Plan por si el rey don Juan Carlos muere
El plan para traerle aquí ya inerme existe, se ha diseñado, pero ni será fácil llevarlo a cabo ni será muy popular

El Rey Juan Carlos I. | Gtres
Si son ciertas las informaciones —y parece que lo son— sobre un detallado plan por si el rey don Juan Carlos (lo de «emérito» es una gilipollez, ver RAE) muere, todo está preparado para la contingencia. Hay que esperar que sea con esmero. Lo mejor estribaría en que el susodicho plan tuviera que esperar, porque nuestro monarca, el que nos apeó de la última dictablanda de Franco, continúe teniendo una gran salud de hierro. Eso, a pesar de los deplorables auríspices que le dan por liquidado sin poseer una sola noticia de él o de su salud.
Al margen y por directo: el plan empieza en Abu Dabi, donde el pacto entre el Gobierno corrupto y la actual Casa del Rey, heredera de la anterior complaciente (con Pedro Sánchez), le mantiene en un exilio menos dorado de lo que se especula. No se conocen los nimios detalles del plan que, según hay que repetirlo, comienza alejado de su nación, la que él, con muy pocos otros, hizo grande; desde luego, con ninguno parecido a los que ahora nos destrozan. Nació fuera —Roma, 1938— y terminará su vida en la misma condición de desterrado. ¡Fíjense qué mal suena!
Sabemos, porque lo sabemos sin entrar en detalles concretos, que a nuestro Rey le disgusta profundamente hacer referencia alguna a este delicado asunto. Y hace bien por dos razones: primera, porque a él, y a muchos con él, hablar de este episodio tan normal como fatal nos produce castizamente mucho yuyu. Segunda, porque —esta es una constancia brutal— nadie le ha ofrecido hasta el momento la menor noticia del plan. Y el Rey ha cumplido 88 años, que no son cosa baladí.
El ultraje perpetrado contra él desde que tuvo que abandonar su país continúa sin que este Gobierno maldito de Sánchez haya modificado su sentencia inicial, la que parió la malhadada vicepresidenta Carmen Calvo y un entregado Jaime Alfonsín. El Gobierno más inconstitucional, más cochino de nuestra historia —el que ya ni siquiera puede compararse con el traidor Fernando VII— se sigue oponiendo a que el monarca que nos trajo la democracia fije definitivamente su residencia en España. Es más: Sánchez y toda su cohorte de perversos sujetos tienen prohibido terminantemente que don Juan Carlos pase una sola noche en un edificio perteneciente al Patrimonio Nacional. Es decir: varios ministros disfrutan de fastuosos pisos a nuestra costa, y el primer jefe de Estado de nuestra libertad no tiene colchón público que le pueda recoger. Un asco.
La Casa Civil, dirigida ahora por un diplomático muy inteligente, Camilo Villarino, que diariamente ejerce el más atrevido funambulismo para lograr que Sánchez y sus tipos no derriben a su jefe, no ha podido modificar la inicial determinación que su antecesor, más mal que bien, pactó con los sanchistas. Y de este modo prosigue la humillación. No es una deshonra, aunque lo parece, porque esta ralea de indeseables no está de hinojos ni para descalzar a don Juan Carlos.
El plan, cuya realización se va a retrasar porque —vuelvo a dar una mala noticia— don Juan Carlos no tiene la menor intención, por ahora, de entregar la cuchara, está diseñado, como digo, para que, llegado el caso, nuestro Rey regrese, ya sin verla, a la patria que le ha intentado degradar. Ni siquiera desde el punto de vista humano, familiar, incluso institucional, la lejanía encierra razón alguna. Si existiera algún motivo de índole fiscal, ya ha desaparecido; además, todas las irregularidades económicas que en algún momento resultaron desagradables ya no tienen vigencia.
Lo que sí la tiene es el papel, la función que don Juan Carlos desarrolló para transformar a nuestra patria en una de las naciones más deseables del mundo. Esta semana resultó inmoral que el sarao que festejó nuestra ya vieja Constitución —la más veterana de nuestra trayectoria como Estado— no recibiera en la sede de la soberanía nacional a su primer firmante, a don Juan Carlos, rey de España, como se puede leer en la primera página del texto. Allí, al Palacio de las Cortes, acudieron individuos e individuas que hace doce años no hubieran podido tener, por lo menos por su irrelevancia, acomodo alguno. Y, en cambio, el primer jefe de Estado de nuestra democracia prosigue expatriado, en Abu Dabi, como un apestado. ¡Qué país es este que se comporta de esta manera con uno de sus mejores hombres!
El plan para traerle aquí ya inerme existe, se ha diseñado escrupulosamente, pero ni será fácil llevarlo a cabo ni será muy popular cuando se conozcan sus entresijos. Mientras se cumple el desgraciado día, sorprende que solo muy escasas voces se alcen en España para reprobar el persistente exilio de nuestro monarca. De este Gobierno no se pueden esperar más que desdenes a la Corona, pero Felipe VI, que, según la tradición clásica española, puede ya clasificarse de «buen», con mayúscula, Rey, no debe seguir atado a las conveniencias inconstitucionales del Gobierno.
Sería estupendo que diera un paso en la dirección contraria, entre otras cosas, para acallar para siempre la especie de que la Reina tuvo un papel preponderante en la salida, hace cinco años, de don Juan Carlos. No es adecuado ese rumor. La historia más reciente de España tiene una cuenta pendiente: esta.
Una confesión final: créanme que podría haber sido más explícito.
