Aragón, la tumba de Podemos
«La nada electoral en Aragón, ese entierro en vida, debería poner muy nerviosos a los de Podemos»

La candidata de Podemos a las elecciones aragonesas, María Goikoetxea (c), junto a la secretaria general del partido, Ione Belarra (d), la eurodiputada Irene Montero (2i), y la escritora y periodista Cristina Fallarás (i). | Javier Cebollada (EFE)
Aragón se ha convertido en el cementerio político donde yace, sin honores ni epitafios grandilocuentes, el sueño morado de Podemos. El pasado domingo, la formación liderada en Aragón por María Goikoetxea se ha quedado sin representación en el parlamento aragonés. Un vacío tan absoluto como el que dejan sus promesas incumplidas en la memoria colectiva. Con menos del 2% de los votos, apenas unos míseros 6.000 votos en toda la comunidad, Podemos no ha superado el umbral del 3% necesario para obtener representación. Es como si el electorado aragonés hubiera decidido, con esa obstinación noble que nos caracteriza, enterrar vivo a un partido que hace una década se presentaba como el salvador de la patria.
El fracaso no ha sido una sorpresa repentina, sino el colofón de una agonía anunciada. Durante la campaña, los mítines de Podemos fueron un espectáculo desolador, más propio de una reunión de vecinos en un portal que de un acto de masas revolucionario. Apenas unas decenas de personas acudían, incluso cuando se dignaban a aparecer las estrellas caídas del firmamento morado. Ahí estaba el empresario hostelero Pablo Iglesias, intentando revivir viejos tiempos con discursos inflamados sobre desigualdad. O la mujer de los «reemplazos», Irene Montero, esa exministra de Igualdad que aparecía para hablar de su odio por los españoles. En algunos pueblos aragoneses había más sillas vacías que seres humanos. Predicar en el desierto de los Monegros, y que las palabras sólo se las lleve el cierzo.
En 2015, Podemos vivía su edad de oro en Aragón. Aquel año, la marea morada irrumpió con fuerza en las instituciones. En Zaragoza, lograron colocar a Pedro Santisteve como alcalde bajo la plataforma Zaragoza en Común, un conglomerado de izquierdas donde Podemos era el motor principal. Santisteve se hizo famoso no por sus políticas transformadoras, sino por un escándalo tan ridículo como revelador: cargó al Ayuntamiento gastos de representación que incluían gomina para peinarse, justificados con la excusa de que un alcalde debía dar una buena imagen, especialmente en jornadas laborales de 13 horas. «Hay que estar presentable y decente», dijo sin ruborizarse. Era el símbolo perfecto de un partido que prometía regeneración, pero acababa enredado en las mismas acciones que criticaba. Aquel alcalde peinado a la perfección gobernó hasta 2019, y Podemos tenía representación en las Cortes aragonesas con 14 escaños en 2015. Eran los reyes del mambo, los que iban a asaltar los cielos.
¿Cómo se explica este batacazo en solo diez años? De gobernar Zaragoza y tener peso en Aragón a evaporarse como el humo de un porro en una de sus asambleas. La respuesta está en la erosión interna y externa. Podemos se ha devorado a sí mismo con divisiones eternas: las guerras entre pablistas y errejonistas, y poco después, Sumar, que es también un enfermo terminal, les robó parte de su espacio.
Aragón es el Ohio español. No es una exageración poética, es un hecho electoral contrastado. Lo que pasa en las urnas aragonesas se repite con precisión quirúrgica en las nacionales poco después. Así se ha dado desde los gobiernos socialistas de Felipe González. La nada electoral en Aragón, ese entierro en vida, debería poner muy nerviosos a los de Podemos. Su desaparición de la vida política institucional no es un futuro hipotético, es un presente que galopa. Están representados en cada vez menos parlamentos, ya han desaparecido de nueve autonomías, y eso huele a extinción. Empieza a ser algo del pasado, pero no de un pasado cercano que justificaría aquello de «cualquier tiempo pasado fue mejor». Un pasado cercano, el de una década hacia atrás, donde creyeron tocar el cielo. Hablamos de un pasado anterior, de cuando no existían y no eran nada, que es en lo que parece que se van a volver a convertir.
Aragón ha sido la tumba de Podemos, el principio de un sepelio nacional. El electorado aragonés, con su sabiduría telúrica, ha dictado sentencia. Basta de postureo revolucionario, basta de líderes reconvertidos en empresarios gracias a un crowdfunding o eurodiputadas que se hacen un video en Lavapiés como quien va a un safari. El morado se ha desteñido, y lo que queda es un gris mortecino. Mientras el PP y Vox negocian gobiernos en Extremadura y Aragón, y el PSOE lame sus heridas con 18 escaños, Podemos descansa en su nuevo hogar rodeado de malvas. ¿Resucitarán? Lo dudo mucho. Que un servidor sepa, en este planeta siete vidas sólo tienen los gatos y el PSOE.
