Tocata y fuga de Alejandra Rubio: crónica de un fracaso mayúsculo o de una estrategia maestra
«La colaboradora deja la televisión, pero concentra toda su energía en el libro que publica en mayo»

Ilustración de Alejandra Svriz.
La semana pasada, en esta columna, jugamos a la creación de verdades alternativas, ese fenómeno en boga en medios norteamericanos para construir respuestas a medida no de la realidad, sino de intereses en ocasiones evidentes; en otras, más oscuros. El nuestro era el puro entretenimiento. El juego consistía en dejarnos llevar por el rumor de un acercamiento de Terelu a figuras de Antena 3 durante el funeral de Fernando Ónega para elaborar una teoría que diera sentido a ese supuesto: la lucha de una ‘madre coraje’ por sacar a la niña de sus ojos de un mundo que la hacía infeliz y sembrar la semilla de una nueva vida, más serena y prestigiosa, como autora de éxito capaz de optar al premio literario con el mayor premio económico del mundo de las letras, el Planeta, parecía tan obviamente posible que caía por su propio peso.
(Ojo que nos lo vendieron como noticia en el programa de Los Kikos, defendida ante los espectadores por Kiko Matamoros, cuya vinculación con Alejandra Rubio, hija de Terelu, viene de la mano del pasado del colaborador como cuñado y representante de Mar Flores, a la sazón madre de Carlo Constanzia, el padre de los hijos cuyo anuncio ha sido fuente de ingresos para una de las parejas más mediáticas del momento por razones que escapan a toda lógica meritocrática y encajan, más bien, en la parafernalia endogámica de los linajes más arraigados en la tradición de las revistas patrias del corazón.
Para morbo añadido, las tensiones existentes entre Terelu y Mar Flores desde los tiempos de Fernando Fernández Tapias —que servidor tuvo que padecer en propias carnes cuando se incitaban los discursos contra la modelo en aras de defender la relación entre el empresario y Nuria González, amiga íntima de la presentadora y una gran profesional del mundo de la moda, todo hay que decirlo— vienen a enredar un presente que suma valor a esta historia de pasiones y traiciones, sobre todo cuando el destino ha llevado a estas viejas enemigas a verse obligadas a disimular su rencor por el amor nacido entre las nuevas generaciones que las unen, muy a su pesar.)
Aquella fantasía, con toda la lógica que uno puede defender conociendo a la protagonista, cobró visos de escándalo al entenderse como hechos confirmados y no como una columna de opinión que habitualmente se presenta a los lectores con buenas dosis de ironía o humor. Pero se ve que nadie entendió el tono. O tal vez deba entonar mi mea culpa al no acertar con él. Sea como fuere, los medios se hicieron eco de la teoría conspirativa de Terelu en su lucha por conseguir el premio Planeta para su hija. Incluso me vi frente a Carmen Borrego explicando mi teoría en una conexión con el programa Vamos a ver, presentado por Patricia Pardo. Lo irónico del caso es que pude ver la cara de Carmen defendiendo a su hermana y a su sobrina, pero me perdí la que puso cuando, por la noche, durante el DeViernes, descubrió que Alejandra no solo le había estado ocultando la verdad de su embarazo, sino que tuvo a bien acusar a su primo de intentar hacer negocio a costa de una bronca con ella.
Esa cara debió ser un cuadro, no me digan.
Estamos hablando de una familia en la que cada uno de sus miembros esconde a los demás cualquier noticia que pueda ser vendida en una exclusiva, todo por si se les adelantan y la venden ellos antes. Este es el nivel, Maribel. Es como un relato de intriga en el que todos son sospechosos y, por lo tanto, la confianza no existe, es una entelequia, lo que descarta todo aquello que no sea un trato paranoico entre ellos. Hemos sido testigos del comportamiento de un clan en el que nadie se fía de nadie, pero todos se sientan como colaboradores para cuestionar las acciones de los demás, ya sea como concursantes de un reality o como protagonistas de la crónica social. Muy coherente todo.
Por otra parte, la confirmación de que Alejandra Rubio se convertía en aquello que siempre había repudiado, un personaje, y, por lo tanto, daba el paso para vivir de dar contenido, de vender a las revistas o programas todo lo relacionado con su vida privada, la de sus hijos, la de su pareja —bueno, la de Carlo Costanzia tiene vida comercial propia, gestionada entre quejas y lamentos a la escoria que le da de comer—, con la necesidad de crear un calendario de acontecimientos como los nacimientos o los bautizos. Y, no nos olvidemos, del premio gordo: la boda. Que esa bola no ha salido y vale su peso en oro.
Superada por la vorágine, Alejandra ha tomado una decisión que puede entenderse como la crónica de un fracaso mayúsculo o, retomando la verdad alternativa creada en la polémica columna de la semana pasada, como una estrategia para convertir la broma en una profecía autocumplida. La colaboradora deja la televisión, pero concentra toda su energía en el libro, que publica en mayo.
¿Entienden por dónde van los tiros?
