Rusia cambia de táctica: los cables submarinos ya no los cortarán anclas sino drones
Diseñados para uso civil, albergan un enorme potencial bélico y de sabotaje

Dron submarino ruso.
El flujo de datos cayó de manera estrepitosa. Eran las 4:53 de la madrugada del pasado 31 de diciembre cuando la operadora finlandesa Elisa detectó un fallo grave en el cable submarino de telecomunicaciones que une Helsinki con Tallin. Pocas horas después, las autoridades finlandesas abordaron el carguero Fitburg con una clara sospecha: habían sido ellos al arrastrar el ancla por el lecho marino.
Este incidente marca el último episodio de una catarata de ataques encubiertos contra infraestructuras submarinas en el Báltico. Aunque aún no hay pruebas concluyentes, la secuencia de los hechos, el patrón reconocible y el contexto geopolítico apuntan a una acción intencionada.
No es la primera, ni va a ser la última vez que esto ocurra. El encadenamiento de eventos similares deja poco espacio a la mera sospecha y bascula hacia la más absoluta certeza. Pero Moscú, que sonríe y mira para otro lado, ya está maquinando una solución para que dejen de apuntarle con el dedo acusador ante jugadas de este tipo: drones submarinos.
Rusia tiene un arma nada secreta, la Oficina Central de Diseño Rubin. Es la principal empresa rusa especializada en el diseño de submarinos, además de vehículos submarinos autónomos y drones subacuáticos. Fundada en 1901 en San Petersburgo, ha diseñado más de dos tercios de los submarinos nucleares de la Armada rusa y de sus mesas de dibujo han salido más de 1.000 submarinos en total a lo largo de 120 años.
En fechas recientes han anunciado el desarrollo y puesta en servicio de un nuevo elemento preocupante para la OTAN: las plataformas Argus-I y Argus-D, junto con la estación nodriza Octavia. Estos tres elementos forman un sistema diseñado para operar en el lecho marino de forma prolongada y, aunque anunciados como «con finalidades civiles y de investigación», albergan un poderoso potencial ofensivo contra cables, tuberías o sensores subacuáticos.

El Argus-D, de casi nueve metros de largo y cinco toneladas y media de peso, puede portar cargas de hasta 300 kilos. Tiene autonomía para operar durante 20 horas a una velocidad de crucero de 3 nudos. Su alcance efectivo de 100 kilómetros y su capacidad para sumergirse a 1.000 metros lo convierten, a juicio de muchos analistas, en un instrumento ideal para colocar minas o sabotear infraestructuras submarinas.
La estación Octavia es el componente que otorga persistencia a este ecosistema. Diseñada para reposar o anclarse al fondo marino, puede recargar hasta tres drones de manera simultánea. Además de recargar baterías para un funcionamiento por completo eléctrico, puede transmitir órdenes, realizar diagnósticos y almacenar datos. Su presencia elimina la necesidad de desplegar y recuperar vehículos desde la superficie en cada misión.
Octavia está alimentada por baterías de ion-litio, aunque también puede conectarse a sistemas de generación eléctrica marinos o a cableado. Esta arquitectura permite un funcionamiento casi indefinido, lo que reduce riesgos al evitar el uso de plataformas tripuladas.
La combinación de drones como el Argus-D con estaciones como Octavia crea un nuevo paradigma en la guerra submarina; son varios submarinos comandados desde una suerte de portasubmarinos que puede estar anclado en zonas concretas. Frente a sistemas tripulados, limitados por autonomía, logística y visibilidad, esta nueva generación de vehículos puede operar sin ser detectada al eludir la exposición del personal encargado. Basta con dejarlos caer y luego recogerlos cuando se agoten las baterías.
Un mecanismo ideal
El mar Báltico es un entorno ideal para este tipo de sistema. Es poco profundo, está densamente cableado y cruza múltiples fronteras de países miembros de la OTAN. Los cables de telecomunicaciones, las redes eléctricas submarinas y los gasoductos son infraestructuras críticas que sostienen la conectividad europea. Una acción de sabotaje puede tener consecuencias económicas y políticas de gran alcance.

Las características de estos drones, unidas a la cobertura civil bajo la que operan, dificultan cualquier atribución. Si un cable es dañado por un dispositivo que no emite señales, no porta bandera y que podría autodestruirse tras la operación, sería complejo responder o atribuir una responsabilidad.
Los responsables de la Oficina Rubin lo tienen claro: el combate naval del futuro será sin tripulación. En la feria Army 2024, Andrei Baranov, subdirector general de Rubin, dejó claro que los drones serán el arma principal. Su visión incluye enjambres submarinos, naves nodrizas no tripuladas y una flota autónoma capaz de ejecutar misiones sin intervención humana directa.
Ataque barato, defensa cara
La filosofía que sustenta este modelo se basa en la eficiencia. Un dron submarino es más barato, discreto y fácil de desplegar que un submarino tripulado. Puede adaptarse a cada misión, operar de forma continua y actuar en entornos donde los riesgos para una dotación humana serían inaceptables. Todo ello con un coste mucho más bajo.
Es fácil imaginar que estos drones no operarán solos. Podrán formar parte de enjambres. Al trabajar en equipo, podrán rodear y atacar a un buque de guerra desde múltiples ángulos, superando sus defensas. Incluso si solo uno de ellos impacta, la misión será un éxito. Y todo ello por una fracción del coste de una plataforma tripulada.
La guerra híbrida que ya está aquí
En los conflictos contemporáneos, cortar una línea de comunicaciones o sabotear un gasoducto puede tener mayor impacto que el de un ataque convencional. En el lecho marino se está librando una parte crítica, y casi invisible, de la guerra híbrida moderna.
La OTAN y los países bálticos ya están reforzando su vigilancia y protección de infraestructuras submarinas. Pero el coste de asegurar cada kilómetro de cable o cada válvula de gasoducto es desmesurado. En cambio, el atacante solo necesita un vehículo, una carga útil y un plan trazado que puede ejecutar un dron. La asimetría es evidente.
Mientras las potencias occidentales intentan adaptarse, el lecho marino del Báltico y de otras latitudes se están convirtiendo en el nuevo frente de una guerra que no se ve. Cables, gasoductos, sensores y redes están ahora al alcance de una generación de drones que, aunque nacieron como civiles, han sido criados para el conflicto.
