The Objective
Obituario

Raúl del Pozo, el deslumbrante reportero audaz

«No le apetecía hablar bien del personal, pero cuando lo hacía, procuraba que nunca tuviera que arrepentirse de ello»

Raúl del Pozo, el deslumbrante reportero audaz

Raúl del Pozo. | TO

Así se llamaba él, reportero; no le importaba que este sustantivo estuviera situado en lo más bajo de la jerarquía periodística. Se hinchó Raúl a escribir libros, todos redactados con una literatura tan fina, sobresaliente como provocativa. Fíjense, si no, en algunos títulos: Noche de tahúres, El último pistolero o La diosa del pubis azul. Era conquense y ejercía de forma que llegó al Madrid «sombrío» que definía Borges como un tipo arriesgado, rural de origen, dispuesto a comerse todas las calles de la capital, sobre todo a la puesta del sol, porque Raúl del Pozo era un noctívago impenitente. Sus mejores historias vienen de la madrugada, cuando solo sobreviven los que tienen algo que decir. Por ejemplo él, que había tomado la chatarra del autobús provinciano abandonando su primer periódico, El Diario de Cuenca, para aterrizar en Pueblo.

Se trataba de un tabloide sindical dirigido por Emilio Romero, un iconoclasta al borde del fascismo que, sin embargo, gozaba con sus dos vicios de cabecera: las coristas, fueran bailarinas o no, y los alevines de periodistas a los que Romero olía como un lebrel. En tiempos de la estúpida censura del franquismo se educaron en Pueblo casi decenas de reporteros sublimes, desde Raúl a José María García. Él siempre estaba al cabo de la noticia porque ésta le embriagaba más que el whisky. Era un momento, la predemocracia, en el que, además, muchos periodistas tomaban partido. Raúl del Pozo también; se hizo comunista —él nació muy abajo— y terminó como redactor jefe de Mundo Obrero, la publicación del PCE. Y todo eso lo simultaneó con famosos escarceos con la nobleza, preferentemente la femenina. Una figura, Raúl.

Nunca, en todo caso, abandonó el periodismo independiente. Se rozaba —¿quién no entonces?— con los mandos en plaza, coqueteaba y jugaba con ellos, pero no se dejaba embaucar, sobre todo porque decía: «Los periodistas se embrutecen con el poder». Él se limitaba a jugar al golf con los más importantes del gremio, Aznar entre ellos. Ambos se trataban de usted porque Raúl era un fanático de este pronombre de cortesía. Acumuló todos los premios posibles: el ‘Pedro Rodríguez’, el ‘Francisco Cerecedo’, el ‘Cavia’ y muchos más. Y, cuando «me deja en paz la columna», confesaba, «me pongo a incordiar con mis libros», algunos de ellos ciertamente intensos de guion y argumento, lo cual era perfectamente compatible con su persona, a la que consideraba, como a los españoles en general, «solemnes aficionados al tenebrismo».

Pero, sobre todo, Raúl era en sus columnas un irónico candescente, de los que queman. No le apetecía hablar bien del personal, pero cuando lo hacía, procuraba que nunca tuviera que arrepentirse de ello. Como tantos especímenes de su época, transitó por ella, en este tramo postrero, con gran amargura: «¿Porque a quién le gusta lo que estamos viendo?» Para no enfadarse demasiado se ocupaba de «las cosas consuetudinarias que acontecen en la rúa», que dejó dicho Antonio Machado. Le hacía una pedorreta a la política y a los políticos en concreto y a veces se sorprendía a sí mismo convertido en todo un cronista, en color, de la vida social. Le importaba más el devenir de la Filomena que los avatares de Zapatero, al que, como a Rubalcaba —tan llorado ahora—, tenía por un «inconsistente».

En el Congreso coincidimos «a go gó»; allí se enamoró de Adolfo Suárez cuando era únicamente un outsider, sin derecho a Moncloa. Sus crónicas del ambiente parlamentario tenían el buen juicio descriptivo de Plá, la fogosidad —plena de metáforas norteñas— de Wenceslao Fernández Flórez y la brillantez sin aspavientos del sempiterno Umbral. Cuando éste, el «dandy de Madrid», murió —después, eso es lo cierto, de resistirse mucho a ello porque, en su opinión, «la muerte es una mala decisión de los humanos»—, heredó la columna en «El Mundo», contraportada del diario. Aquello no fue una designación a dedo, sino que el director, Pedro J. Ramírez, convocó un concurso para escoger al candidato. Y salió Raúl del Pozo. Corrían los tiempos de 1991, cuando al socialismo le acosaba la corrupción y la derecha del país era, más o menos, Blas Piñar.

Desde entonces, ni ha entregado la pluma ni se ha dejado doblar por la patología del «folio en blanco». Se describía así: «Me levanto, miro a mi preciosa perrita Dana y le pregunto: ‘¿Qué, chica, de qué hablamos hoy?’». Le gustaban los toros, pura cultura de España (esto para los imbéciles de la progresía), y algunas de sus mejores frases pueden entresacarse del argot taurino; ésta, sin ir más lejos: «Para escribir muerdo el capote, me monto la montera por debajo y ¡hala!, al ordenata». Desde luego que el halago de «maestro» está ahora aquí muy devaluado, pero Raúl se lo ha ganado con gran demasía. Desde siempre, desde Cuenca ya. Una tarde, cuando Franco languidecía de muerte natural en La Paz, me dijo: «Cuidado con los que te vayan a llamar maestro; la mayoría de ellos te quieren echar del ruedo». Apostillando: Raúl era a veces tierno, sobre todo en sus columnas, y a veces templadamente cruel. Escrita está su biografía: «No le des más whisky a mi perrita». Una dedicación y un amor, junto a su mujer Natalia Ferraccioli, que se ha citado con él en los cielos en los que no creía el incombustible «reportero audaz».

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