Pakistán y el monstruo afgano: cuando la creación devora a su creador
Pakistán se enfrenta hoy al fuego de las mismas sombras que antaño alimentó

Un miembro de las fuerzas de seguridad afganas participa en una operación militar contra Pakistán en la provincia de Khost, Afganistán, tras la declaración de guerra entre ambos países. | Yusuf Mangal (Xinhua News)
Puede que el 27 de febrero de 2026 quede marcado en los manuales de historia no como el inicio de un conflicto aislado, sino como la inevitable detonación de una bomba de relojería que llevaba décadas haciendo tictac. Las palabras del ministro de Defensa pakistaní, Khawaja Asif, decretando la «guerra abierta» contra Afganistán —respaldadas por el primer ministro Shehbaz Sharif— y los posteriores bombardeos sobre Kabul, Kandahar y Paktia certifican el fracaso estrepitoso del intervencionismo en Oriente. Hoy, una de las fronteras más volátiles del planeta ha saltado por los aires, arrastrando al abismo a dos naciones unidas por la sangre, pero divididas por la miopía de sus dirigentes y los fantasmas del colonialismo.
Como es costumbre cuando los cazas rompen el espacio aéreo, la verdad es la primera baja. Islamabad alardea de una precisión quirúrgica con nulo coste propio, mientras que los talibanes afganos denuncian masacres civiles y presumen de una contraofensiva de guerrillas letal. Pero más allá de este ruido bélico y las acusaciones cruzadas sobre quién acoge a qué terroristas, esta conflagración es el síntoma de una enfermedad mucho más profunda. Es la materialización del eco sangriento de un imperialismo caduco.
Resulta de una ironía profundamente trágica que Pakistán se enfrente hoy al fuego de las mismas sombras que antaño alimentó. En los años noventa, sus servicios de inteligencia (el ISI) engendraron, financiaron y armaron a los talibanes afganos. Buscaban una simple marioneta, un títere de guerra proxy para asegurarse una profundidad estratégica que mantuviera a su archienemigo histórico, la India, fuera de sus líneas fronterizas. En 2021, Islamabad celebró el regreso de los talibanes al poder como una victoria propia. Sin embargo, en el tablero internacional, los fanatismos rara vez obedecen a quien sujeta la correa.
Al afianzarse en el poder, los talibanes afganos reclamaron su soberanía absoluta, negándose a ser el patio trasero de Pakistán y, lo que es peor para Islamabad, tolerando que los talibanes pakistaníes (el grupo insurgente TTP) utilicen su territorio como santuario para lanzar mortíferos atentados al otro lado de la frontera. La respuesta afgana, acusando a Pakistán de cobijar a la rama regional del Estado Islámico (ISIS-K) para perjudicarles, cae por su propio peso. El ISIS-K es un actor del caos que atenta indiscriminadamente tanto contra el Emirato Islámico de Afganistán como contra el Gobierno de Pakistán. En este lodazal, nadie protege voluntariamente a la serpiente que le muerde los tobillos.
El verdadero origen de este drama histórico se encuentra bajo la tierra que hoy bombardean: la Línea Durand. Resulta siempre indignante comprobar cómo las decisiones de burócratas imperiales del siglo XIX siguen segando vidas en pleno 2026. Cuando Sir Henry Mortimer Durand trazó con tiza aquella frontera en 1893 para separar el Imperio británico del ruso, partió por la mitad a las familias, tribus y culturas pastunes y baluchis. Pakistán defiende hoy esa herencia a muerte, blindándola con fortunas y vallas, porque es la base legal de su existencia desde 1947. Afganistán, con toda la razón, jamás ha reconocido una cicatriz trazada en un despacho a miles de kilómetros. Ignorar la realidad étnica para crear zonas de amortiguamiento no resuelve los problemas, simplemente los congela hasta la siguiente explosión.
Aun así, pecaríamos de ingenuos si no viéramos el oscuro cinismo que esconde la declaración de guerra de Islamabad. Esta escalada le viene como anillo al dedo a su cúpula militar. En un país asfixiado por la ruina económica y fracturado socialmente, donde el líder opositor Imran Khan languidece en prisión con el apoyo masivo del pueblo, el Ejército necesitaba un salvavidas. Tras la 27.ª Enmienda de finales de 2025, el jefe militar Asim Munir, atrincherado en un autoritarismo feroz, ha recurrido al truco más viejo del manual del dictador: inventar una amenaza existencial. Exigir que la nación cierre filas contra el enemigo afgano es la cortina de humo perfecta para silenciar la disidencia interna y distraer a una población que no puede pagar la luz.
Mientras el fuego cae, las potencias globales asisten al espectáculo moviendo sus propias fichas. La India sonríe desde Kabul, tejiendo alianzas para concretar la pesadilla pakistaní del cerco total. Estados Unidos, bajo la administración Trump, aplaude el castigo aéreo de Pakistán con la esperanza mercenaria de recuperar la base de Bagram y vigilar a China. Y en la otra trinchera, Pekín, Moscú y Teherán observan aterrados cómo la inestabilidad amenaza sus inversiones e invita a nuevas olas de yihadismo y millones de desplazados a sus puertas.
