Patxi López, las encapuchadas y los encapuchados
«Se proclaman feministas, pero su feminismo es selectivo, condicionado por el multiculturalismo relativista»

El portavoz del PSOE en el Congreso, Patxi López. | Matias Chiofalo (EP)
El portavoz socialista en el Congreso, con esa gravedad impostada que tanto le caracteriza, defendió el burka como una prenda inherente a la libertad religiosa de una persona. Un trozo de tela que envuelve el cuerpo femenino de la cabeza a los pies, reduciendo la existencia a una sombra ambulante, se erige, según él, en baluarte de la tolerancia. En un mundo donde la izquierda posmoderna se jacta de su feminismo militante, figuras como López y su aliada Yolanda Díaz, esa vicepresidenta que navega las aguas turbulentas de Sumar, se llenan la boca de igualdad mientras bendicen la obligatoriedad de un burka que oculta, somete y anula.
Las declaraciones de López son de una hipocresía que roza lo grotesco. Estos paladines de la progresía contemporánea, herederos de un relativismo cultural que disuelve las verdades universales en un caldo de subjetividades, proclaman su devoción al empoderamiento femenino. Sin embargo, cuando se trata del burka, esa cárcel textil impuesta por interpretaciones rigoristas del islam, lo aceptan con una condescendencia que huele a capitulación. López, con su elocuencia parlamentaria, parece indiferente a que las mujeres deban transitar el mundo encapuchadas, con solo una mínima abertura a la altura de los ojos para no tropezar con una realidad tan reaccionaria como la que defienden. Es como si el velo no fuera una cadena, sino un adorno libremente elegido, ignorando las presiones sociales, familiares y culturales que lo perpetúan en sociedades donde la disidencia puede costar la vida.
Qué respetuosos son estos progres posmodernos con la libertad religiosa del islam, elevándola a dogma intocable. El burka, el niqab, las prescripciones que recluyen a la mujer al ámbito doméstico. Todo ello merece, en su visión, un espacio sagrado en la pluralidad democrática. Pero ¡ay del credo católico! Ese sí que es el gran villano de su narrativa. Para ellos, la Iglesia católica representa el mal ancestral, un reducto de oscurantismo y opresión que debe ser desmantelado con saña. El catolicismo, en su práctica contemporánea, permite a las mujeres pensar con autonomía y decidir su destino sin el yugo de un código de vestimenta «sagrado». ¿Por qué esta animadversión selectiva? Porque el catolicismo, arraigado en la tradición europea, choca con su agenda de deconstrucción cultural, mientras que el islam, percibido como exotismo oprimido, sirve de ariete contra el «occidentalismo» que tanto detestan.
No debería sorprendernos la postura de Patxi López. En su tierra vasca, se cansó de ver encapuchados que sembraron el terror durante décadas. Aquellos kaleborrokas y pistoleros de ETA, con sus capuchas negras, sus cócteles molotov y sus pistolas, no eran meros fantasmas nocturnos, sino agentes de una violencia sistemática que acabó con vidas inocentes, incluyendo las de compañeros suyos del partido socialista. López, como muchos en el Partido Socialista Vasco, vivió el horror de cerca, sintió el miedo físico de sus compañeros al salir a las calles de las distintas poblaciones vascas. Y ahora, en un giro que roza lo perturbador, acepta como socios preferenciales del Gobierno a EH Bildu, esa formación que no deja de ser los hermanos ideológicos de aquellos encapuchados. Bildu, heredera directa del mundo abertzale que amparó y justificó a ETA, se sienta en la mesa de negociaciones con el PSOE, apuntalando leyes a cambio de concesiones que erosionan la memoria de las víctimas y sacan de las cárceles a los verdugos.
Qué desvergüenza tan refinada. López pronuncia discursos sobre derechos y libertades, pero debería avergonzarse de defender el burka mientras pacta con quienes blanquean el legado de los encapuchados etarras. Es una simetría siniestra, las encapuchadas del burka, obligadas a ocultar su identidad por un mandato patriarcal-religioso, y los encapuchados de ETA, que se tapaban el rostro para perpetrar crímenes en nombre de una causa nacionalista. Esta postura no es aislada. Forma parte de un patrón en la izquierda posmoderna que López y Yolanda Díaz encarnan con maestría. Se proclaman feministas, pero su feminismo es selectivo, condicionado por el multiculturalismo relativista que prioriza el «otro» cultural sobre los derechos universales. Yolanda Díaz, con su retórica de sororidad y empoderamiento, calla ante el burka porque cuestionarlo sería, en su lógica retorcida, un acto de islamofobia.
Usted, señor López, a diferencia de las mujeres en Irán y otros lugares que sufren la tiranía de una teocracia islamista, sí que puede «dar la cara». Debería caérsele de vergüenza al equiparar la libertad con los derechos individuales de esas mujeres, o al pactar con los herederos de una banda terrorista. Las encapuchadas y los encapuchados son espejos de una hipocresía que corroe los cimientos de quienes nos gobiernan y sus socios. La izquierda posmoderna, con su relativismo, nos deja un legado de falsedades envueltas en un «buenismo» impostado. Pero la realidad, esa dama sin burka y sin velo, siempre termina por imponerse.
