Indignación y rabia en los trenes que salen de Andalucía: «Tienen que pagar con la cárcel»
THE OBJECTIVE hace el primer viaje en un Alvia de Cádiz a Madrid tras el accidente de Adamuz

Interior del tren Alvia que hio el trayecto Cádiz-Madrid, después del accidente de Adamuz. | TO
La niebla, la lluvia y el frío invernal con el que la capital de España recibió este miércoles a las 14.57 horas al primer Alvia que salió de Cádiz pasadas las 06.30 de la mañana, después del accidente de trenes, fueron el reflejo del ambiente de tristeza y desolación que invadió a los escasos pasajeros que se aventuraron a hacer este trayecto. Un viaje que supera escasamente las cuatro horas se convirtió en una travesía de más de ocho, que recordaba aquellos desplazamientos en Talgo o en el célebre coche-cama al que se subían estudiantes, militares y trabajadores de cualquier ciudad de la bahía de Cádiz.
El ambiente festivo de aquellos trayectos no tenía nada que ver con la pena y la indignación de muchos de los pasajeros que se subieron este miércoles al Alvia 10065, y de las que THE OBJECTIVE ha sido testigo. Del bullicio habitual de los andenes se pasó a la escasa presencia de pasajeros, que esperaban expectantes la llegada de un tren sobre el que poco sabían, aparte de que les llevaría a Madrid; pero nada sobre en cuánto tiempo ni en qué circunstancias.
El desconcierto empieza cuando hay que reservar billete y la página web no responde, cuando decides acercarte a la taquilla de la estación y la trabajadora de Renfe dice que ponen los billetes, pero que no están a la venta y que lo que marca la web ella no lo puede comercializar. «Solo hay un tren al día», dice, que llega hasta Los Pedroches (Córdoba), donde un autobús recoge a los pasajeros y los acerca a una estación para subir de nuevo a otro tren que va a Madrid.
Ya en el andén de salida, otros trabajadores informan de que el tren tiene su destino en Chamartín, aunque parará en Atocha Cercanías y seguirá hasta la siguiente estación. Pero la realidad no sería así. Ya en el tren, las instrucciones son distintas: el final de trayecto será Atocha Cercanías, y el tren ya vacío seguirá hasta Chamartín. Advierten de que las instrucciones van cambiando y los trenes se van adaptando sobre la marcha. Tampoco habrá que hacer trasbordo en Sevilla y subirse a ningún autobús, el tren cambiará en Alcolea a la vía convencional, por la que discurrían los viejos Talgos de la década de los setenta. Adiós a la alta velocidad. Las vías de siempre por las ciudades de antaño: Linares, Baeza, Aranjuez. Y por supuesto, las casi siete horas serán más. Habrá que hacer varias paradas e ir despacio, los raíles convencionales son para otros trenes.
Los vagones están prácticamente vacíos, a lo sumo tres o cuatro personas en cada uno de ellos, a las que se suman algunos pasajeros más en la parada de Sevilla. No se escuchan conversaciones de móvil, ni las risas entusiastas de los que viajan en grupo. La mayoría viaja en solitario, por estrictos motivos profesionales o urgencias inaplazables. En el bar no hay nadie, solo los trabajadores del turno de día, que recuerdan a su compañero fallecido en el Alvia de Huelva y se lamentan de lo sucedido. No se atreven a comentar mucho más, en el fondo también hay miedo a hablar más de la cuenta y que sus comentarios tengan consecuencias. Sí, se percibe cierto temor.
«Son unas sinvergüenzas»
La tensión es tal que una señora se acerca a un supervisor para decirle que en un asiento hay un bolso, que lleva mucho tiempo y que no es de nadie. «A ver si va a ser de un yihadista, que ya estamos asustados», un comentario que da pie a una conversación en el vagón en la que se desata la ira: «Esto es impresentable, son unos sinvergüenzas», brama, «que los investiguen y los metan en la cárcel, tienen que pagar con la cárcel». Seguidamente, otros se preguntan: «¿Dónde va el dinero de nuestros impuestos? ¿A Koldo, a Begoña, a la presidenta de ADIF imputada, a las queridas de Ábalos?». La conversación sigue subiendo de tono: «Con la chusma que nos gobierna, ya no somos ni el cuarto mundo», a la vez que se vaticina que «esto se podía haber evitado y lo tienen que pagar, menos mal que está judicializado», con alusiones a Óscar Puente, ninguna templada.
«No se puede aguantar lo que estamos aguantando», tercia otro viajero, y «no se puede vivir en este país: apagones, autovías intransitables y trenes circulando en vías sin mantenimiento». Alguien apunta que el trágico accidente será «un antes y un después», lo que provoca la risa en algún viajero: «A este Gobierno no le importa nada». Alguien comenta que uno de sus hijos trabajaba en un área de calidad para certificar los repuestos que se utilizan en Renfe, pero que lo eliminaron y que «igual los compran en un chino», afirma con cierta ironía.
El viaje se desarrolla a una velocidad que ronda los 150 kilómetros por hora en la vía de alta velocidad, pero a las 9.33, cuando se pasa a la vía convencional en Alcolea, difícilmente se rebasan los 100. Solo en la última fase, cerca de Madrid, se vuelve a subir a más de 150. La velocidad se reduce en algunas ocasiones hasta los 27 kilómetros por hora; incluso en el tramo Linares-Baeza baja a 20 por el mal estado de la vía. También empiezan a sucederse las paradas, a las 10.47, a las 11.50, a las 13.04 y a las 14.01. El retraso que acumula el tren es ya de una hora. Finalmente, el tren entra en la estación Atocha Cercanías a las 14.57, no a las 13.23 como estaba previsto.
