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Opinión

Los datos históricos de la Iglesia Católica, el «chiringuito» del que habla Silvia Abril

«Quizás el cristianismo sigue conmoviendo porque su núcleo no es un programa político ni una consigna cultural»

Los datos históricos de la Iglesia Católica, el «chiringuito» del que habla Silvia Abril

La actriz Silvia Abril en la gala de los Goya. | David Zorrakino (EP)

La Gala de los Goya es una fuente inconmensurable de eslóganes que siempre van en la misma dirección o, como diría «la gente del cine», están en el «lado correcto de la historia». Ignoro si todos los que el pasado sábado llevaban la chapa de Gaza lo hicieron porque han meditado larga y profundamente su postura sobre dicha situación o porque tienen miedo de las cancelaciones, las mismas que, por cierto, sufrió —o dice haber sufrido— Susan Sarandon en su país tras pronunciarse totalmente en contra de Israel. Ambas censuras son intrínsecamente nefastas y condenables y no tienen cabida en una sociedad democrática y actual.

Que los actores españoles suban al escenario y cada año elijan todos a una un eslogan que funcione y que suele estar definido por lo que dice la izquierda ya no sorprende a nadie. Pero este año quizás las declaraciones que más polémica han generado han sido las de Silvia Abril en la alfombra roja y, refiriéndose a la película ganadora de la noche, Los domingos, que va de la vocación de una chica que quiere convertirse en monja de clausura: «Me da pena que los jóvenes necesiten creer en algo y se agarren a la fe cristiana». Por si fuera poco, terminó diciendo que eso ni siquiera era místico —Santa Teresa de Ávila debió de dar un respingo mano a mano con San Juan de la Cruz al escucharla— y que «menudo chiringuito tenía montado la Iglesia».

Los datos del «chiringuito»

Pues veamos en cifras cómo es ese chiringuito, según la actriz cuyo mejor show es imitar a una niña en clave grosera y sexualizada para arrancar una carcajada fácil. Una gran obra de arte comparable a la fachada de la catedral de Burgos, por ejemplo. Puro arte.

No vamos a entrar en disquisiciones teológicas, que cada uno tiene sus creencias. Vamos con hechos probados desde la vida pública de Jesús y hasta hoy en día, en qué ha consistido y consiste ese «chiringuito».

La fe y la razón

Si algo ha caracterizado a la Iglesia durante dos mil años es que se ha tomado en serio la razón. No ha sido una secta antiintelectual escondida en una cueva. Ha sido, nos guste o no, la gran matriz del pensamiento occidental durante siglos, nuestras raíces como europeos, le guste a la señora Abril o no. San Agustín de Hipona no es una estampita piadosa; es uno de los arquitectos de la filosofía europea. Santo Tomás de Aquino no es un cura simpático medieval; es el hombre que logra una síntesis monumental entre la razón aristotélica y la fe cristiana, sentando las bases de un método de pensamiento riguroso que estructura objeciones, responde argumentos y busca coherencia. De ahí nace la escolástica, que no es un insulto, sino el antecedente directo del hábito universitario moderno: tesis, antítesis, debate, síntesis. No me imagino un debate consistente mano a mano entre estos santos y Silvia Abril, francamente.

Las universidades europeas

Las primeras universidades europeas —Bolonia, París, Oxford— nacen en ese contexto eclesial. El método de discutir con argumentos y no con consignas no surge de un plató ni de una gala, sino de siglos de reflexión. Y de ese mismo humus brota la idea de ley natural, de dignidad humana intrínseca, de límites al poder político. La Escuela de Salamanca reflexiona sobre el trato a los pueblos indígenas, sobre la justicia en la guerra y sobre derechos antes de que existiera la retórica moderna de los derechos humanos. Jesús fue el primero en hablar de pobres, de descastados, de compasión hacia prostitutas, de igualdad radical entre hombres y mujeres. Y de perdón y amor al enemigo. Revolucionaria ideología que jamás ha sido igualada.

El arte cristiano

Y luego está el arte. La historia del arte europeo es incomprensible sin el cristianismo. El románico y el gótico son teología hecha piedra. Catedrales como Burgos, Chartres o Notre Dame se levantaron con siglos de trabajo, técnica, cálculo y una idea radical: que la belleza puede elevar al hombre. Nada es arbitrario: la proporción, el orden, la luz, la verticalidad. ¿Han entrado alguna vez en la catedral de Palma? Yo no sé cómo será entrar en el cielo, pero debe de parecerse mucho a ese estallido de luz que penetra por el gran rosetón del siglo XIV. Aquellos hombres no tenían redes sociales, pero sí una idea clara de trascendencia. Si un hombre del XXI es capaz de conmoverse ante esa belleza, es fácil imaginar que uno del XVI lo haría todavía más, habida cuenta de que entonces todo el mundo creía firmemente en la idea de Dios.

El Renacimiento tampoco se entiende sin el mecenazgo eclesial. La Capilla Sixtina no la encargó un comité de activistas culturales con chapa de Gaza. Miguel Ángel pintó un relato bíblico que sigue dejando sin aliento a creyentes y no creyentes. Música sacra, polifonía, Bach, Haendel, Mozart. Incluso el agnóstico más convencido se emociona ante un réquiem. ¿Quién puede quedarse impasible cuando entra en la plaza de San Pedro y contempla esa maravilla arquitectónica? No se trata de fe, sino de sensibilidad estética, de amor por la belleza. Lo mismo que puede pasar cuando uno entra en la pirámide de Keops y observa algo que ha trascendido a los siglos… y no es cristiano.

En educación, el modelo universitario europeo nace ahí. En ciencia, la caricatura del oscurantismo tampoco resiste análisis: Mendel era monje; Lemaître, sacerdote. Max Planck sostuvo que no existe oposición real entre ciencia y religión; Francis Collins ha explicado que buscar la verdad en ambos ámbitos no es contradictorio; John Polkinghorne defendía que ambas persiguen la verdad desde perspectivas distintas. Einstein dijo que cuanto más estudiaba la ciencia, más seguro estaba de la existencia de Dios. Einstein debatiendo con Silvia Abril, ¿lo imaginan?

La caridad, la ayuda a los más necesitados

Y luego está la caridad. La primera red hospitalaria organizada en Europa fue eclesial. Durante siglos se atendió a pobres y enfermos cuando nadie más lo hacía. Hoy Cáritas está presente en más de 160 países. Ese es el «chiringuito». Y si hablamos de caridad en términos reales, la Iglesia católica sigue siendo una de las principales fuerzas humanitarias del planeta. Según las estadísticas oficiales, gestiona más de 102.000 centros de caridad y asistencia sanitaria en todo el mundo, entre hospitales, dispensarios, casas para enfermos crónicos, centros de rehabilitación y servicios sociales variados. En concreto, incluye miles de hospitales y centros de salud, decenas de miles de centros educativos donde estudian millones de alumnos, residencias para ancianos o personas con discapacidad, guarderías y programas de apoyo familiar distribuidos en casi todos los países del mundo.

En el ámbito humanitario, organizaciones como Caritas Internationalis, con más de 160 agencias en más de 200 países, y Catholic Relief Services (CRS), presente en más de 110 países y que atendió a casi 130 millones de personas en 2020, funcionan como redes globales de ayuda, desde emergencias hasta desarrollo sostenible.

Además, en muchas regiones del mundo, la Iglesia sigue siendo el principal proveedor no estatal de servicios de salud y educación: en países de África, Asia o América Latina, sus hospitales y clínicas atienden a poblaciones vulnerables que, de lo contrario, quedarían sin acceso básico a medicina. En salud, algunas estimaciones históricas sitúan a la Iglesia como responsable de hasta el 25 % de todas las instalaciones sanitarias privadas del mundo, especialmente en tratamientos de enfermedades como el VIH/sida y el cuidado de niños, ancianos o enfermos crónicos. Es decir, la labor social y asistencial de la Iglesia no es un dato testimonial ni circunscrito a un país: es una infraestructura global que hoy sigue atendiendo a millones de personas vulnerables en múltiples frentes —salud, educación, pobreza, desastres, exclusión social—, y que convive con todas las formas de caridad secular sin eliminar ni anular a ninguna. ¿Silvia Abril o la Academia del Cine hacen algo similar o solo se limitan a decir qué problemas hay que defender en el mundo y cuáles no?

Cruzadas, Inquisición y pederastia, las bestias de la Iglesia católica

Ahora bien, alguien recordará las Cruzadas. Conviene contextualizar: entre los siglos XI y XIII, Europa llevaba siglos viendo avanzar al islam por el Mediterráneo y la península ibérica. Las Cruzadas no fueron un capricho místico, sino conflictos geopolíticos en una Edad Media convulsa donde religión y poder eran inseparables. Hubo violencia, como en toda guerra medieval. Pero reducirlas a fanatismo unilateral es historia de sobremesa.

También se mencionará la Inquisición; pues vamos con datos: la española, fundada en 1478, procesó en torno a 150.000 personas en más de tres siglos. La mayoría de historiadores actuales sitúan las ejecuciones entre 3.000 y 5.000, muchas de ellas concentradas en sus primeras décadas, y no pocas «quemas» fueron en efigie, es decir, simbólicas. Son cifras duras, sí, pero muy alejadas de los más de 30.000 que durante años se repitieron sin matiz. A modo comparativo: durante la Revolución Francesa, en apenas una década, se guillotinaron oficialmente entre 15.000 y 17.000 personas, con miles más asesinadas sin juicio. Luis XVI, María Antonieta, Danton, Robespierre, Lavoisier. Las matanzas de septiembre dejaron más de mil muertos. En la guerra de la Vendée murieron decenas de miles de civiles. Y si ampliamos el foco al siglo XX, distintos estudios cifran en torno a 100 millones las víctimas de regímenes comunistas. La violencia no ha sido patrimonio exclusivo de la Iglesia, sino del ser humano.

Y, por supuesto, está la pederastia, uno de los mayores escándalos contemporáneos. Delitos gravísimos, traiciones morales, silencios cómplices que merecen condena sin paliativos. Pero también aquí conviene no confundir institución con delito individual ni ignorar que los abusos a menores atraviesan todas las estructuras sociales, públicas y privadas. La diferencia es que en la Iglesia el golpe es doble: jurídico y moral.

Que algo lleve dos mil años vivo y siga emocionando a millones de personas en todos los continentes no debería provocar pena, sino, como mínimo, curiosidad intelectual. No existen civilizaciones que no se hayan acercado a una creencia. El ser humano, desde siempre, ha buscado trascendencia. Silvia Abril, también, aunque solo sea para llegar quizás a la conclusión de que es atea, que lo desconozco.

Quizás el cristianismo sigue conmoviendo porque su núcleo no es un programa político ni una consigna cultural. Es un mensaje radicalmente incómodo y profundamente atractivo: amor al enemigo, dignidad del débil, esperanza incluso en el sufrimiento, posibilidad de empezar de nuevo, perdón, amor infinito. Ninguna ideología ha conseguido ofrecer eso sin convertirse en aparato de poder.

A mí no me da pena que un joven se acerque a algo así buscando sentido. Me daría más pena que creyera que la única trascendencia posible es la de una gala anual con consignas previsibles y aplausos automáticos. Porque cuando se apagan los focos y el ruido para, la pregunta vuelve, inevitable y humana: ¿para qué vivo? ¿Qué pasará cuando me muera? Y, ahí, curiosamente, el «chiringuito» lleva dos mil años respondiendo y no precisamente «la gente del cine español», ni mucho menos Silvia Abril.

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