Fascismo negro, fascismo rojo
Un problema se está agudizando en la España actual: la eliminación del disidente, el silenciamiento del hereje

Ilustración de Alejandra Svriz.
A mediados de los años setenta, varios amigos que acabábamos (más o menos) de superar la adolescencia descubrimos los irresistibles títulos que Wilhelm Reich colocaba a sus libros: La lucha sexual de los jóvenes, La función del orgasmo, La revolución sexual, Psicología de masas del fascismo…
Los que tengan suficiente edad para ello, recordarán que el hoy bastante olvidado Reich —como muchos otros intelectuales que al madurar fueron capaces de ascender desde la condición de creyentes a la de pensantes— tuvo una evolución análoga a la de Octavio Paz, que certeramente sintetiza Ricardo Cayuela en el artículo Lecciones de la Guerra Civil publicado en este diario. Reich pasó una primera etapa de entrega fervorosa al freudomarxismo, del que fue en los años treinta un temprano y destacado propagandista. Pero en cuanto empezó a pensar de forma libre y crítica, se vio obligado a salir, y no amistosamente, del Partido Comunista y de la Asociación Psicoanalítica. Convertido en un lobo estepario, desarrolló por su cuenta y riesgo una idea fundamental: el fascismo no es una ideología, sino una estructura del carácter.
Quienes están formados sobre esa estructura profunda de la mente —que Adorno llamó en 1950 «la personalidad autoritaria»— pueden, con cierta facilidad, abandonar un sistema de creencias para entregarse con la misma fe al siguiente, pero es difícil que dejen de creer ciegamente en algo. Un caso paradigmático fue el de Roger Garaudy que, si no recuerdo mal, pasó con idéntico fervor del cristianismo al comunismo, después al islamismo y terminó negando la realidad del Holocausto identificado con un extremo sionismo.
Es muy distinta, como ilustra el caso de Paz, la dura y admirable evolución del creyente que en algún momento de su vida logra pasar a la condición de pensante. Otro espléndido ejemplo fue el de Arthur Koestler, que empezó en el sionismo, se convirtió a la religión comunista, coqueteó con la espiritualidad e incluso con la parapsicología, pero al final fue capaz de una profunda reflexión autocrítica que le permitió alcanzar el diagnóstico y tratamiento de su grave enfermedad: comprendió que había padecido absolutitis, ese trastorno que lleva a creer ciegamente en la Verdad de una única doctrina, despreciar y, si es posible, destruir a quienes no la comparten y entregarse al más sangriento fanatismo de turno.
En la última etapa de su vida, Reich no se libró de algunas ideas casi delirantes, como el descubrimiento de la «energía orgónica» que movería el universo y que, adecuadamente manejada con los «acumuladores de orgones» que él mismo llegó a fabricar y vender, permitiría, entre otras cosas, curar el cáncer. Pero a pesar de ello, desde que dejó de ser creyente en causas colectivas (aunque no en chifladuras personales), señaló y analizó perfectamente la profunda identidad que se oculta en la estructura psicológica común de los que se entregan al fascismo negro o al fascismo rojo.
«Los adversarios pueden ser interlocutores con los que dialogar y no solo enemigos a silenciar con el mayor desprecio»
Chicho Sánchez Ferlosio, uno de los cantautores que mostró mayor talento creativo para la invención de canciones desde la marginación social, osciló entre las tentaciones militantes y la lucidez crítica. Llevado por la segunda, escribió sus mejores poemas musicales, cuyo espíritu crítico es radical y en los que no deja títere con cabeza. Pero cuando se dejó arrastrar por los ardores militantes, compuso otras canciones claramente partidistas como la que el título de este artículo evoca, Gallo negro, gallo rojo: «Se encontraron en la arena / los dos gallos frente a frente […] El gallo negro era grande / pero el rojo era valiente./ Gallo negro, gallo negro / gallo negro, te lo advierto. / No se rinde un gallo rojo / más que cuando está ya muerto».
Octavio Paz —como bien resume Ricardo Cayuela— venció la tentación de ser un fascista rojo tras una larga reflexión sobre las manipulaciones y canalladas que vio cometer a los comunistas prosoviéticos en la guerra española. Comprendió que tan peligrosos eran los hunos como los hotros, los suyos como los fachas; que tan fanáticos, violentos y dañinos eran los gallos rojos como los negros. Que los adversarios pueden ser interlocutores con los que dialogar y no solo enemigos a silenciar con el mayor desprecio. Así se libró de ser un militante, o incluso un compañero de viaje del Partido (rojo o negro), y se convirtió en un intelectual librepensador, lo que no le garantizó siempre el acierto ni le protegió contra todo error, pero sí le dio la mejor cualidad de un verdadero intelectual: acertar y equivocarse por cuenta propia, personalmente y no como miembro de un rebaño o de otro.
En mi cabeza, el artículo de Cayuela ha entrado en resonancia con el que Pérez-Reverte publicó dos días antes en El Mundo sobre el puñado de gallitos rojos que, primero, boicotearon una invitación al diálogo negándose, después de haberlo aceptado, a que sus nombres aparecieran junto a los que ellos consideraban infrahumanos despreciables por defender ideas diferentes y, después, amenazando directamente con agresiones violentas contra los ciudadanos que asistiesen al encuentro. Camisas pardas, banderas rojas, camisas azules…
Cayuela y Pérez-Reverte, más que evocar estas antiguas referencias que a mí me han despertado, apuntan a un problema que se está agudizando en la España actual, pero es el mismo que tanto daño hizo a la Europa de hace un siglo: eliminación del disidente, silenciamiento del hereje, comandos violentos, amenazas de agresiones. En palabras de Reverte: rechazo a «un debate concebido desde la pluralidad, el rigor y la discusión razonada», «sustitución de ideas por consignas impuestas, del diálogo por el sectarismo y del pensamiento crítico por la adhesión identitaria», «un acto deliberado de intimidación ideológica y un síntoma evidente de la enfermedad que degrada la vida cultural y política española».
Yo le perdonaría al viejo Reich sus fervores juveniles y sus delirios orgónicos seniles, en agradecimiento por la sana educación sexual básica que nos dio en nuestra postadolescencia y, sobre todo, por habernos ayudado a entender que, en el fondo, son exactamente iguales los gallos negros y los gallos rojos.
