The Objective
Opinión

Todo vuelve, hasta las hombreras... Y Karmele Marchante

«Cuando nos deje, la echaremos de menos. Pero ahora que la tenemos, la echamos de más»

Todo vuelve, hasta las hombreras… Y Karmele Marchante

Ilustración de Alejandra Svriz.

«Cuando despertó, Karmele Marchante seguía ahí, en la pantalla del televisor»

Anónimo

Karmele Marchante es un género televisivo en sí misma: más que tener un mundo propio, ella es una galaxia muy, muy lejana en este universo de seres mitológicos nacidos del cruce antinatural de la crónica social y el reality show. Ha sobrevivido a todos, incluso a su némesis, Jesús ¡Que te calles, Karmele! Mariñas, con quien protagonizó momentos estelares en Tómbola. Aquella pareja cómica funcionaba como un tiro, y de ambos —juntos o por separado— contaban suculentas anécdotas los conductores de los coches que la productora ponía a su disposición para el recorrido Madrid-Valencia-Madrid.

¡Ay!, si esos profesionales del volante hablaran en público con el mismo gracejo con el que confesaban sus secretillos en privado —sobre todo los relacionados con los viajes nocturnos una vez exprimidos el prime time y el late night valenciano por el mismo precio—: tendríamos un spin-off del famoso programa estrella de la estrellada Canal 9. Al menos da para un podcast, que uno no es nadie ya en España si no tiene su propio podcast. O, al menos, se va a uno de colaborador. O de invitado. O de becario, pero algo, que los podcasts son el último refugio, la tabla de salvación, el milagro mediático que revive hasta los muertos que la profesión va dejando en la cuneta.

Pero todo vuelve, hasta las hombreras… Y Karmele Marchante.

La nostalgia no solo se recicla, se industrializa. La que atañe a la colaboradora no escapa a esa tendencia, como hemos podido comprobar con un regreso que ha generado ya más contenido que todos los concursantes juntos de la última edición, la breve, de Gran Hermano. Si su ciclo anterior conoció un final explosivo salpicado de exabruptos, acusaciones y descalificaciones que todavía hoy provocan titulares, la nueva etapa ya ha dado momentazos como el no-encontronazo con Mónika, la hija de Maika Vergara.

Karmele es un tsunami. Ya nos lo advirtió ella misma con su canción, un himno vetado por Eurovisión y merecedor de un puesto de honor en la banda sonora de Lo imposible. Por donde pisa no vuelve a crecer la hierba, ahogada en un mar sacudido por el oleaje de sus invectivas. Menuda es ella. Por eso denunció las dinámicas en las que destacaban las «carreras de drogas en baños y camerinos», el consumo de alcohol y las prácticas concertadas por la dirección para «desvirtuar acontecimientos para mayor audiencia», además de «las mentiras no informativas», «el nepotismo» o «las endogamias amorosas para colocar novios y novias» dentro del propio plató y en la producción. Se despachó a gusto.

Pero la cosa daba para más. En varios hilos virales acusó al dueño del cortijo de ser «un enano psicópata» y «un maltratador misógino» al frente de un equipo que «le da al alcohol» o al «polvo». Su lenguaje, tan crudo y directo como siempre. Y el tono, con su habitual superioridad moral. En resumidas cuentas, según ella, querían verla «en una caja de pino». Mal rollito.

En entrevistas y promociones de su libro No me callo, Karmele insistió en su relato (pos)apocalíptico: su experiencia en Sálvame fue «el peor error de su vida», relató que se sintió «vejada, humillada, insultada, maltratada», y describió a los colaboradores como «serpientes y bichas psicópatas». Fueron descalificaciones personales lanzadas en un contexto público y mediático que no podían pasar desapercibidas. Las reacciones no se hicieron esperar: el presentador respondió en su blog que «sus idas de olla son legendarias» (las de Karmele; bueno, las de J.J. tampoco se quedan atrás), calificándola como «la mujer más egoísta que he conocido», subrayando que su percepción de los hechos no coincidía con la de ella. Cuatro ojos, dos versiones: un clásico.

Así, lo que solo era una polémica interna pronto escaló hasta convertirse en un conflicto público permanente, con ecos en distintos portales de salseo nacional. Veremos si corre la sangre con una reacción de Los Kikos, Matamoros y Hernández, que también es posible, porque hay puñales que no se dejan de afilar por si acaso hay alguna emergencia.

Con esa mochila bien cargadita, todo bien macerado en rencor, Karmele ha regresado para insistir en un relato ambientado en la misma cadena de televisión que le ofrece ahora una nueva oportunidad: en su inesperado papel de enterradora oficial del género, la periodista ha repasado la caída en desgracia de un modelo del que todos reniegan con aspavientos. Y no le ofrecen un simple cameo pasajero, no, le han preparado un paseo triunfal para recargar armamento suficiente con el que laminar a sus enemigos en los distintos frentes abiertos —como ella misma los ha dibujado—, que han pasado de ser antiguas rencillas a alimentar narrativas contundentes con las que ella asienta la imagen pública de figura combativa. Por eso ahora se regodea quemando la leña del árbol caído. Porque, más que una superviviente, se percibe como ganadora moral: es el Cid en versión papel couché.

En un mundo audiovisual saturado de corrección, su voz abrasiva, vividísima y sin filtros cumple una función que ningún algoritmo logra igualar. Lo que regresa con Karmele Marchante no es solo experiencia y rebeldía, es un paquete completo de polémica calculada y personalidad desobediente que supura una amargura que no ha cicatrizado con los años. Es un estilo, una filosofía de vida.

Cuando nos deje, la echaremos de menos. Pero ahora que la tenemos, la echamos de más. No, es broma: en realidad a Karmele no la podemos echar; ella se va antes. Ya lo verán.

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