The Objective
Crónicas del caos

Rota y Morón, más grave aún que la retirada de Irak

«De nuevo estamos anclados en la España dormida, aislada, acojonada, atribulada, pasmada, somnolienta, sin pulso»

Rota y Morón, más grave aún que la retirada de Irak

Un avión estadounidense despega desde la base de Rota.

Tomemos nota de la historia. A lo mejor —seguro— él no lo sabe porque es un analfabeto deteriorado, pero la decadencia española, de la que nos costó salir más de setenta años, comenzó con la pérdida de nuestras colonias: Cuba, Filipinas… y, sobre todo, con el enfrentamiento contra una potencia claramente emergente a la sazón: Estados Unidos. Es verdad, porque históricamente lo es, que los yanquis de entonces, sostenidos por una prensa amarilla sin escrúpulos (o sea, la TVE de ahora, más menos que más), se inventaron todo un asalto con minas a su buque insignia de entonces, el Maine, para justificar la destrucción de los restos —mal entrenados y con mínima moral— de nuestros ejércitos.

Estados Unidos ganó y sometió a los españoles a una feroz humillación en la Conferencia de Paz de París, donde nos robaron, en opinión de Silvela: «Hasta los calzoncillos que nos habían bordado nuestras mujeres». En este punto, allí, comenzó un aislamiento internacional que solo se enmendó en puridad con la visita del presidente Dwight D. Eisenhower, apodado Ike, a España en diciembre de 1959. A partir de entonces, se presentó a España en los organismos internacionales como un miembro sospechoso de dictadura, pero miembro al fin, y los americanos se convirtieron en nuestros aliados, con bases, queso, armas, leche en polvo y una cierta consideración interesada. Con esa consideración ha acabado Pedro Sánchez.

Hace falta que haya sisado el poder este psicópata asténico —el Sánchez más estúpido— para meterle el dedo en el ojo a Estados Unidos a cuenta de su intervención en Irán, la destrucción de unos ayatolás a los que o les matabas o te mataban. Nos hemos quedado huérfanos del apoyo norteamericano y ya se nos está advirtiendo en Washington que lo vamos a pagar caro, muy caro, y no solo con aranceles a gogó. En Washington lo tienen muy claro: un aliado no se comporta así. Lo avisan incluso los medios tibiamente parduzcos del momento, que se han sumado al alboroto anti-Spain. Otros, al revés, corean borreguilmente la frase («Sánchez va en la dirección correcta») de la tontaina de Susan Sarandon que, según parece, cree que aún se está defendiendo de la caza de brujas del senador Joseph Raymond McCarthy.

Aquel talibán puede catalogarse como una versión retrospectiva del Quico Méndez Monasterio, el negro del fanático Ariza. Ambos, los dos, son los auténticos prebostes de esta Vox montaraz que nos quiere conducir, con dinero sonante, a la versión b de la Hungría de Viktor Orbán, un tipo malencarado que, si lo encuentras en la calle, mejor que te cambies de acera.

Pero lo dicho; nuestros socios —mejor dicho, los socios de Sánchez— son Putin, el coreano de apellido insoportable, Irán, Turquía y qué sé yo de otros elementos canallas. Lo mejor de cada casa. Sánchez, porque se cree el Cid Campeador del XXI, ha decidido desafiar al hasta ahora amigo americano y no solo con la retórica púber de un gauchista del 68, sino con obras provocadoras: «No a la guerra». Los expertos aseguran que la postura española —la prohibición a Estados Unidos de utilizar las bases de Rota y Morón— es mucho más grave que aquella retirada de Irak que ordenó Zapatero.

España le ha creado a EEUU un problema operativo en plena campaña de acoso a Irán y eso no se olvida. El tipo se acoge a un documento que en 1988 firmaron Reagan y Felipe González, ambos encantados de haberse conocido, y que admite que, para la utilización y el uso de las bases de operación conjunta, se necesita el acuerdo de España. Por cierto, las bases las pagaron los yanquis. El pacto funcionó como es debido en la primera y segunda guerras del Golfo. En la primera, Felipe González tuvo claro que el malo en aquel conflicto era Irak, no Kuwait, y en la segunda Aznar se alió con Bush Jr. en la seguridad de que era lo que procedía para la tranquilidad de nuestro país. Ahora Sánchez, por mero oportunismo personal, resucita el «No a la guerra». Un desvergonzado.

Este presidente despreciable que todavía ocupa la Moncloa le ha sisado la pancarta a los manifestantes de aquel último tiempo y, entonando de forma errada no sé qué artículos del derecho internacional, se ha dolido con la ejecución de uno de los personajes más asesinos de los siglos XX y XXI, el ayatolá Alí Jamenei, homicida de niños, ancianos, mujeres y homosexuales; su verdadera especialidad era ahorcar maricones colgados de una grúa. Los españoles asistimos perplejos a este espectáculo con una mezcla de desaliento y resignación porque ya no pintamos nada en este régimen que camina decidido hacia el totalitarismo estalinista. Y porque estamos clonificando a aquellos nacionales del 98 a los que destrozó Manuel Azaña con un dictamen sarcástico: «¿Qué le vamos a hacer?», dijo. «Los españoles no somos de raza aria y encima aquí ni siquiera llueve». Hoy, como es constancia, hubiera modificado de plano los dos argumentos.

Esta es la «España sin pulso» (perdón por tanta cita) que dejó Silvela, y que además se siente indefensa ante una propaganda oficial que, al hilo de la condena a Trump, se sitúa en el camino más erróneo de la Historia. Sánchez, desaprensivo como es, apela al derecho internacional para aborrecer las actuaciones bélicas de EEUU, pero ha estado callado todos estos siete años de su gobernación ante los cientos de miles de iraníes que ha asesinado el malvado Jamenei, y más recientemente ante los 50.000 que ha matado en las calles de Teherán por constituirse simplemente en opositores al criminal de los ayatolás. Ni una palabra de Sánchez en todo este tiempo hemos podido escuchar. Nada digamos ya de su canciller, el mínimo Albares, que cada vez que se hace cargo del guion que ordena su jefe se trompica porque, aparte de sectario furioso, es un infortunado balbuceante.

Hemos inaugurado por ellos un nuevo 98, y lo peor es que ahora mismo no contamos ni con Ganivet y toda la generación de artistas y escritores que conmovieron con sus obras las entrañas del país. Esta España nuestra es un páramo donde predomina la estulticia predicadora de Yolanda Díaz, el silencio culpable de Margarita Robles («¿qué haces, Margarita, tú ahí?»), la siniestra caradura de Bolaños o la agrafía feroz de Óscar López, cuya suficiencia es homologable a la de la marmota.

Pero, en fin, por más que denunciemos lo dicho, la realidad es esta: de nuevo estamos anclados en la España dormida, aislada, acojonada, atribulada, pasmada, somnolienta, sin pulso, que ha construido el «patricida» Sánchez. Como dice el agreste Francisco López, alias Patxi: «¿Para qué queremos más?». ¿Más? Sánchez lo ha hecho: ha destrozado el prestigio internacional de España a cambio —cree— de los votos más activos de la izquierda. Eso es lo que a él le importa. Nada más.

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