Peor, más decisivo, este golpe que el del 81
«Hoy se cumplen nada menos que 45 años de un acontecimiento que sigue sin aclararse del todo»

Pedro Sánchez, presidente del Gobierno. | Europa Press
Al lado del golpe permanente que Sánchez y su ralea de indeseables están sometiendo a España, el del 23 de febrero de 1981 fue una asonada de opereta bufa. Hoy se cumplen nada menos que 45 años de un acontecimiento que sigue sin aclararse del todo. Como en este país los próximos episodios que se desclasifiquen corresponderán a la gobernación de Chindasvinto (563 antes de Cristo) habrá que esperar otros 20 siglos para que los españoles de entonces conozcan la verdad: o sea, que, por ejemplo, los socialistas estaban metidos de hoz y coz en aquel trance por más que ellos mismos —repito, ellos mismos— redujeran su protagonismo en la involución a un par de despistados: Mújica y Caruana. Aquel golpe, que a estas alturas ya parece prehistórico, necesitaría una revelación: la de los secretos oficiales sin desclasificar.
Les contaré uno que no adquirió nunca esta categoría. Un verano me topé en un hotel de Santander con una señora mayor, atractiva a pesar de su edad, que me pidió que la escuchara por un instante. Se presentó: «Soy la viuda del teniente general Miláns del Bosch y quiero decirle solo una cosa: mi marido no se hubiera metido en aquel golpe si muchos políticos no le hubieran empujado a ello». Le pregunté: «¿Quiénes?» y me contestó: «Bastantes, sobre todo de la izquierda». Y concluyó abruptamente: «…y aquí termina la presente historia, sé que usted va a seguir abofeteando a mi marido ya muerto, pero algún día recordará lo que le he dicho».
No hizo falta mucho tiempo. Con Adolfo Suárez, que en aquel tiempo estaba entusiasmado con su partido imposible, el Centro Democrático y Social, coincidí también en Santander —¡qué casualidad!— en una campaña para unas elecciones europeas en las que él llevaba como candidato al revoltoso, perejil de todas las salsas, Eduardo Punset. En un momento de cercanía le transmití la especie que me había revelado la viuda de Miláns. Él me observó, como si fuera un alienígena desorientado, y me dejó pasmado con esta información de primera mano: «El invierno pasado recordé a Felipe González lo que le dije una tarde en el Congreso de los Diputados, un mes antes del golpe de Tejero. Andábamos los dos solos, algo bastante inaudito, y sin cortarme un pelo le pregunté: ‘¿Sabes —como me dicen— que algunos de los tuyos están metidos en varias conspiraciones involucionistas para echarme de La Moncloa?’». Me quedé estupefacto, más aún cuando me añadió que, por toda réplica, Felipe González miró al artesonado del Salón de los Pasos Perdidos y pegó una gran calada a su puro, seguramente regalo de Fidel Castro.
Los socialistas, esa es historia incontrovertible, ya tuvieron 40 años antes del 23 de febrero del 81 alguna que otra afición al golpe de Estado. Por ejemplo, Largo Caballero, un personaje cercano a la criminalidad política, que embaucó a muchos de los suyos (la cosa quedó escrita en el periódico del PSOE, Claridad) en la revolución asturiana y catalana que dio paso a la actuación de Franco. Se han escrito borbotones de aquellos momentos, pero tampoco los archivos del Estado se han abierto de par en par para los historiadores. Los golpes de entonces eran violentos; los de ahora son igualmente de pérfidos, pero más taimados, golpe a golpe diríamos. ¡Fíjense! Esta misma semana las izquierdas van a intentar violentar la Constitución, concretamente su Artículo 43, para definir al aborto como un derecho, un derecho irreversible de la mujer. O sea, la fuerza socialista y comunista del Consejo de Estado, un 60% de sus miembros, va a imponer su criterio sobre la minoritaria, y enviará al Gobierno su informe no preceptivo, pero igual de valioso. Es decir, el Consejo de Estado se rinde ante el Gobierno y este instala en España, sin que la sociedad reaccione, la eliminación física, como derecho, de proyectos de vida humana. Toda una conquista.
Pero la sociedad sigue a lo suyo: cada escándalo le produce aún menos espasmos que el anterior. Vamos a ver si esta semana no nos depara la noticia impresionante del ex DAO González, todo un jefe absoluto de la Policía, esposado y camino de Valdemoro. ¿Le afecta esto a Sánchez, a Marlaska y al Gobierno en general? Nada; no lo duden, la tesis es que «nosotros hemos actuado con contundencia». Y pare usted de hablar. Quizá las próximas citas electorales reflejen la hartura de los españoles ante tanta canallada política. Esta semana empieza la campaña en Castilla y León marcada por las expectativas de Vox que, según algunos profetas del horror, está que se sale y puede incluso disputarle la primogenitura a Mañueco. Abascal pretende trasladar a los gobiernos regionales —y también al nacional llegado el momento— dos de sus decisiones inapelables: primera, depurar «a la cubana» a cualquier disidente que no se avenga a postrarse de hinojos ante el jefe; y segunda, copiar en las propias administraciones públicas el modelo que, al parecer, le está dando resultados en España: no hacer nada, que se desgasten los demás y «nosotros a recoger las uvas de la ira». Como suena.
Y en el otro frente, las izquierdas del país están intentando fotografiar, 90 años después, el modelo del Frente Popular que dio paso a la Guerra Civil. El movimiento está mucho más patrocinado por Sánchez que por el payaso Rufián o por lo poco que queda del Sumar de la depauperada Yolanda Díaz. Todo está diseñado para que Rufián sea abandonado por su partido de origen, Esquerra Republicana, para que, al tiempo, se articule una plataforma que le puede ofrecer a Sánchez los escaños que precisa para eternizarse en el poder. Las cosas están exactamente así. Ha nacido el MSI (Más Madrid-Izquierda Unida-Sumar) a mayor honra y gloria, pese al disimulo, de Sánchez y como remedo de aquel Frente Popular del 34 al que no pudo controlar Manuel Azaña y que el PSOE más radical convirtió en un ejército para la confrontación. En la Moncloa hoy Sánchez no pierde comba a este respecto y llena de lisonjas a los gitanos, 600 años más tarde de su polémica llegada a España. Entonces no eran —escriben los historiadores— pocos más de 400. Ahora no se sabe de dónde Sánchez va a sacar la representación.
Lo cual le trae exactamente por una higa, asentado, como está, en la propaganda permanente edificada sobre los monstruosos impuestos que nos roba. El último descubrimiento de la factoría monclovita ha corrido a cargo de la vicepresidenta Montero, que quiere promocionar una suerte de panoplia de lenguas andaluzas para proponer su exhibición en la próxima campaña de la región. No se puede ser más bodoque; Blas Infante no llegó a tanto. A lo mejor sorprende a todo el personal y este miércoles, en la sesión de control a la que sí parece que va a asistir Sánchez, nos ofrece un adelanto de tan revolucionaria y científica iniciativa. Ya se ve que a los 45 años exactos del golpe de Estado de febrero del 81, la izquierda, que perpetra con ideas divisorias, imbecilidades y otras ridiculeces, la destrucción de la Constitución del 78. La gente —se dice— está harta, lo cual a Sánchez le importa un bledo. Este país, al que han partido en dos mitades irreconciliables entre él mismo y Abascal, se suicida a diario sin ni siquiera dejar escrita una carta que justifique sus razones. «¡Pobre España!», escribiría el republicano don Claudio Sánchez Albornoz.
