La gente está tan quemada como sumisa
«Parece que la derecha nacional ha entregado la cuchara ante las fechorías de este grupo de miserables»

Ilustración de Alejandra Svriz.
Y además, asustada. Móntense ustedes en un tren, por ejemplo de los que unen (es un decir) Madrid con Barcelona. Presten atención: primero, las gentes miran las pantallas para ver qué va a ser de ellos cuando salgan sus ferrocarriles; segundo, suben al vagón y esperan a que este se ponga en marcha: si al salir pega un respingo, los pasajeros se miran entre ellos con el deseo contenido de que aquel susto sea solo un episodio banal; tercero, después, hablan por teléfono clamorosamente, sin abandonar sus asientos: «¿Qué tal?». «Yo bien. Quiera Dios que no nos pase nada». Digo yo que la tartana peruana que lleva a Machu Picchu produce más seguridad que cualquier tren español del momento.
La situación es de retruécano. La Real Academia lo explica así: «Inversión de los términos de una proposición o cláusula en la siguiente para que el sentido de esta última forme contraste o antítesis con el de la primera». La cosa no está muy clara, hay que leerla tres veces, los académicos se podrían haberse esmerado más, pero los dos adjetivos que conforman el título de esta crónica responden precisamente a la situación de retruécano. ¿O es que hay un término, quemada, más opuesto a este otro, sumisa? De ninguna manera. En el tren que he soportado personalmente muy «recién», me topé con una tríada de sufridores muy irritados que, sin embargo, se conducían como soldados en retirada. «No hay nada que hacer contra este tipo». Algunos de mis argumentos les gustaban, pero no los aceptaban como definitivos. No se pronunciaban: «Vamos a por ellos». «Lo bueno —les decía yo para cuajar su ánimo— es que la izquierda en este país está más baja que nunca, peor que en la peor época de Rubalcaba».
Daba igual: seguían tan quemados como sumisos porque «no se puede hacer nada». Parece que la derecha nacional ha entregado la cuchara ante las fechorías de este grupo de miserables que han asaltado el poder. Y tienen razón para encontrarse así. Toda la gobernación de Sánchez es un atentado a la libertad y a la igualdad que, sin embargo, tanto pregonan. A él tales conceptos le traen por una higa. Y es que, como asegura un directivo del PP especialmente lúcido: «Sánchez no está para hacer, está para estar». Lo demás es caza menor para él. ¿Que la derecha se encabrona porque su ministro, el «Yeti de Pucela», miente y miente sobre la tragedia de Adamuz? «Que le vayan dando: nosotros seguimos en el machito». ¿Qué la derecha se encocora porque estamos desguazando el país? Da igual, «Nosotros, negociamos con los gánsteres y nos repartimos el botín». No es de extrañar que constancias como ésta lleve a personas como mis citados interlocutores, a los pasajeros del Zaragoza-Madrid (hora y media de retraso sin explicación alguna) a expresarse para sí mismos de esta forma: «¡Bah!, da igual, a éstos no hay quien les eche».
Comprensible indignación. Esto va para largo, pero hasta el 27, Sánchez y los petimetres que le rodean se van a llevar a alguna sorpresa morrocotuda. Sin ir más lejos, la seguridad de que el amigo del alma, el promotor de toda esta desgracia, Zapatero, ya está sintiendo el aliento de la Justicia en el cuello en la guarrada del Plus Ultra. No va a tardar mucho el que un tribunal se lo lleve «p’alante». Otros que tal son los componentes de la cuadra de Sábalos cuya opacidad con los fondos que han robado al Estado y a sus propios comisionistas tiene fecha muy cercana de caducidad. Ambas son una buena noticia. Noticia para la esperanza de que, como encabezaba un programa radiofónico de los sesenta y setenta: «El criminal nunca gana».
Ya sé que algún peripatético de la derecha, de los que se la cogen con papel de fumar porque «Nosotros no somos como ellos», criticarán el recuerdo subliminal de aquel espacio para referirme a los mencionados. Pero vamos a ver, miedicas: ¿No están imputados ellos por asociación criminal? Bien: no han matado a nadie, pero se lo han llevado crudo. El desvergonzado Cerdán está desafiando al juez que instruye su caso a que encuentre el dinero que tiene por aquí, acá y acullá. Vale, que siga así, porque es dinero que ha dejado rastro y el rastro se está siguiendo sin parar. La huella más perceptible se encuentra en Ferraz, 70, memoria de aquel tipógrafo iletrado, Pablo Iglesias, amante de los golpes de Estado. Otra vez para los cuitados: que busquen en las actas del Congreso de los Diputados.
Este Gobierno —lo escribo para incorporarlo al guion de los sumisos— tiene acreditada su tendencia inveterada a la corrupción, incluida, desde luego, la más cutre «modo Koldo». Ha desvencijado España entregando a los enemigos del país cesiones claves, las armas constitucionales que configuran un Estado democrático. Pero es que, además, él y sus corifeos están demostrando que son incapaces de gestionar siquiera un estanco, de aquellos franquistas, vamos. Son unos inútiles a los que ampara la burocracia leal que les alarga la agonía. Presumen de ser los campeones del empleo, pero, ¡hombres del diablo! Si el sesenta por ciento —y probablemente me quedo corto en la apreciación— de esos trabajos que engrosan la manipulable Encuesta de Población Activa son públicos. Es decir: son puestos que crean gasto pero no productividad alguna. ¿O es que se conoce alguna iniciativa, alguna idea original que haya salido de la factoría de asesores con la que cuenta Sánchez? Nada.
Mis citados copasajeros, víctimas, como el que suscribe, de esta horrenda gestión, me inquirían en el viaje, con ansiedad, por los datos que pueden encerrarse en las encuestas secretas que al parecer, y según ellos, manejamos algunos periodistas y que nos guardamos para consumo propio. No hay tal secreto: en Aragón ahora, el PSOE se va a llevar el zurriagazo de su vida, el PP pude bordear la mayoría absoluta si los animosos baturros de Aragón Existe conquistan tres diputados. Vox está, como me indica gravemente un periodista de la misma Zaragoza: «Como siempre j… la marrana». No es precisamente una dedicación intelectual pero define perfectamente su campaña, la de Vox, dedicada únicamente a aprovecharse de la «pinza» que le ofrece Sánchez. Ya solo falta en el tablero que el denominado «Chupaíto», jefe de la tele gubernamental, le otorgue un programa a Méndez Monasterio, antiguo «negro» de su jefe empresarial.
O sea, que por aquí puede aparecer un rayo de esperanza. Queda dicho para los muchos españoles de bien que están ahora mismo irritados como nunca, quemados por las mentiras que el «Yeti de Pucela» está perpetrando sobre la tragedia onubense, pero al tiempo sumisos porque están ciertos que ellos no son Eliot Ness y que, contra el mal no hay nada que hacer. Y sí: no hay que sentarse evidentemente delante de la tienda para ver pasar confortablemente el cadáver del enemigo; no, cuando pase, aún vivo, hay que ponerle la zancadilla, darle un mamporro, Salir del marasmo a que nos tiene sometidos.
