Vox o el Partido Abascalista
«¿Y si al final todos los partidos se parecen demasiado en sus formas, aunque les diferencie el fondo ideológico?»

Javier Ortega Smith y Santiago Abascal.
Vox ha ejecutado un movimiento que no por previsible, deja de ser revelador. La dirección del partido, bajo el mando indiscutible de Santiago Abascal, ha expulsado a Javier Ortega Smith, uno de sus fundadores y hasta hace poco una de las figuras más visibles de la formación. Esta defenestración no es un mero ajuste de cuentas interno. Es el síntoma de una transformación profunda que convierte a Vox en lo que bien podría denominarse el «Partido Abascalista», un ente donde el líder se erige como el sol alrededor del cual orbitan —o caen— los demás astros.
Ortega Smith, con un historial de combatividad que lo hizo indispensable en los principios de Vox, se negó rotundamente a acatar la orden de ceder su puesto como portavoz en el Ayuntamiento de Madrid a Arantxa Cabello, una decisión tomada por el comité ejecutivo nacional. La cúpula interpretó esta insubordinación como un desafío directo a la autoridad central, un acto de «desacato» que violaba las normas internas del partido. Normas, ironía del destino, que el propio Ortega Smith ayudó a redactar en su etapa como secretario general. La respuesta fue fulminante. Suspensión cautelar de militancia y apertura de un expediente disciplinario que culminó en su expulsión definitiva. Fuentes internas señalan que las tensiones venían acumulándose desde diciembre del año pasado, cuando Ortega fue apartado del comité ejecutivo nacional. Antes, había sido cesado de su cargo como vicesecretario en el Congreso y la presidencia de la comisión de Justicia. Sus acusaciones contra la dirección de manipulación, falta de transparencia y de convertir el partido en su modus vivendi como una agencia de colocación clientelar, no hicieron sino acelerar su caída.
Esta purga evoca paralelismos inevitables con Podemos, el retrovisor izquierdo de Vox en el panorama político español. Ambos partidos nacieron en 2014, en el caldo de cultivo de la crisis económica y el descontento social, pero con ideologías antagónicas. En la foto inicial de sus respectivos nacimientos, posaban sus fundadores ilusionados con el proyecto colectivo. En Podemos, junto a Pablo Iglesias, figuraban Íñigo Errejón, Carolina Bescansa y Juan Carlos Monedero, entre otros. Hoy, de esa instantánea fundacional solo queda Iglesias como figura totémica, aunque abandonó la primera línea en 2021 tras su fracaso en las elecciones madrileñas. En Vox, la dinámica es similar. De los fundadores como Alejo Vidal-Quadras, Ortega Lara, Espinosa de los Monteros y el propio Ortega Smith, solo Abascal permanece como líder todopoderoso, inamovible en su pedestal. El resto ha salido de la formación, como también fue el caso de Macarena Olona, o sido expulsado, como ahora Ortega Smith, dejando un partido que orbita en torno a su liderazgo indiscutible.
Estas desafecciones no suelen ser la excepción. Son el corolario de una verdad universal en la política: las discrepancias internas y las peleas intestinas son las más crueles. Cuando el éxito llega a una formación, todos quieren manejarla. El ascenso meteórico de Vox, de la nada en 2014 a tercera fuerza en 2019, atrajo ambiciones voraces. Quien ayer era aliado se convierte en enemigo, sospechoso de codiciar el trozo del pastel que crees que te pertenece. En Podemos, las purgas de Iglesias contra Errejón ilustran lo mismo: el poder corrompe las amistades forjadas en un objetivo tan común como individual. ¿Es esto exclusivo de esos dos partidos? No. En el PP o el PSOE, las guerras internas han sido legendarias. En el PSOE tuvimos a los guerristas contra los felipistas, o ahora a los sanchistas contra Page, Felipe González, Nicolás Redondo Terreros y otros tantos. Y en el PP, por poner uno de los varios ejemplos posibles, estuvo el enfrentamiento entre los seguidores de Casado y los de Ayuso.
¿Y si al final todos los partidos se parecen demasiado en sus formas, aunque les diferencie el fondo ideológico? Vox, con su retórica patriótica, y el PSOE, con su populismo sanchista, comparten una epidermis similar: estructuras jerárquicas donde el líder es el alfa y el omega. Lo mollar, lo ideológico, la pérdida del acomplejamiento por defender los valores más conservadores y patrióticos en Vox, o ejercer el wokismo en esta progresía posmoderna dominante en el PSOE, se diluye en la praxis diaria, convertida en una lucha por cargos y prebendas. ¿Acaso ven al partido como una empresa, una agencia de colocación donde lo importante es medrar, y una vez conseguido, ponerse con esa cosa de la política e intentar gestionar lo público? Ya les dice un servidor que es así, aunque supongo que ustedes también lo sabían.
