Cinco horas, 150 aeronaves y un objetivo: la caída quirúrgica de Nicolás Maduro
La detención de Maduro ha sido toda una campaña bélica concentrada en cinco horas

Un helicóptero Black Hawk como los utilizados en la operación Resolución Absolute
En la mañana del sábado 3 de enero, un tipo cuyo nombre está representado por una retahíla cifrada de cifras y letras se levantó 408.146 dólares más rico. Apostó en Polymarket a que este enero la Delta Force detendría a un mandatario sudamericano muy concreto y ganó. Todo indica que sabía lo que iba a ocurrir. El que no ganó nada, porque lo desconocía, fue Nicolás Maduro.
La caza del hombre se empezó a gestar en agosto de 2025. En Washington se tomaron las decisiones que condujeron a ello, y el primer peón que se movió en este tablero de ajedrez fue el de remitir a un pequeño equipo de la CIA a Caracas.

Los espías estadounidenses trabajaron en silencio durante meses para recabar rutinas, costumbres y pautas reconocibles en la cara más visible del país. Lo complicado no era tanto infiltrarse y pasar desapercibidos en la capital venezolana, sino saber dónde estaría Maduro a las 02:14 de la madrugada del 3 de enero de 2026.
Justo a esa hora, un manto de oscuridad cubrió Caracas. Lo que en principio parecía una caída del suministro eléctrico era, en realidad, el reflejo de una operación sin precedentes en América Latina. No fue un simple secuestro ni un asalto: fue una operación militar multidominio propia de la invasión de un país pequeño y diseñada con una finalidad sencilla: detener a una persona y a su esposa.
Nicolás Maduro Moro, junto a su esposa Cilia Flores, fue detenido por fuerzas estadounidenses durante un asalto quirúrgico y sincronizado, ejecutado en el corazón de una capital de primer orden en el entorno. Lo llamativo reside en que, pese a estar teóricamente protegida por sistemas antiaéreos de origen ruso, apenas ofreció resistencia, al menos no de manera significativa. Esa madrugada, el cielo fue norteamericano.
La operación, bautizada como Resolución Absoluta, no fue una redada policial. Fue una campaña bélica comprimida en cinco horas. Entre cazas, bombarderos, helicópteros, drones, aviones de inteligencia y aeronaves de alerta temprana y guerra electrónica, involucró más de 150 aeronaves.
El portaaviones USS Gerald R. Ford no fue al mar Caribe de vacaciones. Su noche, lejos del epicentro de la acción, resultó agitada. Desde las cálidas aguas de esta fenomenal piscina desplegó una potencia aérea capaz de asegurar el dominio absoluto del espacio. Cazas F/A-18E/F Super Hornet y F-35C Lightning II despegaron escoltados por aviones de guerra electrónica EA-18G Growler.
La tarea de estos últimos fue fundamental y clave para dominar los cielos de toda esa artillería aérea. Su cometido consistía en neutralizar los sistemas de vigilancia, radares y redes de comunicación del enemigo. Con sus sistemas ALQ-218 de detección y ALQ-99 de interferencia, ejecutaron supresión electrónica sobre Caracas, Maracay y Valencia. Su misión era generar un vacío electromagnético total: ningún radar debía emitir, ninguna frecuencia debía comunicar, ninguna alarma debía activarse.
En paralelo, desde bases continentales despegaron bombarderos estratégicos B-1B Lancer del 28º Escuadrón Expedicionario. Estos aviones, capaces de alcanzar velocidades supersónicas y portar hasta 34 toneladas de munición guiada, lanzaron misiles AGM-158 Jassm-er de largo alcance contra los nodos de mando del Ejército venezolano. Su objetivo consistía en desarticular la cadena de mando y control sin generar bajas colaterales.
Aviones cisterna KC-135 Stratotanker y KC-46 Pegasus proporcionaron apoyo en vuelo a toda la estructura aérea, lo que permitió la continuidad de las operaciones sin interrupciones logísticas. Cada célula aérea mantuvo enlaces de datos mediante redes tácticas Link-16 y redes protegidas vía satélite. Gracias a ellas, todo pudo seguirse en Palm Beach (Florida) y por sus comandantes en tierra en directo, con pérdidas mínimas por retrasos en la señal.
Superioridad tecnológica
El despliegue aéreo no solo fue amplio, sino tecnológicamente superior. El F-22 Raptor, cazabombardero de superioridad aérea con tecnología furtiva, realizó patrullas de cobertura desde el norte de Colombia hasta la frontera del estado Apure. Con su radar AESA AN/APG-77 y su capacidad para volar en modo pasivo, estos aparatos eliminaron cualquier posibilidad de respuesta aérea por parte de la aviación venezolana. Podían llegar casi sin ser vistos por sistema antiaéreo alguno.
El F-35, tanto en su variante embarcada (C) como en la convencional (A), desempeñó un papel de integración multisensor. Con sus sensores DAS y EOTS, actuó como nodo de fusión de datos y retransmitió información a otras plataformas. También ejecutó ataques quirúrgicos con bombas GBU-53/B StormBreaker, capaces de cambiar de objetivo en pleno vuelo gracias a sus sensores infrarrojos, láser y radar de ondas milimétricas.
El armamento empleado fue de precisión absoluta y, a tenor de los resultados y el limitado número de bajas colaterales, muy efectivo. Se utilizaron misiles AGM-88G Aargm-er para neutralizar radares móviles y JDAM GBU-38 de 227 kilos para destruir sistemas antiaéreos y centros de mando. De acuerdo con la información pública, ninguna munición se lanzó sin confirmación doble por satélite y vigilancia de inteligencia de señales en tiempo real.
Espacio radioeléctrico cegado
El EA-18G Growler operó en grupos de tres y acompañó a cazas y bombarderos. Además de sus vainas ALQ-99, portaba misiles antirradiación AGM-88E HARM, capaces de localizar y destruir emisores de radar activos. Al detectarse cualquier intento de activación de un radar terrestre, el misil se lanza como un kamikaze hacia él y ajusta su trayectoria en tiempo real, eliminando las posibilidades de contraataque.
En paralelo, un EC-130H Compass Call, una derivación de los célebres Hércules, orbitó desde las cercanías de la isla de Aruba. Su función consistía en bloquear redes de comunicaciones tácticas, interrumpir transmisiones de órdenes y distorsionar enlaces entre unidades. Este avión, equipado con sistemas basados en arquitectura abierta EWIS, es capaz de alterar el tráfico de datos y generar señales falsas que confunden al enemigo.
Una de las sorpresas, porque hay vídeos en redes sociales, fue la presencia de uno, quizá dos, RQ-170 Sentinel. El dron furtivo que se hizo famoso cuando Irán se adueñó de uno en el aire resultó esencial para el reconocimiento previo. Equipado con sensores de radar de apertura sintética, ópticos multiespectrales y sistemas de inteligencia de señales, sobrevoló Caracas días antes del asalto.
El ojo volador
Nadie lo vio. Su fuselaje compuesto con forma de ala volante, su perfil sin superficies verticales y sus materiales absorbentes de radar le permiten operar dentro de espacios aéreos sin ser detectado por radares convencionales.
Durante la operación, un Sentinel permaneció sobre el objetivo y envió vídeo en tiempo real al Pentágono. Este flujo, encriptado mediante redes por satélite protegidas, permitió a los operadores identificar incluso movimientos dentro del perímetro residencial de Maduro. Hasta ese grado de precisión llegó el control de su figura.
El E-2D Hawkeye, 9.000 metros por encima del USS Ford, amplió esta conciencia situacional con su radar AN/APY-9; un sistema capaz de rastrear hasta 2.000 objetivos simultáneamente en tierra, mar y aire, al tiempo que comparte esos datos con aeronaves, buques y estaciones en tierra en tiempo real. Su función consistía en controlar el posible despliegue de aeronaves venezolanas.
Night Stalkers: el asalto vertical
Y una de las verdaderas estrellas del asalto fueron los muy reconocidos Night Stalkers, los merodeadores nocturnos. El 160º Regimiento SOAR ejecutó una maniobra de asalto vertical de manual. Este cuerpo es como el Cabify de las operaciones especiales. Cuando se les necesita, sean quienes sean los solicitantes, allí aparecen, cumplen su función y vuelven a su base.
No son solo helicópteros que vuelan, sino que su entrenamiento se concentra en llegar a donde nadie en su sano juicio se atrevería a acercarse. Su especialidad es el vuelo a oscuras, con pilotos equipados con visores nocturnos. Descienden hasta rozar antenas de televisión hogareñas, cuelan sus aparatos por lugares inverosímiles y sus capacidades van más allá de lo acrobático.
Sus helicópteros MH-60L Black Hawk y MH-47G Chinook volaron desde una posición avanzada en territorio colombiano, a baja cota, con aprovechamiento de la supresión electrónica ofrecida por otras aeronaves. Los MH-60, configurados con visión FLIR, navegación de tipo doppler y sistemas de defensa Dircm contra misiles, se aproximaron al objetivo en formación cerrada. Los MH-47, capaces de portar hasta 30 efectivos y de operar incluso sin visibilidad y en condiciones meteorológicas adversas, se encargaron de extraer al objetivo y transportar material sensible.
Durante la inserción, ensayada en una réplica de la residencia presidencial construida ex profeso, los operadores de la Fuerza Delta portaban fusiles SIG MCX con supresores integrados, visores holográficos y linternas de infrarrojos. Además, cada equipo llevaba lanzadores M320 con munición no letal, granadas aturdidoras y cargas selectivas para la demolición de puertas blindadas. Es habitual que lleven grupos electrógenos y lanzas térmicas para abrir puertas blindadas como si se tratara de un sencillo abrelatas. La irrupción en el complejo se ejecutó en menos de 90 segundos.
Los helicópteros mantuvieron los motores encendidos durante toda la operación, protegidos por un perímetro de seguridad formado por operadores adicionales, francotiradores y un dron MQ-9 Reaper en órbita exterior, armado con misiles AGM-114 Hellfire.
Una defensa que quedó en silencio
Venezuela, pese a contar con activos antiaéreos S-125 Pechora, Buk-M2E, Tor-M1 y Manpads Igla-S, no disparó ni un misil. La red de alerta radar operada por el Codai no emitió señales. Los sistemas de defensa electrónica, dependientes de infraestructura civil y militar compartida, quedaron anulados, no funcionaron o no había nadie detrás que los activara.
Algunos Su-30MKV y F-16A/B permanecieron en tierra. Los pocos pilotos disponibles no recibieron órdenes. Todo indica que el sistema C4ISR venezolano colapsó, no solo por ataque electrónico, sino por desorganización estructural y pérdida de voluntad. Los analistas más críticos creen que nadie quería enfrentarse a una fuerza con superioridad total.
Incluso las unidades de milicia y brigadas urbanas no salieron de sus posiciones. Los primeros vehículos blindados comenzaron a moverse cuando la operación ya había concluido y los helicópteros estaban en retirada. Llegaron tarde o no se atrevieron a salir.
Daño mínimo, precisión máxima
El balance de bajas por parte estadounidense fue mínimo. Dos operadores estadounidenses resultaron heridos en el intercambio inicial de disparos, y un helicóptero MH-60 Black Hawk recibió impactos menores en el fuselaje trasero. Todos los aparatos regresaron a sus bases o buques sin bajas. La extracción fue directa al USS Iwo Jima, donde Maduro y su esposa quedaron en custodia policial. Desde allí, un avión C-17 Globemaster III, escoltado por cazas F-22, los trasladó a suelo continental estadounidense.
La operación se grabó en su totalidad mediante drones Sentinel, cámaras montadas en los cascos de los operadores y sensores infrarrojos de los helicópteros. El material será analizado por el Joint Special Operations Command para replicar procedimientos y perfeccionar futuras operaciones de captura estratégica.
Un mensaje a quien quiera escuchar
Más que una captura, Resolución Absoluta fue una demostración de capacidades. Mostró lo que puede hacer una fuerza moderna, furtiva y letal cuando se enfrenta a un adversario que depende de tecnologías anticuadas, cadenas de mando pobres y estructuras corroídas por la política.
Estados Unidos mostró músculo y precisión. Cada aparato, cada sensor y cada misil tuvo una función definida, concreta y coordinada. Se trató de un ballet propio de la maquinaria militar más engrasada y funcional de la historia. A cambio, Nicolás Maduro estrenó un chándal gris de la marca Nike, felicitó el nuevo año a sus captores y conocerá a un juez en Nueva York. Al que no va a conocer será al tipo que se embolsó 408.146 dólares a cuenta de su desgracia. Si el primero empezó el año de la peor manera posible, el segundo debe estar celebrándolo sentado sobre una pila de dinero.
