Los «extremos» como excusa para no cambiar
«Decadencia es la idea que permite entender por qué cosas que en un país avanzado son impensables, sí ocurren en nuestro país»

Ilustración de Alejandra Svriz.
El accidente ferroviario de Adamuz es la gota que colma el vaso y que hace evidente una verdad desagradable: España está en decadencia.
Decadencia es la idea que permite entender por qué cosas que en un país avanzado son impensables, sí ocurren en nuestro país. Recordemos algunas: el apagón, la cadena de malas decisiones que lleva a la tragedia de la dana, la imposibilidad de estudiar en español en toda España, la utilización de RTVE como una herramienta de propaganda oficial, la publicación por parte del CIS de encuestas que nadie cree, un exministro encarcelado, un fiscal general condenado, los salarios estancados, el rescate de Plus Ultra, golpistas indultados, listas de espera interminables en los servicios de salud, la violación cotidiana de nuestras fronteras por parte de cayucos traídos por barcos mafiosos, el jefe de la Armada diciendo que ellos están para «ayudar» a esos cayucos, y muchas cosas más.
Frente a esto hay tres posiciones posibles: profundizar las políticas que nos trajeron hasta aquí, mantenerlas con cambios menores o dar un giro de 180º.
Entonces aparecen los llamados a la «moderación», «contención», «seriedad», «gestión» y similares, que se presentan como el camino de la sensatez frente a los «extremos». Pienso que son solo argumentos para defender el statu quo por parte de quienes se benefician de él.
La decadencia puede ser tan lenta que es fácil negarla. Argentina es el único caso de un país que pasó de ser desarrollado a comienzos del siglo XX (era lo que ahora son Canadá o Australia) a uno subdesarrollado desde los años 70. Una banda de forajidos socialistas, que se hizo con el poder a comienzos del presente siglo, profundizó el declive hasta dejar el país con la mitad de su población en la pobreza, una inflación de más del 300% y la mitad de los ocupados trabajando en la informalidad.
En ese contexto, en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales que ganó Javier Milei, 11,6 millones de personas votaron por el candidato kirchnerista, Sergio Massa. Aun en el fondo de un pozo anegado por corrupción y pobreza, casi 12 millones de personas votaron por seguir haciéndolo más profundo.
Las fuerzas por conservar el statu quo son siempre muy fuertes, porque muchos ganan con ello. En el caso argentino, los sindicatos, los empresarios amigos del Gobierno, los medios de comunicación afines, los cientos de miles de enchufados en todos los niveles de Gobierno y la casta política eran, entre otros, quienes vivían bien mientras el país se hundía.
Son los mismos que llamaban «extremista», «loco», «inexperto» o «nazi» a Javier Milei, porque sabían la amenaza que representaba para su modus vivendi. Organizaron todo tipo de campañas sucias (desde decir que fomentaría la compra y venta de órganos hasta que cerraría las universidades, pasando por múltiples barbaridades) e intentaron quitarlo del poder.
Pero Milei no era un extremista; era alguien que había entendido que la decadencia argentina solo podría empezar a revertirse dando un giro de 180º. Los resultados obtenidos en los primeros dos años de gestión le dan la razón.
La experiencia argentina debe servir para que España tampoco confunda «sensatez», «moderación» y «experiencia» con un simple interés por mantener, más o menos intacto, el actual triste estado de cosas.
Ya no estamos en 2011, cuando cuadrando las cuentas y haciendo un puñado de reformas impostergables fue suficiente para que las cosas se empezaran a normalizar. Ahora sufrimos un enorme deterioro económico, social, moral, institucional y conceptual. Con el agravante de que la Unión Europea, que era vista como un guardián que frenaría eventuales locuras, viene consintiendo las políticas que nos trajeron hasta aquí y es, ella misma, fuente de nuevos dislates. La sintonía personal entre Von der Leyen y Pedro Sánchez es el oscuro símbolo de lo que digo.
Si alguien está a punto de caer por un precipicio, para salvarlo se necesita una acción rápida y decidida. Que quienes lucran con el actual estado de cosas pidan moderación, se entiende. Que los demás compremos ese argumento, dejándonos asustar por supuestos «extremos», sería una torpeza imperdonable.
Si querer deshacer todo lo hecho por Pedro Sánchez te convierte en extremista, cuéntenme como el primero.
