro. Pero, añade a continuación, esos vínculos —lingüísticos, religiosos, culturales— entre diversos grupos humanos a uno y otro lado de la frontera no es razón suficiente para obligarles a vivir juntos (o, en otros casos, por el contrario, separarles) si no es esa la voluntad mayoritaria.

Dicho de otra manera, la experiencia —o la propia historia, a lo largo de los siglos— indica que las fronteras son siempre un polvorín. Modificarlas, incluso con buenos propósitos (que no suele ser la norma, dicho sea de paso), conlleva jugar con fuego. A riesgo de incurrir en un conformismo o una pasividad que algunos lectores pueden reputar de decepcionante, Elledge opta por la prudencia, la moderación o, si se prefiere, el realismo. Un mundo sin fronteras es una utopía, mantiene, pero lo peor es que en el camino para lograrlo se cometen auténticas barbaridades. De ahí, en última instancia, un pronóstico: la humanidad lleva trazando líneas divisorias entre nosotros y ellos desde mucho antes que se dibujaran en los mapas. «Puede que las fronteras concretas sean cambiantes y circunstanciales, pero el concepto mismo de frontera seguramente sea eterno, una fuerza tan poderosa como la gula o la codicia».

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