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El Rey y el menda

«Si quieren saber por qué la Monarquía, imaginen a Pedro Sánchez de jefe del Estado con el patrocinio de Sabiniano»

El Rey y el menda

Juan Carlos I, rey emérito.

Es conveniente preguntarse cuál es la razón de que un joven republicano, como era un servidor en los albores de la monarquía constitucional que tiene España desde aquel 6 de diciembre de 1978 en el que el pueblo español aprobó la Constitución por abrumadora mayoría en referéndum, acabara convertido en un apacible partidario de la monarquía constitucional como forma de Estado.

Haré una confesión: fue por razones prácticas. Alguna vez he contado el chiste de Woody Allen al final de Annie Hall como argumento en favor de la Corona. Decía el protagonista de la película, Alvy Singer, que su hermano estaba hecho un therian de acuerdo con la moda que haría furor en España casi medio siglo después: «Se cree que es una gallina». El médico, que no debía ser de izquierdas ni español, preguntaba: «¿Y por qué no lo encierra?», a lo que replicaba el personaje de Woody Allen: «Lo haría, pero es que necesito los huevos». A mí con las monarquías me pasa lo mismo que a Alvy Singer con las relaciones entre las personas: me parecen irracionales, disparatadas, absurdas, pero las seguimos manteniendo porque la mayor parte de nosotros necesitamos los huevos.

Algunos lo fuimos comprendiendo poco a poco, a medida que el Rey se desprendía de los poderes que le había legado el dictador para encarnar una monarquía parlamentaria como la que define la Constitución en su primer artículo. 16 días antes de la aprobación de la misma, en su primer viaje a México, los Reyes de España mantuvieron un encuentro con Dolores Rivas Cherif, la viuda del último presidente de la República Española, Manuel Azaña Díaz, en un encuentro no solo cordial, sino emocionado. Seis días después, los Reyes visitaron Argentina, que vivía entonces bajo la cruel dictadura militar que encabezaba Jorge Rafael Videla. La prensa española puso el grito en el cielo por lo que en estos tiempos se llamaría «blanquear la dictadura». No hubo tal. Ante el presidente de la Junta Militar en la cena de bienvenida que les ofreció, Juan Carlos I dijo cosas tan inequívocas como esta: «Estamos convencidos de que el orden político y la paz social no pueden tener otros fundamentos que la dignidad de la persona, los derechos inviolables que le son inherentes y el respeto por la ley». La declaración diplomática que clausuró el viaje decía: «La protección y el efectivo respeto de los derechos humanos constituyen una responsabilidad principal de todos los gobiernos que se han adherido a la declaración universal de 1948». Una semana después, la Constitución española que el Rey había defendido avant la lettre en Buenos Aires era aprobada por los españoles. La prensa española había criticado el viaje, sí, como los partidos de izquierda, pero hay que recordar que estos eran los mismos que dos años antes habían reclamado la abstención ante la Ley para la Reforma Política, aquella filigrana que había impulsado el Rey, había definido Fernández Miranda y había materializado Adolfo Suárez. Toda junta, la izquierda no alcanzó la abstención técnica que tuvieron cualquiera de las elecciones generales que vinieron después, cuando nadie la pedía.

Luego está lo del 23-F y antes y después la etapa más larga en libertades que ha conocido la historia de España. Por eso no estuvo fino el jefe de la oposición al pedir la vuelta del Rey emérito a España, no por la intención, sino por el argumento: «La desclasificación de los documentos del 23-F debe reconciliar a los españoles con quien paró el golpe de Estado». Es verdad que el Gobierno no acertó y que, si tenía la intención de usar el comodín de implicar al Rey en el golpe, le salió «el tiro por la cuneta», como dijo en ocasión histórica Manuel Chaves a Teófila Martínez.

El golpe de Estado nada tiene que ver con la expatriación del emérito y, después de esta, la regularización de su situación con Hacienda en dos pagos entre finales de 2020 y principio de 2021. Parece que los problemas se plantean a partir de su hipotética vuelta a España. La Casa Real quiere que Juan Carlos fije su residencia fiscal en España, como cualquier español. ¿Cualquiera? No, una norma de carácter tan razonable afecta al padre del Rey, pero no al hermano del presidente del Gobierno. Otra cuestión es el deseo del Rey Emérito de instalarse en la Zarzuela, cosa que tampoco parece factible. A ver si se cree que es David Sánchez Pérez-Castejón, que estuvo viviendo en la Moncloa varios meses mientras simulaba vivir en Portugal para no pagar impuestos y tenía la autocaravana aparcada en el complejo dos años y la seguridad del complejo se la arrancaba cada cierto tiempo por el aquel de la batería.

En fin, Juan Carlos I tuvo un mal final de reinado, pero los españoles le debemos mucho más, infinitamente más que al músico de las chirimoyas, y su hijo, el Rey, está obligado a deshacer este enredo para que su padre pueda vivir en España los últimos años de su vida. Si esto no sucede, va a arrastrar una carga en adelante.

Si quieren saber por qué la Monarquía, imaginen a Pedro Sánchez de jefe del Estado con el patrocinio de Sabiniano. O a su hermano David, que tiene más licencia para no pagar impuestos y para residir en un lugar reservado para los presidentes del Gobierno.

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