Hostigar no es gobernar
«Lo peligroso es que este señalamiento no preocupe a los otros periodistas que no están señalados»

Ilustración de Alejandra Svriz.
No es nuevo. El hostigamiento por parte del Gobierno socialista y de su presidente viene desde hace cuatro años, cuando se inició una cacería contra THE OBJECTIVE por las exclusivas sobre los motivos de la caída de José Luis Ábalos. Bulos, chismes, cuestiones personales y mentiras que esta semana le han hecho sentarse en el banquillo de los acusados en una imagen histórica que acabó con la sensación de impunidad del exministro que hace año y medio interpretaba magistralmente su ópera prima con el discurso del «no tengo a nadie detrás, ni al lado…».
Ya desde entonces, al principio más tímidamente y después de forma descarnada, Moncloa elaboró una operación de señalamiento público hacia nuestro periódico con el objetivo más totalitario de poner la letra escarlata al medio de comunicación que debería ser aislado y marginado socialmente. La reacción fue inmediata y fulminante. Fueron muchas las fuentes, ministros y dirigentes socialistas que dejaron de cogerme el teléfono. Los más cercanos, avergonzados, me pidieron quedar en lugares discretos y alejados de Ferraz o el Congreso porque «es mejor que no nos vean juntos». Objetivo aislamiento conseguido.
Fue solo la precuela de una campaña que se hizo oficial en mayo de 2024, tras los cinco días de reflexión de Pedro Sánchez, motivada por la imputación de su esposa, Begoña Gómez. La operación destape en la ofensiva contra periodistas y jueces se institucionalizó con el plan de regeneración democrática, que no se aprobó porque el Gobierno no tenía votos para ello, al igual que con la ley Begoña, la ley Bolaños o los Presupuestos Generales del Estado, con la diferencia de que estos ni siquiera se presentaron. Leyes como cortina de humo que solo perseguían hostigar, no gobernar. Y el hostigamiento público era la mitad que el privado, de lo que nos transmitían desde Moncloa: «Seguid publicando sobre Begoña y no os volveremos a dar la palabra».
El señalamiento a Iker Jiménez
Al veto a medios críticos en la sala de prensa de Moncloa se sumó la aparición de una cloaca mediática cuyos actores, al dictado de Moncloa, empezaron a ejercer de replicantes de los argumentarios gubernamentales y a disparar abiertamente contra compañeros, cuestionando las informaciones críticas (como las del caso Ábalos) en los medios de comunicación. Quienes bebían de Ábalos, Cerdán y Koldo como fuentes de información, hacían lo mismo ahora con el entorno de Pedro Sánchez, salvaguardando el bien mayor. Eran los tiempos del vergonzoso manifiesto contra el golpismo judicial y mediático. Perro sí come perro.
El salto cualitativo se ha producido esta semana cuando el presidente en persona, Pedro Sánchez, se ha puesto a señalar con nombres y apellidos a periodistas como Iker Jiménez, utilizando una tribuna pública como el Congreso de los Diputados para marcar al nuevo peligro socialista: un programa que amplifica, en lugar de silenciar, las exclusivas que pretende ocultar el Gobierno.
Lo que más molesta al Gobierno del programa Horizonte no es solo su independencia, sino sus récords de audiencia. Que se haya convertido en un fenómeno televisivo que atrae tanto a cafeteros como a desheredados del periodismo y la política es motivo de inquietud en Moncloa, porque el fenómeno se replica en las redes sociales, especialmente entre los jóvenes, objeto de deseo del PSOE. Por ello, el pasado miércoles, Sánchez trasladó su «pena» porque «incluso Iker Jiménez tiene audiencia y hay gente que está dispuesta a creer cualquier cosa». Tampoco era nuevo para Jiménez verse en el centro de una campaña de desprestigio y desinformación en la que el Gobierno azuzó a su corte mediática para manipular su cobertura de la dana de Valencia. Quien se erigía en el Torquemada contra «el patrón de desinformación y bulos» era su principal promotor.
La campaña contra TO
Eso exactamente hemos sufrido también en este periódico cuando el presidente atacó el miércoles directamente a «un tabloide digital llamado THE OBJECTIVE», manipulando una noticia del periodista Javier Leal sobre el director de comunicación de ADIF, Salvador Almenar. La noticia era cierta antes incluso de que aportáramos los documentos exclusivos que lo demostraban, pero Pedro Sánchez decidió lanzar su habitual ataque preventivo. Ya lo hizo en su comparecencia del caso Koldo en el Congreso, mofándose de este periódico al que se refirió con sorna como la Biblia. En realidad, le traicionó el subconsciente porque lo que el presidente del Gobierno no puede soportar de este medio son dos cosas: el espectacular incremento de sus lectores y que la audiencia sea el reflejo del trabajo de este periódico al desvelar los principales escándalos que ahora investiga la justicia, desde los pagos de Carmen Pano a las prostitutas de Ábalos, las contrataciones de mujeres en empresas públicas y la facturación opaca y dudosa de Ferraz 70. No son pocas las ocasiones en que me han revelado en Moncloa que Sánchez andaba «como loco buscando al topo» de informaciones destapadas por este periódico sobre el adelanto del Congreso Federal del PSOE, el fichaje de Idafe o el de Mr. Handsome.
A Sánchez le da tanta «pena» y rabia la audiencia de Horizonte como los lectores y exclusivas de TO, de la misma forma que a la nueva portavoz, Elma Saiz, le parece que la suma de PP y Vox que arrojan las urnas en Aragón «son malos resultados para la democracia». Este es el peligro. Para este Gobierno no son democráticas las formaciones de derechas, ni los medios de comunicación críticos que fiscalizan su gestión y dan información que ellos pretenden ocultar. Y el presidente del Gobierno no se despeina al manipular informaciones veraces que no conoce, al mentir en la tribuna de oradores y al señalar a periodistas libres que no se amoldan o pliegan a sus estándares progresistas.
Lo peligroso es que este señalamiento no preocupe a los otros periodistas que no están señalados. Donde hoy estamos nosotros, mañana pueden estar ellos. Hace un año, decenas de periodistas parlamentarios se congregaron en la puerta de los leones, en el Congreso de los Diputados, para condenar las prácticas del periodista Vito Quiles en los pasillos de la cámara baja. «Señalar no es informar». Yo no acudí a esa convocatoria porque no creo que los periodistas tengamos que fiscalizar a compañeros, y menos retirar carnets de prensa, nos gusten o no las formas de otros periodistas. Menos aún cuando fue la Asociación de Periodistas Parlamentarios la que le dio el premio de Mejor Relación con la prensa a José Luis Ábalos semanas después de que este interpusiera una querella contra una miembro de la asociación: yo misma.
Efectivamente, señalar no es informar. Ni hostigar es gobernar. Y ya va siendo hora de que los periodistas parlamentarios salgan en defensa de quienes sufrimos reiteradamente el abuso de poder de un presidente que utiliza instituciones públicas para señalarnos públicamente por decir la verdad, se llame Iker Jiménez, THE OBJECTIVE, Agamenón o su porquero.
