Óscar Puente, yo te acuso
«Por la niña, por los muertos y por la dignidad que nos queda: vete ya»

Ilustración de Alejandra Svriz.
Hay silencios ensordecedores. Y luego está el silencio de 45 minutos en un pequeño barranco de Adamuz. Un silencio roto solo por los gritos de quienes se desangraban en la oscuridad mientras la burocracia, ciega y sorda, perdía un tiempo vital creyendo que era un fallo de tensión. Supongo que, al principio, pensaron que estaban ante una avería más… y cuando quisieron reaccionar, los minutos ya pesaban como una losa. Cuarenta y cinco minutos tardaron en llegar las ambulancias que socorrieron a los que viajaban en el Alvia.
Escribo esto con un nudo en el estómago, una mezcla de rabia, impotencia y dolor. Tengo un hijo de seis años. Tiene la misma edad que una niña que viajaba en el Alvia siniestrado. Y desde que me enteré de lo ocurrido la noche del 18 de enero, no puedo mirar a mi hijo sin que me asalte el terror más absoluto. Me lo imagino a él, y te imagino a ti, Óscar Puente, y la única palabra que me viene a la mente es «asco».
Muchos no son conscientes de que lo de Adamuz no es un accidente más; es la gota que colma el vaso, el acta de defunción del tardosanchismo. Es el resultado final de tanta incompetencia, soberbia e impunidad. Óscar Puente, quizá no lo sepas todavía, pero estás acabado. Tú, que te crees invencible; tú, que has sobrevivido a todas las polémicas; tú, que has sido reprobado varias veces por el Senado y por el Congreso; tú, que has hecho de la chulería tu marca personal y del bloqueo en Twitter tu política de comunicación; tú, sí tú, eres el responsable último de que España tenga hoy un servicio ferroviario propio del tercer mundo. Tú tienes la culpa de lo ocurrido en Adamuz. Óscar Puente, yo te acuso. Te acuso en nombre de las 45 personas que no volverán a casa. Pero, sobre todo, te acuso por esa niña.
Déjame contarte su historia, Óscar, aunque seguro que ya la conoces. Sé que probablemente me leas porque ya me has leído otras veces, aunque me tengas bloqueado en Twitter. Esa niña de seis años volvía de ver un partido del Real Madrid con sus padres, su hermano de 12 años y su primo. Una familia aficionada al fútbol, que se desplazó hasta la capital para asistir a una noche mágica en el Bernabéu. Era un regalo de Reyes, igual que el musical de El rey león al que también acudieron. Puedo imaginar su ilusión. Una familia feliz, de esas que vertebran un país, que, después del partido, cogió un tren con dirección a Huelva para regresar a su casa.
Sin embargo, cuando el Alvia 2384 colisionó con el Iryo y se precipitó por el talud, el mundo se acabó para ellos. Su padre, Pepe; su madre, Cristina; su hermano y su primo murieron allí, entre el amasijo de hierros. Pero ella no. Ella salió.
Intenta imaginarlo, ministro, si es que te queda un ápice de humanidad bajo esa coraza de sectarismo. Una niña de seis años, sola, de noche, en las faldas de Sierra Morena. Muerta de frío. Salió por un agujero del vagón siniestrado. Sin zapatos. Sin abrigo. Con una brecha en la cabeza. Y caminó.
Caminó casi 800 metros sobre el balasto. ¿Sabes lo que es el balasto? Supongo que sí. Son esas piedras afiladas que sostienen las vías. Sí, por eso botan tanto los trenes en España, porque ese balasto no parece estar bien colocado. Normal: lo colocó una empresa que tuvo contratado a un portero de puticlub llamado Koldo. Le conoces, ¿no? Y ese balasto que se puso era un balasto no homologado de Áridos Anfersa, casualmente la empresa que empleó a Patricia Úriz, la mujer de Koldo.
Decía que la niña caminó casi un kilómetro en la oscuridad absoluta, rodeada de cadáveres, dejando atrás a su familia muerta, o moribunda —no sabemos si alguno pudo haberse salvado—, guiándose instintivamente por unas luces lejanas. Yo le pido a mi hijo de seis años que me dé la mano para cruzar la calle. Esa niña no tuvo a ningún familiar que se la tendiese. Esa niña tuvo que convertirse en una superviviente de guerra en su propio país porque el sistema que tú diriges falló estrepitosamente.
Caminó sola. Nadie sabía que estaba allí. Tu magnífico sistema de alta velocidad interpretó una colisión catastrófica como una falta de tensión. Mientras la niña caminaba descalza y sangrando hacia el tren de Iryo en busca de socorro, en el Centro de Control estaban a por uvas. Cuarenta y cinco minutos, Óscar. Cuarenta y cinco minutos tardaron las ambulancias en llegar. En una emergencia así, el tiempo es vida. ¿Cuántos de los 45 muertos se desangraron esperando una ayuda que tardó una eternidad porque el protocolo falló?
Ahora salen los lacayos de siempre, los tuyos, diciendo que «no hay que politizar el dolor», que «por respeto a las víctimas» uno debe callar. Yo no pienso callar. Precisamente por las víctimas hay que exigir responsabilidades. Por respeto a esa niña que ahora es huérfana, debo señalarte con el dedo acusador, a ti y a toda la cúpula de un ministerio que lleva años lucrándose con mordidas, con varios de tus amiguetes entre el banquillo y la cárcel.
Es un desastre sin paliativos. Los retrasos, las cancelaciones, las averías y los accidentes son la norma desde que eres ministro. Nos hemos acostumbrado a ver descarrilamientos, muros de contención que se caen, pasajeros rompiendo ventanas de trenes atrapados a 40 grados sin aire acondicionado, estaciones colapsadas, gente llegando tarde a sus reuniones de trabajo. ¿Y tú qué hacías? Reírte.
Recuerdo perfectamente cuando escribí en este medio —al que tú, con esa lírica de retrete que te caracteriza, apodaste cariñosamente «The Ojete»— un artículo crítico sobre tu gestión. Te faltó tiempo para compartirlo en Twitter diciendo: «Me han pasado esto. Confieso que no lo había visto. Madre mía qué jartá a reír llevo desde hace un rato. Jajajajajajaja».
¿Te estás riendo ahora, Óscar? ¿Te hace gracia la imagen de la niña caminando en la oscuridad? ¿Te ríes de los padres que nunca va a poder abrazar?
Tu gestión no es solo incompetente; es sospechosamente criminal. La UCO halló grabaciones que atribuyen a Ábalos, tu predecesor y mentor, el amaño de obras a cambio de beneficios económicos. El mismo Ábalos que enchufaba a prostitutas en Renfe. Y yo te recuerdo a ti, energúmeno, saliendo a la palestra, hinchado de prepotencia, diciendo que habías encargado una auditoría y que todo estaba en orden. En el ministerio de las coimas nadie arregla nada. Todo es un decorado de cartón piedra que se viene abajo al primer soplo, llevándose vidas por delante.
Óscar, vuestra negligencia es sistémica. El tren Alvia fue un tren fantasma durante casi una hora. Nos obligáis a llevar una baliza en el coche por si nos quedamos parados, pero no sabéis dónde están vuestros trenes ni si siguen enteros. Habéis convertido nuestro país en un Estado fallido. Habéis amenazado a los maquinistas que ahora hacen huelga porque se niegan a morir con despedirlos de sus puestos. La gestión de la información del siniestro de Adamuz ha sido desastrosa, con familias en el Hospital Reina Sofía de Córdoba esperando noticias de sus muertos mientras vuestra burocracia les decía, con una frialdad pavorosa, que ya les llamarían. A la madre de la niña tardaron un día entero en encontrarla bajo los hierros. Un día entero de agonía para la niña, que no sabía si su madre estaba viva o muerta.
Esto no es mala suerte. Esto es el resultado de degradar las instituciones, de poner a fanáticos como tú al frente, fanáticos que gastan energías en batallas culturales de Twitter en lugar de en el mantenimiento de las vías y los sistemas de seguridad. Has estado demasiado ocupado siendo el dóberman del Gobierno, ladrando a la oposición, a los jueces y a los periodistas, como para preocuparte de que los trenes no descarrilen.
Debiste dimitir hace mucho tiempo. Debiste irte cuando te reprobaron por primera vez en las Cortes. Pero ahora, Óscar, la dimisión se queda corta.
Lo que ha ocurrido en Adamuz exige que te sientes ante un juez. Porque esa niña de seis años, cuya infancia ha sido mutilada en una vía de tren, es la prueba viviente de tu fracaso. Mientras ella caminaba sola hacia la luz del tren Iryo buscando auxilio, tú recorrías el camino inverso, el camino más oscuro. Tú, Óscar, representas lo peor de un sistema que ha abandonado a sus ciudadanos.
Mírala, Óscar. Si tienes valor, mira la foto de esa familia destrozada. Ve a hablar con los abuelos de esa niña, unos abuelos que tienen muy claro que lo de Adamuz no fue un accidente, sino —y cito sus palabras— «un asesinato». Y luego, si puedes, vuelve a tu Twitter, sigue bloqueando a los que te critican y suelta otro «jajajajajaja». Pero que sepas que tus risas ya no tapan los gritos de las víctimas.
Tu tiempo se ha acabado. Por la niña, por los muertos y por la dignidad que nos queda: vete ya.
