The Objective
Opinión

David Uclés o el principio de la literatura post-artística

«No hay que dar relieve a sus exabruptos políticos ni a sus plantes: son parte de sus estrategias promocionales»

David Uclés o el principio de la literatura post-artística

David Uclés. | Lorena Sopêna (EP)

Al principio de todo estaba Dalí. El genio de Figueras fue sobre todo un artista lúcido y autoconsciente que siempre supo que no era un genio en absoluto. Con un conocimiento profundísimo de la historia del arte, Dalí no podía evitar comparar lo que él y otros representantes de su generación estaban haciendo con lo que habían hecho antes los grandes maestros de la pintura como Vermeer, su gran referente, y comprende hegelianamente que «el arte es una cosa del pasado». Junto a Dalí está Duchamp, otro genio de la nada, que, habiendo llegado a la misma conclusión que el español, desarrolla la idea de que arte será cualquier cosa que el artista decida que sea. «Hágase mi voluntad», es la consigna nietzscheana que instaura Duchamp, y que da origen, entre otras obras, al famoso urinario sobre el que se ha escrito tanto. De ahí brotará con el tiempo el llamado arte conceptual, es decir, el arte de la pura ocurrencia sin necesidad de corroboración material. 

Dalí, sin embargo, lleva esa lógica suicida más allá que Duchamp. Si el arte ha muerto, parece decirse, y lo que queda es el tan solo artista a partir del puro fiat de su voluntad, el que debe brillar, por tanto, es este último, que pasa a convertirse en la verdadera obra que hay que crear. Dalí se convierte en un histrión que parodia eternamente al genio que no fue nunca. La obra, por supuesto, no desaparece por completo, pero se deviene mero pretexto para que brille la figura sacrosanta del creador y la corroboración de su valor en el espacio público, que no es otra que el dinero. Recordemos aquello de Avida Dollars. A partir de ahora será la firma del artista la que proyecta valor sobre la obra y no al contrario, como venía ocurriendo al menos desde el Renacimiento.

Dalí abre, por tanto, una línea en la historia del arte que, a falta de un término, tal vez, más imaginativo, yo he bautizado como Post-arte (Escritos sobre Post-arte, Universidad de Salamanca, 2013): Warhol, los artistas conceptuales de los años 70 y 80 del siglo pasado, así como todas esas emergencias profundamente banales en términos artísticos, pero repletas de genialidad comercial que son los Jeff Koons, los Damien Hirst, los Maurizio Cattelan, etc., componen una corriente nihilista cuya mayor virtud es la del virtuosismo en el fraude. 

Pues bien, es en este contexto de banalización comercial del viejo arte del pasado en el que debemos integrar a esa figura a ratos grotesca y a ratos irritante que es el escritor David Uclés. Obsérvese bien que hago referencia exclusivamente a la figura, toda vez que la obra, un monumento kitsch al realismo mágico (que ya tenía en sí un componente bastante importante de kitsch), es algo que, para cualquiera que disponga de una mínima seriedad para apreciar la gran literatura universal, resulta irrelevante a todos los efectos. David Uclés, en nuestro esquema, vendría a ser a García Márquez lo que Jeff Koons, con sus conejitos de acero inoxidable, a las imponentes esculturas de Miguel Ángel. Si, como decimos, en el fenómeno del post-arte la obra no es sino un mero escaparate para el exhibicionismo publicitario del artista (que no lo es, además, por ninguna otra razón que no sea precisamente su talento para la espectacularidad), tendríamos que reconocer que David Uclés es un genio del post-arte, llevado este al terreno aún virgen a tales efectos de la literatura.  

No obstante, como decía el poeta, este sí un literato contante y sonante, todo esto llega uno a comprenderlo más tarde. Cuando leí, por ejemplo, el artículo que publicó Alberto Olmos sobre el personaje, me costó entender que no abordara un análisis en profundidad de la novela del pastorcillo de Jaén, hasta que caí en la cuenta de que cualquiera que posea un criterio de gusto, por usar la expresión kantiana, mínimamente exigente jamás perdería un segundo de su tiempo en desentrañar lo que, como decíamos más arriba, no es sino un expediente de paso para la venta de una pompa de jabón con peinados disfuncionales. Y esta es precisamente otra de las grandes intuiciones de David Uclés: son tan engorrosamente estridentes sus apariciones públicas que logra que operen a modo de pararrayos, concentrando sobre el personaje una atención que logra esconder la inanidad de la obra.

«Cada aparición del escritor es tan solo un brindis al sol de la autopromoción y una ofrenda pública al dios del dinero»

Por eso tampoco hay que conceder demasiado relieve a sus exabruptos políticos ni a sus recurrentes plantes (Uclés el típico tipo que se va para poder quedarse), los cuales forman parte igualmente de sus estrategias promocionales. Imaginen ustedes los conocimientos de historia o teoría política que puede albergar un individuo que declara sin despeinarse (las referencias capilares cuando se habla de Uclés brotan solas) que Aznar y Espinosa de los Monteros son dos personas que «quebraron los derechos fundamentales del hombre». En esa banalidad sectaria no hay nada verdaderamente político, sino tan solo un aprovechamiento instintivo de los réditos publicitarios que dicha performance pueda reportarle, al mismo nivel que los inefables videos de acordeón en TikTok o atarse los pantalones con un cordón de cabrero. Cada aparición del escritor es tan solo un brindis al sol de la autopromoción y una ofrenda pública al dios del dinero, dicho sea esto con todos mis respetos hacia dicha divinidad.

Sea como fuere, lo más importante en esta feria grotesca de las vanidades son, en mi opinión, las preguntas que plantea. La primera tiene que ver con las consideraciones que hacíamos al principio. Si bien en el mundo de las artes plásticas no son en modo alguno inusuales las estridencias tipo Uclés (más bien han llegado a convertirse en una rutina insoportable), en el de la literatura, tal vez por la ficción de que aún alberga de una mayor enjundia intelectual, son menos habituales, por no decir inexistentes. Uclés, por otra parte, pertenece a una generación que nace ya en un mundo en el que la realidad se confunde con los destellos digitales. ¿Podría pensarse que tendremos que acostumbrarnos a estirpes de escritores como Uclés que llevarán la literatura a ser poco más que una terminal de las redes sociales? Y si ello fuera así, ¿deberíamos perder toda esperanza de obtener en el futuro algo semejante a las grandes obras literarias del pasado o podría pensarse, por el contrario, en una suerte de Uclés mínimamente inteligible, el cual, por cierto, ya no se parecería en nada a Uclés?

La segunda pregunta tiene que ver con la dimensión puramente comercial del asunto, que es lo verdaderamente sustancial en él. Es verdad que la disección de la novela, tal y como hemos afirmado, no merece la dedicación de ningún crítico medianamente formado, pero el hecho de que tal cosa, no solo no se haya producido (más allá de alguna lúcida excepción en las redes sociales), sino que, más bien, hemos asistido a lo contrario, una aclamación tan desproporcionada como universal en los suplementos literarios, hace que debamos preguntarnos qué enorme maquinaria comercial debe haber detrás de todo este entramado editorial para que apenas haya sonado alguna voz discordante. A ello habría que añadir la tendencia al victimismo del propio autor, la cual opera también como parte del propio entramado. Queda claro, en cualquier caso, que David Uclés, como el Sherman McKoy de La hoguera de las vanidades, es el hombre del momento; el problema es todo lo que un personaje como él nos revela sobre, como diría Ortega, la altura de nuestro tiempo. 

P. D.: Como nos enseñó Hannah Arendt: lo banal no solo no está exento de peligro, sino que puede convertirse en la condición de posibilidad del mal. El hecho de que un personaje tan irrelevante en todo lo que no sea la consecución de efectos mediáticos haya logrado, a partir de una interpretación tullidamente literal de su título, anular las jornadas sobre la Guerra Civil que iban a celebrarse en Sevilla y concentrar a su alrededor las pulsiones más totalitarias de este país, vendría a demostrarlo. Por lo demás, solo cabe sentir disgusto y tristeza por el ominoso repliegue sin lucha del normalmente bravucón Pérez Reverte y la Fundación Cajasol. 

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