'Hijo de puta' hay que decirlo más
«No porque sea elegante, ni porque sea constructivo, sino porque la vileza no se elimina con flores ni con poesía»

Ilustración de Alejandra Svriz.
Un servidor es conocedor de lo agresivo que puede parecer el título de este artículo, pero lo que uno está haciendo es un pequeño homenaje a la canción con ese mismo título interpretada por ese grupo de cómicos denominados Los Chanantes con Joaquín Reyes o Ignatius entre sus componentes, y que pertenecen a esta izquierda posmoderna. Todo esto viene porque en un mitin del partido socialista realizado en Teruel, una concejala del PP de un pueblo valenciano insultó a Pedro Sánchez con esa expresión tan «frutal». Unas palabras que le corean en campos de fútbol, conciertos de música, inauguraciones festivas de cualquier localidad o en los tarareos internos de muchos españoles.
Una piel muy fina cuando son los suyos los que reciben los improperios, pero cuando llaman asesina a Ayuso, o fascistas a cualquier español que no piense como ellos, sus lecciones de moralidad se convierten en una cosa patética. Una izquierda guerracivilista con Uclés o García Montero en la faceta cultural, con el ministro más tuitero que conocedor de su negociado, Óscar Puente, insultando a todo dios, con su socia Irene Montero, pidiendo el reemplazo, porque los españoles somos todos fachas porque nos hemos cansado de sus políticas nefastas y dañinas.
Al pueblo español se le puede insultar, pero el pueblo español no puede denominar a su presidente del Gobierno como le venga en gana. Déjennos, aunque sea la ley del pataleo, de la misma manera que se insulta al árbitro en un partido del fútbol como puro desahogo, cuando todo el mundo sabe que su integridad física no va a correr ningún riesgo ni ese es el objetivo final de los insultos, aunque siempre puede haber algún bruto, pero los versos sueltos suelen ser escasos.
Lean la letra completa tal como la crearon esos genios del humor absurdo y surrealista:
Hay que decir hijo de puta, ¿eh? Hijo de puta, niños, siempre hijo de puta… venga. / Bueno, no permitáis que la palabra hijo de puta desaparezca de nuestras vidas, de nuestras calles, de nuestras escuelas… / Hijo de puta, hay que decirlo más Hijo de puta más Hijo de puta, hay que decirlo más Hijo de puta más / Hijo de puta, que sonoridad. Es el alfa y el omega de la vulgaridad. Cuando lo dices te quedas guay, porque hijo de puta no tiene rival / Gilipollas es más coloquial y cabronazo reconozco que no está nada mal, pero hijo de puta es especial. Porque es un concepto como mucho más global / ¡Hijo de puta! Para saludar ¡Hijo de puta!!, cuando te devuelven mal ¡Hijo de puta!, cuando quieres faltar ¡Hijo de puta!!, en plan hermandad / ¡Hijo de puta, hay que decirlo más!
Y así sigue el estribillo, machacón, pegajoso, irresistible. Porque «hijo de puta» no es solo un insulto, es una categoría ontológica, un estado del ser, un concepto global, como bien decían ellos. Y ahora, aplíquenlo a lo que le está pasando a Sánchez con esa expresión. Hijo de puta, hay que decirlo más. Porque no es solo una muestra de enfado. Cuando la gente ve cómo el Gobierno de Sánchez se ha convertido en un circo de amiguismos, clientelismos y cesiones permanentes a los que quieren romper España, el improperio adquiere categoría de diagnóstico. No es odio irracional, es hartazgo racionalizado.
La izquierda que se rasga las vestiduras por ese desahogo en Teruel, olvida convenientemente su historial. ¿Cuántas veces han llamado «hijo de puta» o peor a Aznar, a Rajoy, o a Ayuso? ¿Cuántas pancartas con la palabra asesina ha sufrido la presidenta de la Comunidad de Madrid? ¿Cuántos tuits de Puente, Óscar López y compañía llamando fascistas a millones de españoles por no coincidir con sus postulados? Su hipocresía es tan espesa que se podría cortar con un cuchillo. Pero cuando el insulto va en su dirección, entonces sí: escándalo nacional, exigencia de condena inmediata, victimismo infinito.
Hijo de puta, hay que decirlo más. No porque sea elegante, ni porque sea constructivo, sino porque la vileza no se elimina con flores ni con poesía. Porque «mentiroso compulsivo» ya no basta, «oportunista» se queda corto, «populista» es un halago comparado con lo que se merece. El insulto crudo, directo, sin filtros, es el último reducto de la libertad de expresión cuando todo lo demás está intervenido por leyes mordaza, o por el miedo a ser señalado como facha.
Los Chanantes lo sabían, hay expresiones que no deben desaparecer. Son el último reducto de autenticidad en un mundo de postureo. Y hoy, en 2026, con un gobierno que se sostiene sobre equilibrios imposibles, con una oposición que a veces parece más preocupada por no molestar, el «hijo de puta» colectivo resuena como un himno subterráneo. No es bonito, no es educado, no sale en los manuales del «buenismo», pero es lo que le queda al pueblo después de tantas humillaciones.
Y mientras Sánchez siga en Moncloa, rodeado de sus palmeros, pactando lo que sea para poder seguir un día más en la poltrona, el pueblo seguirá tarareando bajito: hijo de puta, hay que decirlo más. Porque es el alfa y el omega de la frustración nacional.
