The Objective
Fíjate bien

Ella no sabe de burkas

«Luce su desnudez natural, airosa, engalanada con collares y pulseras de colores; ni por asomo piensa en taparse más»

Ella no sabe de burkas

Fotografía de Pío Cabanillas.

Mujer pensando, soleándose, no para tostar su piel como hacemos por aquí, porque ella es ébano y no necesita más. Se tuesta al sol porque la casa del fondo no la acoge, ha construido su vida en la calle, en extrema pobreza, entre el calor de la tierra que se empecina en ser infértil incluso en el valle del Omo, al sur de Etiopía. La mujer piensa, y aunque no adivinamos en qué, sí sabemos con seguridad en lo que no piensa. Ni por asomo le inquieta el debate del uso del burka con el que andamos enredados por aquí, esa cárcel en que tantos hombres se empeñan en enfundar a sus mujeres, esa aberración tan asombrosamente justificada por algunos. Ella luce su desnudez natural, airosa, engalanada con collares y pulseras de colores; ni por asomo piensa en taparse más.

A la mujer tampoco le importa si el número uno de la policía va por ahí violando mujeres, porque ella no sabe de policía y, si supiera, sabría que la policía no está para proteger a las mujeres. Por no saber, ni siquiera sabe de ladrones porque no hay ni qué ni dónde robar, más allá de sus hijos y su cuerpo, lo que va asimilado a la cultura de la tribu. Tampoco espera que «su hombre» la proteja, aunque ese sea el rol de él, porque el concepto de protección por allí no es el mismo que nosotros asimilamos a los cuidados. En su tribu Hamer, antes de casarse, la mujer pide al novio que la azote con varas, públicamente, para que le deje buenas cicatrices de por vida en la espalda, como símbolo de lealtad, fortaleza y apoyo familiar, digamos que sus votos de casamiento hacia el esposo.

La mujer sabe, aunque ya ni lo piensa, que su hombre tiene varias esposas y que es a ella a quien le toca realizar la mayor parte del trabajo doméstico y agrícola, eso sí, bajo la autoridad de él. También sabe que cuando le quiebra la salud no tiene los mismos servicios médicos, como tampoco el mismo acceso a la educación; lo aprendió desde niña, con la exclusión que generan las tradiciones y el aislamiento geográfico. 

Cuando la cámara se acerca, ella ni la acoge ni la rechaza. Su silencio habla de las costras que tiene en el alma, en donde encierra violaciones, ablaciones, hombres a los que abrirse para dar placer, embarazos y partos sin asistencia, hijos a demanda del hombre, sufrimientos hasta hacerlos crecer y esperar a que te los abusen… la agonía creciente de la vida, vivida a rastras, solo para que continúe con destino a ninguna parte.

Y mientras, por aquí, en nuestras cosas, dilapidando los derechos humanos conquistados, debatiendo si el burka es libertad para las mujeres que encierra, escurriendo responsabilidades por haber situado a un agresor sexual al frente de la policía. No sé si es ignorancia o no saber apreciar lo que tenemos.

Texto de Gloria Lomana y fotografía de Pío Cabanillas.

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