Vox, la cara B de Sánchez
«Nadie como la derecha más activa está haciendo tanto para asegurar que el indigno, miserable Sánchez se eternice»

Ilustración de Alejandra Svriz.
En la antigüedad —ya casi en la antigüedad— la cara B de los vinilos era, es de cajón, el reverso de la primera, la que calzaba la idoneidad y valor del disco. A veces, no pocas, sucedía que esa cara engordaba y acumulaba más prestigio, y desde luego audiencia, que la preferente. Pues bien: trasladado el caso a la política española de ahora mismo, está ocurriendo que la cara B, Vox se está subiéndose a la chepa de la A, Sánchez, y parece que no es imposible que en un futuro mismo le coma electoralmente la merienda a la preeminente. Las dos últimas elecciones y las encuestas venideras marchan por ese camino. Lo curioso es que los gestores de la cara primigenia, el PSOE, han venido engrosando las posibilidades de su cara hermana y ahora se dan cuenta, a lo peor, de que el episodio se les ha ido de las manos, y han hecho un pan como unas tortas.
Abascal, el promotor de la B, abjura de la A, la pone a caldo (sucedió el miércoles en el Congreso), pero le saca el jugo a ella. Al final, sigue la táctica de alguien que, con seguridad, él ni siquiera sabe que existió, y que, en todo caso, no era de su planeta ideológico. Me refiero al filósofo alemán, travestido de americano, Herbert Marcuse, que dejó escrito, probablemente en Eros y civilización, el siguiente consejo: «Critiquen, aborrezcan la sociedad de consumo, pero aprovéchense de ella». O sea, tal para cual: Vox le horada al PSOE pero goza de las facilidades que le da este, su Gobierno y Sánchez para seguir subiendo a la cabeza y, al tiempo, ir afeitando la alternativa del Partido Popular. Todo en un bloque.
De esta forma sucede que nadie como Abascal está haciendo más y mejor para que Sánchez continúe aherrojado en la Moncloa. Vox no existe; no existen sus delegaciones regionales y provinciales, solo existe la camarilla enrabietada que rodea al líder Santi, que no es precisamente un aventurero como Shanti de Andía. Ya han anunciado que o la extremeña Guardiola se pone de hinojos y suscribe de la A a la Z todas las exigencias de campaña del partido, o se queda sin la Presidencia de Extremadura. Ni negociación, ni gaitas; no hay más que esto. Un recuerdo, a propósito. Felipe González —tan denostado estos días por los que fueron sus correligionarios— soportó tres huelgas generales durante sus 13 años de gobernación; la más importante paralizó el país y desembocó en una negociación a cara de perro entre el Gobierno y los líderes sindicales, Nicolás Redondo y Marcelino Camacho. Este, el segundo de los cuales, terminó el episodio con esta confesión: «En un debate, el que no pierde, gana».
Y eso es lo que está practicando Vox y Abascal. No ganan del todo, pero no pierden; es toda una táctica. Siguen además otra estrategia; se la puede llamar «Modelo Lendoiro». Este fue presidente del Deportivo de La Coruña en los mejores tiempos de este club y presumía de unas formas agotadoras en toda negociación que acababa con la paciencia de sus interlocutores. A eso también se ajusta en estos momentos el partido de Abascal. A la victoria por lisis del contrario. Si al fin termina Vox por no apoyar al PP ni en Extremadura, ni en Aragón, ni presumiblemente en Castilla y León, habrá sido decisivo en esa organización el pequeño grupo, presidido por un faccioso propagandista, que tiene decidido que al PP ni agua, que pase lo que pase, a darle patadas a un burro encadenado. Encadenado escribo, porque el PP aún no se ha dado cuenta de que su religiosidad complaciente a la hora de tratar a los próximos no le está deparando beneficio alguno, más bien exactamente lo contrario. La tentación en Génova por parte de algunos asesores de Feijóo es casi una rendición sin condiciones. Pues bien, que lo hagan, que puede que les suceda lo siguiente: en poco tiempo se quedarán sobrepasados por los políticos que pregonan la confrontación a toda sangre. ¿Qué está lejos ese instante? Por ahora solo podemos advertirlo.
Guardiola en Extremadura y Azcón en Aragón deben saber lo siguiente (pero bueno, probablemente lo sepan): si en una negociación te pones de rodillas, sucederá que en vez de que te peguen una patada en los cojones (ver RAE), te la peguen en la barbilla. No se sabe qué puede doler más. Claro está que debería ser imprescindible un pacto PP-Vox, pero resulta que cuando uno no quiere, dos no discuten. Y eso es lo que está ocurriendo. ¿Cuántos gestos más hacen falta para que el PP, su Dirección, caiga en la cuenta de que Vox no quiere nada con ellos? El PP, cuanto más lejos, más se logra. Lo cierto es que está utilizando la negociación, manejando con habilidad la hipótesis casi imposible de pacto, para desgastar al próximo y no al ajeno, al PP que al PSOE. La mejor garantía de que Sánchez prosiga «okupando» la Moncloa es que, como dicen las izquierdas, las derechas se peleen. Y eso es lo que se fotografía ahora. ¡Hay que ver cómo disfrutaba el irreverente Rufián en el último Pleno zurrándole la badana, en común, a las desdichadas derechas!
En esta situación: ¿es probable que al menos en Extremadura tengan que repetirse las elecciones? Pues, que no se descarte esta opción, entre otras cosas porque los entomólogos electorales de Vox tienen convencida a su camarilla directora de que, en una vuelta a las urnas, no serían ellos los más perjudicados. Por todo esto corre peligro la nueva perspectiva política de España. Si Vox se empecina en lo que ahora pregona y sigue siendo, como es, la cara «B» del PSOE, el jefe de este último, el desvencijado Sánchez, continuará sentado en su poltrona. Sería estupendo que, de una vez por todas, el electorado reprochara a cada quien la irresponsabilidad con que está actuando. Nadie como la derecha más activa, Vox, está haciendo tanto para asegurar que el indigno, miserable Sánchez se eternice.
