The Objective
Hastío y estío

Kevin Spacey, una clase magistral contra la cultura de la cancelación

«¿Queremos una sociedad de veredictos ejercidos por una inquisición escondida en lo digital, o de una justicia real?»

Kevin Spacey, una clase magistral contra la cultura de la cancelación

Kevin Spacey. | Laurent Lairys (Zuma Press)

Ha salido a la luz el discurso que Kevin Spacey dio el pasado 1 de diciembre en Oxford, donde expuso las grietas de una sociedad obsesionada con el linchamiento público. Invitado por la Oxford Union Society, el actor dos veces ganador del Oscar no utilizó el espacio para victimizarse, sino para tejer una narrativa que, con ingenio y profundidad, desmontó la «cultura de la cancelación». Su intervención, ante un auditorio expectante, fue un alegato original y valiente en favor de la justicia verdadera, esa que se basa en hechos y no en rumores amplificados por el eco digital.

Spacey, que ha ganado todos sus juicios tras años de acusaciones de abuso sexual, no se dedicó a repasar su calvario personal. Optó por una estrategia narrativa brillante. Contar una historia que, al principio, parecía ser la suya. «Solía creer que la verdad ganaría», comenzó, con una voz pausada que captó la atención de manera inmediata. Describió cómo, tras ser acusado de abuso sexual, los medios lo pintaron como un monstruo, con testimonios saliendo de la nada que lo tildaban de borracho y sádico. Habló de tres juicios. Los dos primeros fueron nulos, y el tercero tuvo un veredicto unánime de inocencia. Sin embargo, a pesar de la absolución, siguió sin ser llamado por los grandes estudios de Hollywood, ya no por su culpabilidad, sino por ser «inconveniente». «No porque fuera culpable, sino porque la verdad avergüenza a quienes se equivocaron», sentenció.

El público, en ese momento, podía pensar que Spacey estaba relatando su propia odisea: las acusaciones que comenzaron en 2017, los distintos procesos penales y su victoria total en todos los frentes legales. Pero entonces llegó el giro magistral, el «plot twist» que dejó al auditorio boquiabierto: «Esta historia que acabo de compartir con ustedes ocurrió hace más de 100 años». No era su vida, sino la de Roscoe Fatty Arbuckle, la mayor estrella del cine mudo en la década de 1910. Arbuckle, contratado por la Paramount por tres millones de dólares en 1918, el salario más alto de la época, fue acusado falsamente de violación y asesinato en 1921 tras una fiesta en San Francisco. Tres juicios, absolución total y una carta de disculpa del jurado que lo declaraba «totalmente inocente y libre de toda culpa». Sin embargo, los magnates de Hollywood, en un acto de hipocresía para «limpiar» la industria, lo pusieron en su «lista negra» para siempre. Arbuckle murió en la pobreza en 1933, tras una carrera destruida por un escándalo orquestado.

Esta analogía no fue casual. Spacey utilizó la historia de Arbuckle para ilustrar cómo, un siglo después, nada ha cambiado. La presunción de inocencia, pilar del derecho occidental, se evapora cuando el acusado es una figura pública con «poder» derivado de su éxito. «¿Qué hemos aprendido exactamente?», preguntó retóricamente, provocando aplausos. Su defensa fue original porque evitó el victimismo propio. En lugar de eso, universalizó el problema, mostrando que la cancelación no es justicia, sino un mecanismo para canalizar frustraciones colectivas. Atacó con precisión quirúrgica la «necesidad de ajusticiamiento» sobre quienes han triunfado, como si la fama los convirtiera en inmunes y, por ende, en objetivos legítimos. «Querían un villano y él era perfecto para ese papel», dijo, refiriéndose tanto a Arbuckle como implícitamente a sí mismo.

Pero Spacey fue más allá. Denunció cómo la cultura de la cancelación fomenta el hostigamiento público en redes sociales y medios, donde las acusaciones se multiplican sin pruebas, tapando inseguridades internas bajo la fachada de «justicia social». Según él, los acusadores y sus aliados mediáticos se esconden «como ratas» cuando los hechos los desmienten. En su caso, tras ganar todos los juicios, muchos de sus detractores desaparecieron del debate público. Spacey no se presentó como mártir, sino como testigo de un sistema roto que prioriza el espectáculo sobre la verdad. «La verdad no te redime, avergüenza a quienes estaban equivocados, y te entierran de manera más profunda», afirmó, resumiendo la esencia de su mensaje.

Y esto no es ajeno a España. Aquí hemos visto casos paralelos que ilustran la misma hipocresía. Tomemos a Plácido Domingo, el tenor español acusado en 2019 de acoso sexual por varias mujeres. Domingo, una de las figuras más reverenciadas de la ópera mundial, vio cómo sus contratos se cancelaban en Estados Unidos y Europa: la Ópera de Los Ángeles, que él mismo fundó, lo apartó, el Metropolitan de Nueva York dejó de llamarle. No fue condenado en ningún juicio. Sus detractores, que lo lincharon en redes, se diluyeron cuando no hubo pruebas concluyentes. ¿No es esto similar a lo que sufrió Spacey? La presunción de inocencia prevaleció, pero el daño reputacional queda, alimentado por una cultura que prioriza el odio interesado sobre la verdad.

Spacey, con su discurso en Oxford, nos urge a reflexionar: ¿queremos una sociedad de veredictos ejercidos por una inquisición escondida en lo digital y mediático, o de una justicia real? Ha pasado un siglo desde el caso de Arbuckle, pero la lección se sigue aprendiendo y olvidando. Lo que está claro es que como sociedad la seguimos suspendiendo.

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