Champán para todos: Raúl del Pozo es eterno
«Nos ha dejado tan huérfanos, que los que seguimos ejerciendo este noble arte quedamos a la intemperie»

El columnista Raúl del Pozo.
Ha muerto Raúl del Pozo y este oficio de articulista se convierte en pura impostura. Un sinsentido, un género periodístico fantasioso y de solidez endeble. Seguiremos perpetrándolo mientras nos den permiso. Y es que el último maestro del articulismo español nos ha dejado tan huérfanos, que los que seguimos ejerciendo este noble arte quedamos a la intemperie en comparación con lo que él hacía con el puto folio, que es como llamaba al acto de escribir el artículo.
Un servidor tuvo la fortuna de estar varias veces con Raúl. Algunas en su casa y otras en el Hotel Eurobuilding. Su saludo siempre era una sonrisa pícara, juguetona y sincera. Me decía que era «un chico muy simpático» mientras me daba unos cariñosos guantazos en el rostro. El primer día que fui a su casa, ese chalet cercano a la Plaza de Castilla, todavía estaba viva su perrita y se lanzó a mis piernas y mi regazo dándome su bienvenida. Me fijé en la reacción de Raúl y noté cómo se relajaba. Había pasado el filtro más importante.
Fui a llevarle mi primera novela publicada. Le dije que el prólogo era de mi buen amigo Miguel Pardeza, y él asintió de una manera tan tajante, que se le notó el respeto que sentía hacia él. Nos sentamos en un saloncito de la parte de debajo de la casa. Arriba tiene la habitación y, entre otras cosas, el ordenador donde ha escrito toda su gloria. Me preguntó qué tal me iban las cosas y yo le dije que bien, sin adornarme mucho más en la respuesta. Eso le gustaba a Raúl, la austeridad, la sencillez, la parquedad a la hora de hablar de uno mismo.
Fue el momento en el que me premió con una de las frases que nunca se me olvidarán: «Ahí donde estás sentado tuvo también el culo el Rey Emérito». Y es que Juan Carlos y él han mantenido hasta el final una amistad fiel. Fue la única vez que miré y pensé en mis posaderas como si pertenecieran a la realeza. Teníamos confianza e iba vestido con un batín de seda que escondía un pijama de alta costura. Raúl era un dandi, como lo es todo hijo de un campesino de Cuenca. Le pedí que se hiciera una foto con mi libro y subió a su habitación a ponerse un traje. Cuando bajó, se repeinó mirándose a un espejo hasta que se dio el visto bueno. La elegancia en Raúl era una cosa que iba por dentro y por fuera. La verdad, la honestidad, la justicia son bellas si se las cuida para que lo sean, y esta fue otra enseñanza que Raúl me dio.
Teníamos pendiente desde hace algún tiempo que me dedicara un día su último libro publicado, Cuenca, la primera Manhattan. Un homenaje literario a su lugar de nacimiento, un Macondo tan real como colgante. Un costumbrismo de vanguardia el suyo. Pero su salud empezaba a no dejarle jugar con la vida. Él ya se había jugado la vida mucho antes que hoy. Pero es que siempre ganaba, hasta cuando perdía. Noches de tahúres y mañanas con siluetas femeninas. Tardes embriagadoras y vaporosas. Pero siempre un narrador de historias y realidades. Siempre dijo que el mejor en lo suyo fue Umbral, pero sus hijos «adoptados» sabíamos que en estos últimos veinte años, el último patriarca del articulismo periodístico y con el que se acaba este sacrosanto género tal y como lo conocíamos era él.
Raúl tenía arte para todo. Para colgarle el teléfono a Alsina con una delicadeza o estruendo delicioso. Para mirarle a los ojos a la duquesa de Alba y que a esta se le cayeran al suelo. Para doblegar a sus muchas noches eternas y hacer que se rindieran mostrando su luminosidad. Escribiendo la mejor novela sobre el mundo del juego: Noche de tahúres. Escribiendo todos los artículos posibles con el estilo propio de quien pone los límites en la verdad y la belleza.
Un día, aprovechando que un amigo común, Emilio Arnao, estaba en Madrid para celebrar su cumpleaños, quedamos los tres en el Hotel Eurobuilding. Una especie de segunda casa donde se reunía con amigos o con confidentes que pudieran darle alguna información para escribirla en el periódico. A Arnao le tenía mucho cariño, pues es el autor del mejor libro escrito sobre Raúl. Una rareza ahora muy difícil de encontrar, pero que merecería ser reeditada, de título Raúl del Pozo, la prosa canalla.
Raúl nos esperaba en una mesa vestido para una boda, pero allí sólo había dos solterones. Pidió una botella del mejor champán francés al camarero, y para él una botella de agua de litro. Dijo que nos invitaba y empezó a hablar. El chispeante era Raúl y no lo que salía de ese líquido dorado. Nos contó muchas anécdotas de sus muchos mundillos que nos llevaremos al mismo lugar que empieza a habitar él hoy. Un hombre de palabra, oral y escrita. Una autenticidad castellana.
Se levantó de su silla y nos dijo que se tenía que ir. Tenía que escribir el artículo para poder ir a jugar un rato al golf como hacía algunos domingos. El champán nos hacía mantenernos alegres aun con su marcha, pero hubo un momento en el que la sobriedad volvió súbitamente. No estábamos seguros de si había pagado la cuenta. Pensamos que se le podía haber pasado, pues se había marchado con prisas. Tampoco nos importaba, aunque los agujeros de los bolsillos de mis pantalones se iban haciendo más grandes, y mis manos se preparaban para fregar todos los vasos y los platos del hotel. Ambos estábamos convencidos de que había pagado, pero nos gustaba imaginar que nos hubiera dejado ese pufo. Una última trastada de alguien tan juguetón como justo.
Nos levantamos de la mesa con seguridad y tranquilidad. Caminamos hacia la puerta de salida del hotel y nos despedimos del camarero que nos había atendido, a lo que él nos respondió: «Denle las gracias al señor del Pozo cuando lo vuelvan a ver por su generosa propina». Y eso es lo que he pretendido hacer con este humilde obituario, darle las gracias por sus generosas propinas con muchos de nosotros en forma de enseñanzas y amistad. ¡Viva el vino!
