The Objective
Opinión

Sarah Jessica Parker no pega puñaladas por la espalda, te clava los tacones de sus Manolos

«Sigue caminando en su pasarela de glamour. Más sola, quizá. Más blindada, seguro. Con los tacones bien afilados»

Sarah Jessica Parker no pega puñaladas por la espalda, te clava los tacones de sus Manolos

Sarah Jessica Paker.

Sarah Jessica Parker no es una asesina silenciosa. Ella no se mueve con el cuchillo oculto ni practica el arte vulgar de la traición súbita. Si va a doler, dolerá con estilo, a plena luz del día, bajo los focos si es necesario, pero siempre dejando marca. A una muy cara. Para eso, nada como un Manolo Blahnik bien clavado. Así se ha construido, paso a paso, la leyenda negra —o al menos gris perla— que rodea a la icónica Sexo en Nueva York y a su decepcionante heredera, And Just Like That, una historia donde la amistad femenina convive mal con el poder y en la que Carrie Bradshaw deja a un lado eso tan barato de escribir columnas para dedicarse a algo tan valioso como producir realidades.

Durante la serie original, la ficción vendía sororidad mientras la realidad empezaba a resquebrajarla. Kim Cattrall fue la primera grieta visible. La Samantha Jones que enseñó a toda una generación que el deseo no pide perdón a ninguna edad, acabó convertida en la disidente del grupo. Cattrall habló de aislamiento, de sentirse ninguneada, de una relación inexistente con Parker fuera de cámara. La estrella respondió siempre desde la corrección impecable: palabras amables, tono conciliador, ninguna admisión de conflicto real. El resultado fue una guerra sin sangre, pero con cadáver: And Just Like That nació sin Samantha. Su ausencia se convirtió en el personaje más elocuente de la serie y puede que, como el karma que la diva merecía, la pata que faltaba hizo no solo cojear el conjunto, lo hizo caer al suelo: ni las críticas, ni las audiencias, ni el impacto en la conversación social han validado la decisión, el mayor error de casting de este siglo.

Kristin Davis y Cynthia Nixon optaron por estrategias distintas. Davis, la eterna Charlotte, se mantuvo leal, aunque dejando caer en entrevistas esa sensación de exigencia constante, de estar siempre «a la altura» de un estándar no negociable. Nixon, más blindada por su carrera política y su capital simbólico, nunca pareció subordinada, sino aliada táctica. En ese ecosistema, Sarah Jessica Parker no necesitaba imponerse: le bastaba con ser el centro de gravedad. Todo giraba alrededor de Carrie, incluso cuando Carrie pretendía desaparecer.

La transición clave llega cuando la actriz consolida su papel como productora ejecutiva. Ahí se termina la horizontalidad. Ya no es un rostro más entre cuatro, es ahora la guardiana del tono, del canon y de la marca.

Se habla —siempre se habla, se cuenta— de guiones que orbitan en exceso alrededor de su personaje, de decisiones de vestuario convertidas en editoriales de moda con mensaje moral, de una serie que envejece intentando no perder privilegio. ¿Controladora? ¿O consciente de que, cuando la marca eres tú, el margen para el error ajeno se reduce al mínimo?

Pero no nos olvidamos del episodio Chris North. Mr. Big muere en el primer capítulo de And Just Like That: un infarto en una bici estática de una conocida marca que no sabemos si decidió participar en el branded content más macabro de la televisión o si todo fue una fatal coincidencia. Sea como fuera, aquella era un giro narrativo que parecía liberar a Carrie del lastre romántico. Pocas semanas después, varias mujeres acusaron a North de agresión sexual. Él lo negó. La industria se congeló. Y Parker actuó: no salió a defender al amigo que durante años dijo tener. Tampoco improvisó: junto a sus compañeras firma un comunicado de apoyo a las mujeres que denunciaron los hechos. Es un gesto medido, institucional, irreprochable desde el punto de vista contemporáneo.

Para el actor, fue una ejecución pública.

En entrevistas posteriores, Chris North dejó claro que la amistad realmente no existía, que se sintió abandonado y que ella había priorizado su imagen. Tal vez entendió tarde algo esencial: Sarah Jessica Parker no funciona en clave emocional, sino estructural. No protege personas; protege narrativas. Y en cuanto una figura amenaza el equilibrio del relato, se la retira con elegancia.

Las anécdotas que alimentan su fama de diva no son explosivas, sino acumulativas. Puntualidad exigida con rigor. Cambios minuciosos en diálogos. Vestuario tratado como arquitectura simbólica. Dicen que escucha mucho y concede poco. Que sonríe con la precisión de quien sabe que el afecto también es una herramienta de poder. No grita, no humilla, no dramatiza. Simplemente, decide.

La paradoja es evidente. Sexo en Nueva York enseñó que las amigas eran el verdadero amor de la vida. And Just Like That muestra que la amistad, cuando entra en contacto con el poder, se convierte en una negociación permanente. Y la ‘dueña del cortijo’ no traiciona, administra. No apuñala, gestiona silencios. Cuando alguien queda fuera —se apellide Cattrall o North, quien sea— no hay sangre, solo ausencia.

Al final, Sarah Jessica Parker sigue caminando en su pasarela de glamour y fama. Más sola, quizá. Más blindada, seguro. Con los tacones bien afilados y el camino despejado. No pega puñaladas por la espalda. Te clava los Manolos de frente. Y luego continúa, sin mirar atrás, convencida de que el verdadero lujo no es la lealtad, sino el control.

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