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El ingeniero andaluz que va a llevar a la NASA más allá de la Luna

Miguel Ángel López-Medina ofrece desde la ciudad de Nueva York servicios y soluciones a la NASA

El ingeniero andaluz que va a llevar a la NASA más allá de la Luna

Miguel Ángel López-Medina.

Le temblaba todo el cuerpo. Cuando llegó hasta el coche en el que le esperaba su mujer, Sandra, estaba mareado y sudoroso. Y no era por el calor sofocante que asolaba aquel aparcamiento. Era porque acababa de salir de uno de los centros históricos de la NASA, en Houston, y aún lo estaba asimilando: le habían dicho que sí.

En la Agencia Nacional para la Administración del Espacio, la NASA, están habituados a alunizar, pero un tipo de Jaén les había hecho alucinar. Se presentó ante uno de los responsables, tras un breve intercambio de correos, y les dijo que no cobraría nada. Iría a trabajar gratis los fines de semana para ayudarles y transmitirles sus conocimientos. No se lo creían en un mercado donde el resorte último es un buen cheque semanal.

Pero Miguel Ángel López-Medina no quería ganar dinero: quería aprender, y abonaría su matrícula aportando la cuota de conocimiento de la que la agencia espacial estadounidense carecía. Antes de presentarse realizó un concienzudo estudio de las carencias y dificultades y les ofreció soluciones y vías de trabajo. Estuvo hábil porque le aceptaron casi de inmediato.

Licenciado en la Universidad de Jaén, y acreedor de varios másteres en ciencias de la computación y sistemas inteligentes, el mercado laboral español se le quedaba pequeño. Por eso, cuando a su esposa le ofrecieron un puesto de profesora en Estados Unidos, tardó poco en decidirse: allí viven en el futuro, donde habita un enorme campo en las tareas que conocía.

Establecidos en Houston, se encontró ante un tejido industrial muy vinculado a la industria aeroespacial. La ciudad no solo alberga más de quinientas empresas tecnológicas relacionadas, sino que es la sede del Johnson Space Center, centro neurálgico de la exploración tripulada de la NASA.

A apenas treinta minutos se sitúa la Rice University, institución académica con vínculos históricos con la investigación espacial y con una comunidad científica de alto nivel. Fue en su estadio donde John F. Kennedy ofreció su famoso discurso en el que anunció que el hombre iría a la Luna. Un día, Miguel Ángel se cruzó por sus jardines con el piloto de Fórmula 1 Fernando Alonso; la universidad tiene acuerdos de trasvase tecnológico con su escudería, Aston Martin. Había acudido en una visita promocional.

En las primeras semanas de su llegada compraron un vehículo Chevrolet Suburban del año 2001 —aquel en el que Sandra le esperó en el aparcamiento de la NASA—. Era un modelo asequible con motor V8, usado para traslados familiares y desplazamientos hacia posibles oportunidades profesionales. Cada sábado y domingo por la mañana, y durante dos años, subido en él hizo el mismo trayecto. Salía de su barrio, cogía la I-45 que lleva hasta el Johnson Space Center y entraba por la puerta para trabajar como uno más.

La barrera del idioma en cuestiones técnicas o su nacionalidad fueron problemas iniciales que causaron alguna situación pintoresca. El empleo en un lugar tan sensible suele estar muy limitado a foráneos y reservado a nacionales. En cierta ocasión, invitado a dar una conferencia en uno de los centros más sensibles de la NASA, le acompañaron desde la puerta y hasta la hora de su salida una pareja de guardias armados.

No era una escolta protectora, sino una forma de hacerle un marcaje permanente, hasta el punto de acompañarle a los baños o a tomar un café. Nadie quería que se perdiera por los pasillos, viera algo sin autorización o accediera a secretos espaciales. Miguel Ángel se ríe cuando habla de aquello.

En 2024 alcanzó un hito significativo al graduarse con un máster en computación cuántica e inteligencia artificial. Este logro reforzó su perfil profesional y le abrió puertas en empresas tecnológicas como Microsoft, donde trabajó durante un tiempo.

Empresa americana, alma española

Su siguiente paso fue la creación de América Data Science, empresa con sede en Nueva York. La Gran Manzana no solo es un centro internacional de finanzas. También ofrece un entorno regulatorio y de mercado muy favorable para operaciones basadas en análisis de datos y consultoría técnica.

Uno de sus ámbitos de trabajo más destacados es el desarrollo de modelos predictivos para tormentas geomagnéticas. Estas perturbaciones del campo magnético terrestre, causadas por la actividad solar, representan un riesgo tanto para misiones espaciales como para el transporte aéreo y las redes de energía.

A través de datos captados por satélites y sensores terrestres, los modelos desarrollados por América Data Science ofrecen predicciones con hasta 72 horas de antelación. Esto permite tomar decisiones preventivas y proteger infraestructuras críticas.

Cazando anomalías espaciales

Otro espacio en el que se están convirtiendo en un referente es una nueva metodología de detección de anomalías en misiones espaciales, para la que se encuentra en proceso de registrar una segunda patente. El objetivo es abordar un problema clave en la exploración del espacio profundo: la latencia en las comunicaciones.

En misiones cercanas, como la Estación Espacial Internacional, las comunicaciones entre la Tierra y los vehículos son casi inmediatas. Las señales desde la Luna y vuelta, algo más allá, llevan 2,6 segundos; es un tiempo asumible. Pero cuando se trata de distancias mayores, como Marte, la ida y vuelta puede tomar hasta 48 minutos. Muchas de las decisiones se basan en procesos de análisis que se realizan en la Tierra y en sus centros de control. Con semejantes tiempos de espera, operar de esta forma no es una opción viable porque las misiones pueden quedar comprometidas.

La propuesta de Miguel Ángel y su equipo es aplicar computación de borde e inteligencia artificial dentro de los propios vehículos o satélites. En lugar de transmitir datos brutos a estaciones terrestres y esperar su análisis, los sistemas integrarían sensores y análisis de telemetría para tomar decisiones de manera autónoma. Esto permitiría detectar anomalías como cambios de voltaje, variaciones de temperatura o fallos de comunicación, y responder sin intervención externa, lo que reduciría riesgos y costes.

Más allá del ojo humano

La empresa también explora el uso de cámaras hiperespectrales. Son capaces de captar frecuencias fuera del rango visible para el ojo humano, similares al infrarrojo, pero con mayor espectro de sensibilidad. Esta tecnología tiene aplicaciones en vigilancia, monitoreo ambiental y detección de objetos en entornos complejos que podrían pasar desapercibidos con sensores tradicionales.

Otro desafío que aborda la empresa es la problemática de la basura espacial. En la actualidad se monitorizan alrededor de 35.000 objetos en la órbita terrestre, desde antiguos satélites hasta fragmentos de misiones anteriores. La velocidad a la que se desplazan estas piezas puede alcanzar decenas de miles de kilómetros por hora, lo que crea un riesgo constante de colisiones para satélites operativos y futuras misiones tripuladas.

Entre diciembre de 2024 y mayo de 2025, solo Starlink, la empresa de satélites de comunicaciones de Elon Musk, registró 144.404 movimientos evasivos para evitar impactos. Aunque parezca sencillo, es un proceso costoso y de alta complejidad técnica. Incluso la compañía se ha visto obligada a cambiar la altitud de su constelación, de 4.400 satélites, y pasar de los 550 kilómetros asignados a 480 para eludir posibles accidentes.

Ciberdefensa espacial

En respuesta, América Data Science está integrando todas estas herramientas de visión basadas en redes neuronales que procesan señales para detectar objetos, calcular vectores de riesgo y sugerir acciones. Esta nueva capacidad permitirá anticipar riesgos con mayor precisión. En fases posteriores, la idea es colaborar con sistemas de ciberdefensa espacial que puedan proteger activos en órbita.

El camino para Miguel Ángel López-Medina arrancó en Jaén, siguió en una Chevrolet Suburban con más de veinte años y ya está en el espacio. Cuando le preguntas si de vez en cuando echa un vistazo desde los satélites a los olivares jienenses, se le ilumina la cara. Aunque viva en Nueva York, no olvida todo el camino recorrido. Lo mejor es que gracias a él, el retardo en las comunicaciones aunque vayamos algo más lejos como Marte, no será un problema.

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