En Aragón no puede haber «reemplazo»
«Azcón tiene ante sí un desafío preocupante: intentar que Vox no le coma la merienda»

La exministra de Igualdad Irene Montero. | Diego Radamés (EP)
Les contaré una historia que viene medianamente a cuento. Goebbels, el ministro de Propaganda ¡y de las Artes! de Hitler, utilizaba, según dejó recogido en lo que queda de sus diarios —que tampoco es mucho después de algunas peripecias—, el término «reemplazo» (Austausch) para justificar y ordenar el cambio, sustitución por las bravas, de la población judía por otra genuinamente aria (Arische Rasse la llamó). El reemplazo era una imposición totalitaria sobre un grupo social que apenas suponía, a la llegada del nazismo al poder en 1933, el 0,75% de los habitantes de la nación, más o menos 500.000 personas. Muchos, desde luego, le parecían a Goebbels, doctrinario y promotor de la eliminación de esa mínima facción poblacional. Sobre esa mínima constancia construyó un genocidio del que no respondió ante la Justicia terminada la Guerra Mundial porque se suicidó, no sin antes envenenar y matar a toda su familia numerosa.
Viene esto a cuento —les digo— del vómito que expandió hace unos días la ultracomunista Irene Montero, exigiendo el «reemplazo» del actual y mayoritario componente social en España («Fuera fachas y capitalistas», gritó) por otra ideología concreta basada en la exclusión y en la persecución a toda máquina del disonante. Pero lo de Montero no es una ocurrencia ocasional. Verán: el pasado miércoles en el Congreso se produjo una confrontación que después apareció también en el Debate Electoral a 8 en la Televisión de Aragón. Feijóo fue objeto de una centena de agresiones, nada retóricas, en las que se presentó a su partido como una excrecencia ratera destinada a su eliminación y no precisamente por lisis.
En la televisión, el representante del PP soportó durante toda la hora que duró la discusión las continuas alusiones al agotamiento de la opción masiva que representa el partido de Feijóo. En algunos momentos aquello se asemejó a una suerte —mala suerte— de «supremacismo» singular, cercano al que viene representando desde hace un año el presidente norteamericano Donald Trump. Dos organizaciones mínimas, al borde de quedarse este domingo sin representación parlamentaria, el Partido Aragonés y Teruel Existe, del resistente Guitarte, se enzarzaron en un choque a primera sangre para demostrar no solo quién de los dos era más regionalista, sino para acrecentar la sospecha de que uno de los dos debe ser excluido del ajedrez autonómico.
Al final, según lo verían los espectadores del programa, una especie de reemplazo a mogollón que, por momentos, recordaba a los propósitos de Renaud Camus, el influencer francés que ha puesto de moda este movimiento con la intención declarada de convocar a todos los «blancos» del mundo a una reacción contra las razas de aluvión que están ocupando gran parte de nuestros territorios. No se diga que una cosa es la proclamación de ese «yo soy más que tú» presente en el debate antedicho, y otra las desdichadas propuestas de Camus, un activista homosexual ahora convertido en adalid de esa preeminencia de un color racial sobre otro. No. Ambas no guardan siquiera gran relación, pero escuchando atentamente a los líderes de los partidos susodichos, el analista más fino se preguntaría: «¡Tate! ¿A quién han copiado estos?»
Claro está que en ese debate, muy sugestivo desde el punto de vista del porvenir de cada quien, ninguno de los dos partidos grandes, el PP y el PSOE, se sumaron al pugilato del «yo más», que debe poner los pelos de punta a cualquier ciudadano de la primera veintena larga del siglo XXI. Socialistas y populares, desde luego, por distintas razones: los primeros, de la tristísima Alegría, porque no saben cómo no comerse todo el marrón que les ha soltado Pedro Sánchez en Aragón; los populares, porque bastante tienen con acrisolar sus mensajes cara a obtener un resultado mejor que en la anterior convocatoria.
Además, Azcón, que está realizando una campaña muy institucional, ajena tanto a los golpes bajos como a los compromisos sin vocación de cumplimiento —al estilo del depravado Pedro Sánchez—, no ha querido aquí promover todavía más la polarización del país enredándose en el jardín de cactus hiriente que ha plantado Vox aquí, acá y acullá.
Por todo lo dicho, este domingo Aragón, su millón largo de electores, está en otra ocupación muy distinta. Diferente pero casi contradictoria. ¿Cómo se entiende el alza de Vox, que se salió de un Gobierno, el del PP, que ha llevado en tres años a convertir la región en el referente tecnológico de España? Pues ciertamente por esta razón: porque Vox se ha transformado en una organización antisistema que se ha apropiado de un par de emblemas muy jugosos, el primero, la inmigración. De la vivienda no hablamos porque Vox, a este respecto, no manifiesta el menor interés.
Varios dirigentes de Vox están afectos totalmente al «reemplazo». Hace un par de años ello significaba solamente el recambio a su favor sobre el PP; ahora ya no. Ahora la tribu de Abascal pregona el cambio a palos, radical, de modelo. Desde ese punto de vista, Vox está más cerca de Putin que de Merz, pongamos por ejemplo.
Por eso, este cronista manifiesta que Aragón no puede este domingo derivar en el «reemplazo». Ni para inclinarse por la izquierda —ultraizquierda, más bien— que pretende resucitar el comunismo más letal, ni por los partidos cuyo único fin es el asesinato político del contrario. La oposición a esta corriente, el «reemplazo», ya universal y bastante extendida, reside como primer episodio electoral en Aragón, una región que representa ahora mismo el núcleo de la intención inversora —también en puestos de trabajo— de la industria más avanzada del mundo.
Sería una desgracia que la hipotética preponderancia de las organizaciones descritas volara el actual momento espléndido de Aragón y su millón de habitantes. Poco puede hacer a este respecto el PSOE de la animosa Alegría, ocupada solo en mantener, a trancas y barrancas, los escaños de la pasada legislatura. Más responsabilidad cumple el propio Azcón, que tiene ante sí un desafío preocupante: intentar que Vox no le coma la merienda en un Gobierno en el cual los forofos de Abascal solo tendrían un fin: horadar la suficiencia política del Partido Popular.
Eso es lo que se juega en unas pocas horas. El título inicial, En Aragón no puede haber «reemplazo», es algo más que un deseo: es una necesidad. Goebbels se alegraría de que sucediera lo contrario.
