Un concentrado pétreo de lo peor y el aluvión moralista contra Belmonte
«Si algo hemos aprendido con el sanchismo es que hay que quitarle a la política lo que quiere ensuciar de nuestra vida»

Pedro Sánchez y Mertxe Aizpurua en un encuentro en el Congreso el 13 de octubre de 2023. | Europa Press
1. En el nuevo episodio de Yira Yira, podcast que nunca me pierdo, Arcadi Espada le pregunta a Yaiza Santos por la última comparecencia de Pedro Sánchez. Ella le dice que no la vio, que no puede con él. Espada le reprocha que sea una sentimental. Pero no es una cuestión sentimental: es una cuestión estomacal. Si no eres cronista parlamentario ni periodista que deba estar informado al segundo de las evoluciones del presidente, atenderlo es una manera fulminante de estropearte el día. Ya casi lo es con que te pille una ráfaga, como inevitablemente termina sucediendo. La desgracia democrática que esto implica no hay ni que explicarla. Pero el hombre se ha convertido en un concentrado pétreo de lo peor: mediocridad intelectual (y actoral), falsedad, fullería, ventajismo, matonismo, ineficacia para cualquier cosa que no sea retener su poder (su poder vacío), cortoplacismo, sectarismo, narcisismo, ¡hasta victimismo! Asistir a ello me pone malo. Si algo hemos aprendido con el sanchismo es que hay que quitarle a la política lo que se quiere comer y ensuciar de nuestra vida. Por eso todo minuto hurtado a Sánchez será un buen minuto; o al menos un minuto mejor que si se lo concediéramos. (El de esta entrada, en consecuencia, ha sido un mal minuto.)
2. El aluvión moralista contra Rosa Belmonte por su frase «la mitad tonta, la mitad tetas» se explica en este contexto de inmoralidad desatada. Esa misma mañana la proetarra Aizpurua osó pronunciar la palabra «víctimas» en el Congreso («al PP no le importan las víctimas», en referencia a las de Adamuz), con el aplauso de la seudoizquierda, incluida la gubernamental. Si te tragas estas obscenidades, te tienes que indignar por un chiste. La desvergüenza tiene sus leyes, relacionadas, además de con la parcialidad y la degradación de las proporciones, con la sobreactuación. El chiste encima era una cita; o sea, que se trataba de una frase tamizada, indirecta, ¡con bibliografía! El problema de la aludida Sarah Santaolalla no es el nivel de su «intelecto», palabra que ella misma ha utilizado, ni su supuesto implante de tetas. El problema es su implante ideológico, mejor dicho, partidista; y su ínfimo nivel.
3. Lo que el PSOE no le perdona a Felipe González es que con él sí funcionasen los trenes.
4. Lo del premio de Ayuso a Trump, además de ridículo, es deprimente. Una de las pulsiones más incomprensibles de la derecha española es cómo se empeña en ajustarse a los trajes que la izquierda le confecciona. Empeño que los transforma en profecías, puesto que lo que empieza como insidia termina como descripción.
5. «El fascismo no se ha ido», dice el aporreador de guitarras Raimon. ¡Pero cómo se iba a ir, si los cantautores lo habéis conservado en salmuera! En realidad sí que se fue, por breve lapso: durante la Movida, en la que bailamos sobre su tumba; su tumba efectiva. Pero la Movida murió, regresaron los cantautores y trajeron de la maito a Franco, cuya vida es la razón de ser de los cantautores. La explicación es muy sencilla: si el antifascismo que siguen proclamando no es contra Franco, entonces solo puede ser… ¡contra la democracia! Recuérdalo tú y recuérdalo a otros: el antifascismo de hoy es contra la democracia.
6. He visto la serie de 1980, dirigida por Fassbinder, Berlin Alexanderplatz. La adaptación de la novela de Alfred Döblin es portentosa: tan cinematográfica como literaria; nunca había tenido con una película tal sensación de estar leyendo, con la complejidad de la lectura y el dominio de la palabra. La serie, oscura, descarnada, tremenda, retrata el abigarrado Berlín de 1928, con todas sus tensiones, incluida la del naciente nazismo, a flor de piel. El actor Günter Lamprecht sostiene la historia con su Franz Biberkopf, al que se lo debe todo (lo supiera o no) James Gandolfini. Lo acompañan magníficamente los demás, en especial Hanna Schygulla, Barbara Sukowa y Gottfried John.
7. Pero no hay que ver series. La propia idea de serie activa el demonio aritmético: uno empieza a verlas y ya no puede hacer otra cosa que ponerse capítulo tras capítulo y vivir exclusivamente para ello, porque hasta que no vea el último no se quedará tranquilo.
