Toda la verdad sobre el regreso del Rey a España
«El Rey exiliado y abandonado no desea llegar a Madrid en calidad de residente permanente»

Juan Carlos I.
Y sintéticamente, toda la verdad no es más que esta: el Rey no quiere vivir de forma permanente en España; su hijo, tampoco le quiere en la Zarzuela; y Sánchez, curiosamente, coincide con los dos: le da igual que vuelva, pero le niega vivir en una residencia del Patrimonio Nacional, en su casa de toda la vida. Es más: don Juan Carlos no quiere otra residencia que no sea esta. Felipe VI, mal aconsejado en la ocasión, ha puesto a su padre un reparo artificial: que si regresa al país, declare su fiscalidad en el mismo, para lo cual, según la ley y los expertos que la interpretan, tendría que permanecer aquí no menos de 183 días; o sea, si al final se decide a fijar su domicilio en Madrid, habría que subirse al primer avión y trasladarse con toda urgencia ya a la capital de España, algo que, visto lo que está sucediendo en Oriente, sería bastante aconsejable.
Por tanto, y en opinión de estos mismos técnicos, el obstáculo de la fiscalidad no es más que una argucia para impedir (o tratar de hacerlo, mejor) que el gran artífice de la Transición abandone Abu Dabi, plaza peligrosa ahora, con rumbo a España, de cuyo Estado fue jefe durante más de 40 años. Cuando se marchó la propaganda oficial orquestada desde Moncloa y mucho menos desde Zarzuela, insistió de modo abrumador en un punto: don Juan Carlos se fue porque quiso. Era una media verdad y, en el caso del Gobierno de Sánchez, una auténtica falsedad. El Rey actual no movió un dedo para que se quedara, sobre todo porque la Casa de Jaime Alfonsín, que la regía entonces, ya presionaba para que la solución fuera esa: el exilio, llámese como se llame la situación en que el Rey (vuelvo a repetir que lo de «emérito» es una solemne gilipollez, léase la RAE) ha vivido durante ya más de un quinquenio. Carmen Calvo, vicepresidenta a la sazón de Sánchez, llevó a la Zarzuela la decisión terminante de su jefe: que se marche cuanto antes…
Y desde esta realidad han construido ambas, las dos Casas, una afirmación que se ha manejado con asiduidad: don Juan Carlos no ha hecho en todo este tiempo movimiento alguno para ganarse un cambio de opinión de sus dos interlocutores; al revés, ambos han manifestado, por ejemplo, que las amistades que le rodean en Abu Dabi no son las más adecuadas para el Rey de España, y han venido citando precisamente a este respecto al conocido traficante de armas Abderramán El Assir. Curiosamente, este personaje, siempre tan atento a su anonimato, ha salido estos días como el intermediario, el tipo en todo caso, que ha negociado la publicación de las memorias del Rey escritas por Laurence, hija de Regis Debray, el forjador de guerrilleros comunistas en Iberoamérica. En contadas, pero significativas ocasiones, el propio Felipe VI ha hecho saber directamente a su padre su disgusto por «esta inconveniente amistad». Literalmente.
El Rey exiliado y abandonado no desea llegar a Madrid en calidad de residente permanente. No se trata de evadir cualquier presión fiscal a la que se le quiera someter, sino que no le parece adecuado —lo cual es una realidad— habitar en una casa particular o, peor aún, en un establecimiento hostelero. Muchos son los ofrecimientos recibidos por el monarca, pero ninguno ha sido mínimamente considerado. La Zarzuela suele responder a todas estas consideraciones con un tajante: «don Juan Carlos está fuera de la realidad», una contestación similar —parece— a la que ha utilizado para hacer saber que su llegada debe correr paralela a sus deberes fiscales. Así, como si fuera un funcionario de Hacienda, de los más ásperos y huraños que existen en esa deplorable Administración que se dirige a un pobre contribuyente para meterle mano en la cartera.
Ahora mismo, cuando las relaciones entre Zarzuela y Moncloa pasan, con total certeza, por su peor momento, no parece demasiado hábil plantear una revisión del acuerdo de exilio suscrito hace cinco años. En los últimos meses, y a raíz de los rumores sobre un falso agravamiento patológico del Rey, sí es cierto que se ha llegado a un acuerdo para organizar una de dos: o el traslado del enfermo real en caso de que su situación empeore, o el trasiego, desde Abu Dabi hasta la capital de España, en el caso de que el Rey demócrata haya fallecido. Ya hay acuerdo sobre este delicado asunto hasta el punto de que sus términos han sido aceptados incluso por el mismo protagonista. En todo caso, es falso de toda falsedad que exista en este instante preocupación excesiva por la salud del monarca; tiene una falta de movilidad evidente, pero sus constantes biológicas se encuentran dentro de la normalidad de un hombre que ha cumplido los 88 años. Un visitante médico que estuvo con él en el pasado mes de febrero puede asentar la veracidad de este aserto.
Por lo demás, sorprende la pertinaz negativa del Gobierno del comunista Sánchez y de la Casa a que el Rey vuelva a alojarse en su residencia del Palacio de la Zarzuela si pretende —que no lo pretende, lo repito, al menos de forma permanente— quedarse en el país en el que tan bien reinó durante 40 años. Y sorprende por este dato: el día que se muera don Juan Carlos, ya tiene acomodo funerario. Será, desde luego, en la Basílica de El Escorial, pero no en el lugar donde están sepultados sus antecesores más inmediatos; allí no hay sitio, por tanto, se ha buscado consensuadamente un espacio para, si llega el momento, enterrar a Su Majestad Don Juan Carlos I. Será, desde luego, en la misma Basílica, pero el lugar escogido es este: debajo del altar de la Cripta. Allí se hallaron durante bastante tiempo los féretros de los reyes Carlos I de España y Felipe II.
No se entiende para nada que el Gobierno niegue a nuestro Rey un edificio del Patrimonio para pasar los últimos años de su vida y, sin embargo, acepte llevarlo finalmente hasta el sitio indicado. Con un problema añadido: que este acomodo necesita ser objeto de una sustancial obra de mantenimiento, una obra que no se realiza porque el Patrimonio Nacional, que depende de los Presupuestos Generales, no tiene dinero para realizar el remodelaje. O sea, Sepulcro sí, Casa no. Las cosas de este Gobierno rabiosamente republicano, paralelas a las de un Rey actual que no desea ofrecerle a Sánchez la menor oportunidad para cumplir con su objetivo: el destronamiento de la Corona y la institución de una III República con un Frente Popular al estilo del régimen de Putin o al criminal de Ortega en Nicaragua. O al homicida de Jamenei. Todo un ejemplo.
