Quequé y el humor con la tragedia
«Imaginen si un humorista de derechas hubiera parodiado una tragedia similar bajo un gobierno conservador»

El humorista Héctor de Miguel, alias Quequé.
En un país donde el humor se ha convertido en un arma de doble filo, manejada con torpeza por quienes se creen intocables, la salida de Héctor de Miguel, alias Quequé, de la Cadena SER no es más que el epílogo previsible de una farsa grotesca. El cómico, que ha hecho carrera a base de sátiras fáciles y adhesiones ideológicas partidistas, ha anunciado su «retirada temporal» tras una parodia que cruzó todas las líneas rojas imaginables. Hablamos del accidente ferroviario de Adamuz, esa tragedia que se ha llevado la vida de 45 personas y dejó un centenar de heridos graves, un suceso que sigue caliente en la memoria colectiva. Y Quequé, en su programa Hora Veintipico, decidió que era el momento idóneo para mofarse, entre otras cosas, de su cobertura mediática, parodiando al periodista Nacho Abad con un sketch que destilaba cinismo puro.
Permítanme ser claro desde el principio: el humor sí que tiene límites, y estos se llaman respeto por el dolor ajeno. Quequé no los vio, o no los quiso ver. En un momento en que las familias de las víctimas acababan de perder a sus seres queridos, que los hospitales rebosaban de heridos luchando por su vida, este supuesto conocedor de los códigos del humor montó un falso plató televisivo llamado En boca de bobos. Allí, bajo el alias de Macho Abad, caricaturizó la forma en que Abad y su equipo en Cuatro abordaban la noticia, acusándolos de sensacionalismo y de explotar el morbo para ganar audiencia.
Mientras Quequé señalaba con el dedo por «mostrar imágenes truculentas para aumentar unas décimas el share», él mismo convertía la tragedia en carnaza para su programa radiofónico, disfrazándolo de crítica social, pero, sobre todo, haciendo una defensa de su querido gobierno, y de no politizar a las víctimas, lo que sí que se pudo hacer, curiosamente, desde el primer momento con la dana en la Comunidad Valenciana.
No es la primera vez que Quequé patina en el hielo fino de la controversia. Recordemos sus salidas de tono previas, que le llevaron a ser juzgado por delito de odio, del que fue absuelto, o sus chistes fáciles contra figuras conservadoras que le granjeaban aplausos en la burbuja progre. Pero esta vez, el dardo no dio en la diana, como él mismo alardea en su carta de despedida. Dio en el corazón de una sociedad harta de que se banalice el sufrimiento. «Si la parodia escoció, fue porque el dardo dio en la diana», escribió en su adiós temporal, defendiendo que no fue su programa el que fomentó la desinformación. Mentira. Lo que escuece no es la sátira al periodismo sensacionalista, que bien merecida la tiene, sino el momento y el contexto. Hacer humor con una masacre fresca, con cuerpos aún por identificar, no es solo de mal gusto, sino de una insensibilidad que raya la crueldad.
El accidente de Adamuz no fue un percance menor, fue un fallo catastrófico en la red de Alta Velocidad, con dos trenes descarrilando en un tramo crítico cerca de Córdoba. Lo relevante es cómo un cómico decide que el dolor es material humorístico. Quequé no parodió solo a Abad, menospreció el duelo nacional, convirtiendo el luto en un gag de toxicidad ideológica. Fue cuando las redes estallaron en miles de críticas. Cercanos a las víctimas y espectadores horrorizados le recordaron que hay líneas que no se cruzan. Quequé optó por la huida cobarde: «Lo acontecido en las últimas horas precipita una decisión que llevaba tiempo barruntando». La excusa clásica del que no asume responsabilidades. Permítanme que dude y piense que no fue una renuncia voluntaria, sino un despido encubierto para apagar un incendio que no le interesa a la Cadena SER.
La hipocresía es flagrante. Imaginen si un humorista de derechas hubiera parodiado una tragedia similar bajo un gobierno conservador. Las hordas progresistas habrían exigido su cabeza desde el minuto uno. Pero Quequé, con su pedigrí sanchista, esperaba impunidad.
Su carta de despedida es un monumento al victimismo: «No me apetece ser un mártir», dice, mientras agradece a su equipo y lanza pullas veladas. ¿Mártir? Las verdaderas víctimas son las 45 familias destrozadas en Adamuz, no un cómico que cobra por soltar chistes que no tienen ninguna gracia. La sátira es necesaria para cuestionar al poder, pero no a costa del dolor humano. Quequé no satirizó al poder, se burló de la miseria ajena, amplificando el sensacionalismo que pretendía criticar. Su parodia no escoció porque fuera acertada, dolió por su insensibilidad. Y es que la tragedia de Adamuz necesita de más empatía, y de menos bufones sesgados por su bilis ideológica.
