Tras escapar de la guerra en su país, Nicole Ndongala acompaña a quienes buscan refugio
La activista congoleña dirige la Asociación Karibu, una ONG de acogida para inmigrantes

La activista Nicole Ndongala. | Laura de Grado (EFE)
Era 1998 cuando Nicole Ndongala, entonces de 24 años, llegó a Madrid, huyendo con un pasaporte falso. Una guerra civil cruenta azotaba a su país, la República Democrática del Congo (RDC), y las mujeres y los niños se habían convertido en víctimas centrales de las atrocidades del conflicto.
«Las mujeres en la guerra del Congo eran utilizadas como arma de guerra. Los abusos más frecuentes y más crueles los sufrían ellas», explica Ndongala, aludiendo a la violencia sexual sistemática que llegó a caracterizar la contienda. A los niños, por su lado, añade: «los cogían como soldados», una situación en la que se les arrancaba la infancia.
Su primera parada fue Bélgica, el antiguo poder colonial que sometió a su país a 75 años de explotación y brutalidad. De allí, volvió a escapar, esta vez de la violencia estatal ejercida contra personas refugiadas procedentes de distintos países africanos.
A España llegó en autobús. Una vez en el país, se enfrentó a un proceso de adaptación arduo. «El hecho de no hablar el idioma te dificulta muchísimo. Además, en ese tiempo de estar en situación irregular, no eres persona, ¿sabes? No eres tú», relata. Existir en la irregularidad, insiste, es «como estar viviendo sin estar vivo».
Sumergida en la incertidumbre, en un estado de limbo constante, halló refugio en la Asociación Karibu, una entidad dedicada a la acogida de migrantes africanos en Madrid y a la defensa de sus derechos.
Karibu: un refugio en tierra española
«Karibu» significa bienvenido en suajili, una lengua hablada por más de 100 millones de personas en varios países del África subsahariana. Ndongala describe a la asociación homónima como «una puerta de esperanza para muchas personas africanas que llegan a España». Fue allí donde inició su proceso de integración y comenzó a trabajar en lo que ella define como «la mochila psicológica de heridas» que arrastraba consigo.
En 2026, Ndongala cumplirá ocho años al frente de la misma asociación que la acogió en su etapa de «llorar y no saber qué hacer». Como directora general de la ONG, impulsó la creación del Centro de Formación y Promoción de la Mujer, motivada por el deseo de que existiera un espacio propio para las mujeres africanas migrantes, donde pudieran alzar la voz y expresar sus necesidades.
En Karibu, observó que muchas de las mujeres atendidas llegaban tras haber vivido situaciones traumáticas que consideraba incluso más duras que las que ella había experimentado. Mujeres que habían pasado meses, a veces años, de trayecto para llegar a España. Un viaje que Ndongala describe como el «camino de espinas», lugar en el que son sexualizadas y mercantilizadas. En esos momentos, subraya, «no sienten ni su cuerpo, ni su vida, ni su sentido, ni su ser».
Ante esa realidad, recuerda haber pensado: «¿Por qué no puedo echar un cable?». A partir de ahí, la asociación fomentó una red de apoyo en la que estas mujeres pudieran recibir atención psicológica y médica, también incluyendo el ámbito de la salud sexual. «Ellas necesitan que alguien les diga: estoy contigo, te puedo tender la mano y escuchar», afirma la directora.
Ndongala sostiene que la fortaleza de Karibu reside en su manera de acompañar, alejada del paternalismo y basada en la empatía. Este enfoque empoderador se refleja en el hecho de que muchas de las personas atendidas por la asociación son hoy referentes en distintos ámbitos, desde el tercer sector hasta el emprendimiento. «Karibu, sin esperar nada a cambio, ayuda a que la gente tenga un hueco en esta sociedad, para que pueda ser realmente una persona dentro de ella», concluye.
Los pies en España y la mirada en la República Democrática del Congo
Aunque Ndongala lleve 28 años en España, se mantiene arraigada en su país de origen y orienta gran parte de su labor humanitaria hacia él. Una parte de este trabajo se canaliza a través de la Plataforma de Mujeres Congoleñas de España, de la que es miembro fundadora. De allí, explica, «siempre tenemos una mirada hacia nuestro continente y especialmente hacia nuestro país».
La plataforma colabora con mujeres activistas que trabajan en el país centroafricano y que no pueden denunciar violaciones de derechos humanos debido a la falta de libertad de expresión. Además, sus integrantes acompañan a mujeres congoleñas recién llegadas a España, poniéndolas en contacto con otras mujeres referentes que puedan orientarlas en cada comunidad autónoma.
En 2018, Ndongala fundó también la asociación Piedra Preciosa, centrada en ayudar a niñas y adolescentes que viven en situación de calle. «Aquí muchas veces solamente se habla de niñas en zona de guerra, pero en el Congo tenemos una situación que llamamos ‘les enfants de la rue‘ o ‘shege‘», explica. En muchos casos, estas niñas son acusadas de practicar brujería o de provocar problemas familiares y terminan siendo expulsadas de sus hogares. «Trabajamos para reinsertarlas, cuando es posible, en sus familias; acompañarlas para que continúen sus estudios; apoyarlas si están embarazadas; y ayudarlas económicamente para que puedan emprender», detalla.
La otra cara de la inmigración
Mientras la migración ocupa un lugar central en la política española, Ndongala considera que el discurso político tiende a invisibilizar sus aspectos positivos. «En ciertos discursos se dice que venimos aquí a quitar trabajo, a abusar de la sanidad pública o a cobrar dinero», explica. «Pero también se debería hablar de la parte positiva: de cómo las personas migrantes cotizan en la Seguridad Social y de cómo somos pilares muy importantes de esta sociedad», añade antes de lanzar una pregunta que invita a la reflexión: «Si un día todos los inmigrantes no vamos a trabajar, ¿qué pasaría en España?».
Nicole Ndongala no olvida las dificultades ni la vulnerabilidad que enfrentó en su propio proceso migratorio. Precisamente por eso, hoy trabaja para convertirse en un referente y un apoyo para las mujeres que se encuentran en la misma situación que vivió la Nicole de 24 años, allá por 1998.
