The Objective
La otra cara del dinero

No cobramos un billón de dólares, pero tenemos nuestros derechos digitales

La expo ‘Hoy es un buen día para hablar de derechos digitales’ intenta espabilar(nos) al personal a base de arte y humor

No cobramos un billón de dólares, pero tenemos nuestros derechos digitales

nstalación 'Present Shock', de Robert del Naja, miembro fundador de Massive Attack.

¡Crash! Efectivamente, un choque. Ya me notaba yo algo en los huesos y las carnes, por no hablar del cerebro y sus alrededores… Pero ahora lo veo ahí fuera, en una instalación artística (mi malestar general es cultura, fíjate) de un tal Robert del Naja, miembro fundador de Massive Attack. Una rebujina de datos, imágenes, indicadores estadísticos y residuos informativos varios en un fluir que se intuye infinito al ritmo de un sonido inquietante… Present Shock III se llama la cosa, con la que arranca la exposición Hoy es un buen día para hablar de derechos digitales, comisariada por el colectivo artístico Domestic Data Streamers y Fundación Telefónica, y visitable hasta mayo en el Espacio Fundación Telefónica de Madrid, al principio de la calle Fuencarral.

Resulta que me estaban atropellando. Pero como a cámara (relativamente) lenta, con la táctica del merme, de a poco, que diría José Mota. «Al ir al merme, no se da cuenta nadie», dice el genio manchego travestido de política. Suena a broma, y lo es, pero atropellados estamos. Y no está mal que nos recuerden por qué nos duele todo.

En la exposición, después del choque inicial, que simboliza la sobrecarga de información que, dicen, «caracteriza la era digital», vienen otras 19 piezas de eso tan particular que llaman arte contemporáneo. Podrá gustar más o menos, pero el Asunto, desde luego, merece un tratamiento por tierra, mar y aire, y aquí hay una buena carga de reflexión, datos y humor. Ácido, a veces. Casi diría que con la mejor mala idea, como esa frase que encabeza el apartado dedicado al derecho a la privacidad: «Añadiendo ‘!’ a mi contraseña y sintiéndome un gurú de la ciberseguridad». Si no comprometiera mi ciberseguridad y evidenciara mi egocentrismo, casi diría que están burlándose de mí

En ese apartado (son siete) aparece, por ejemplo, The Follower, de Dries Depoorter, que ilustra hasta qué punto estamos dispuestos a ceder información a cambio de estar hiperconectados con una recopilación de grabaciones de cámaras públicas… cruzadas con publicaciones de influencers en Instagram. Inquietante.

Instalación ‘Data Violence’.

Los otros apartados son Posteo, luego existo, sobre identidad digital; Si el dedo publica más rápido que el cerebro, mal, dedicada a la libertad de expresión y la información veraz en el entorno digital; Sé más cosas de la vida de las Kardashian que de cómo funciona la IA, vitriólico toque de atención sobre el derecho a la explicación y la decisión humana en la era de la IA; ¿Existe un botón de reinicio de mi presencia online?, sobre el derecho al olvido y la herencia digital; Trabajo 8 horas y hago scroll a tiempo parcial, que nos recuerda la precariedad y explotación del asunto, y…

El último escalón merece párrafo aparte. Se titula El internet que vemos es solo la superficie, y postula que la Red se articule en torno a «un derecho fundamental para la participación ciudadana y la igualdad de oportunidades». O sea, si lo he entendido correctamente: no vale solo con quejarse (y asustarse). Estamos ante una de las mayores invenciones de la historia de la humanidad, luego ¡aprovechémosla usándola bien! Así, Mapa de la desigualdad, de Domestic Data Streamers, muestra el acceso a Internet en diferentes regiones del planeta y destaca «la urgencia de democratizar la tecnología», y The Other Nefertiti, de Nora Al Badri y Jan Nikolai Nelles, cuestiona el acceso cerrado y la propiedad exclusiva de objetos culturales de interés universal, con un gesto tan simbólico como la digitalización del busto de Nefertiti para compartirlo públicamente y abrir el «debate sobre la propiedad digital y el acceso libre y equitativo al conocimiento y al patrimonio».

Luisa Alli, directora adjunta a la presidencia de Fundación Telefónica y portavoz del Observatorio de Derechos Digitales, en el que se enmarca la muestra, explica muy divulgativamente las razones de todo este tinglado: «Creemos que este momento es el idóneo para hacer una exposición de derechos digitales porque ha pasado algo que hace dos años no conocíamos la mayoría: la llegada de la inteligencia artificial a su enorme potencial». Esto, dice, «ha puesto al mundo un poquito del revés», y también «nos ha hecho despertar colectivamente a lo que está pasando aquí: dónde tengo control y dónde no, qué tengo que hacer para cuidarme, dónde está invadida mi intimidad y dónde no».

Apartado Si el dedo publica más rápido que el cerebro, mal, de la exposición de Espacio Telefónica.

Su tono no es revolucionario. Demasiado bien sabemos dónde acaban las revoluciones… «El momento, tan relevante, es el adecuado para tener una exposición como esta», en la que, «en un tono divulgativo, simpático y cercano, cualquier persona que se acerque a la exposición entienda qué son los derechos digitales, por qué le aplican y qué tienen que hacer ellos para exigirlos, por un lado, y también para ser responsable del uso que hace de la tecnología y responder de esa manera adecuadamente a los retos de esta nueva era».

Ella no dice (no es su función, ya lo digo yo, que para eso estoy, entre otras cosas, supongo) que si cosas como estas no te hacen espabilar, te van a comer la tostada. A ti y a todos los que te importan. Ella no dice (obviamente, no se va a meter en semejante berenjenal, para eso estoy yo, qué total…) que ya hay gente presumiendo por ahí de cobrar un billón (con «b» de burrada) de dólares por dirigir una empresa gracias al boom digital. O que las grandes tecnológicas tienen valores bursátiles mayores que el PIB de países enteros. Etcétera.

Karen Hao es periodista (como yo). También es ingeniera mecánica y fue editora del MIT Technology Review (ejem). Península acaba de publicar en español su libro El imperio de la IA, sugerente título que concreta en el subtítulo: «Sam Altman y su carrera por dominar al mundo». Hao empezó a cubrir OpenAI, la empresa madre de ChatGPT, en 2019. Dice que entonces estaba convencida de que eran los «buenos» de la historia: ideada como una organización sin ánimo de lucro focalizada en desarrollar una IA, su fundador Sam Altman aseguraba que actuarían de contrapeso frente a otras multinacionales.

En menos de un lustro «todas esas promesas se evaporaron» y la compañía «ha empezado a actuar como antaño lo hicieron los grandes imperios», conquistando nuevos territorios y explotando sus recursos y mano de obra, ya sea en forma de agua y energía o de trabajos precarios para recopilar y filtrar los datos que acumulan. Entre otras cosas sospechosas, dejaron de hablar con los periodistas. Pero Hao ya se había hecho una agenda. El libro se nutre de 250 entrevistas realizadas por todo el mundo. El poderío económico de la prensa anglosajona te permite estas cosas (y sí, es envidia, qué pasa). Te puede parecer más o menos alarmista, pero merece algo de atención. La cuestión no es que Sam Altman sea bueno, malo o regular, sino que pueda hacer lo que le dé la gana porque no estamos mirando.

Me llega por email la promoción del libro El canto de las Sirenas (Taurus), de Chris Hayes. Encabeza la propuesta esta pregunta: «¿Debemos reconocer la atención como un nuevo derecho humano básico?» Son más de 300 páginas. ¿Me lo leo? A ver quién es este Hayes… Dice la Wikipedia (fiable para datos básicos mainstream) que es «un periodista estadounidense. Hayes es el presentador del programa semanal de debate de la MSNBC». ¿Con qué debería contrastarlo si me pongo a ello?

No sé si me pondré a ello. Pero tiene toda la pinta de que la puñetera exposición ya me ha liado. Será por el choque de la primera instalación. O por el chiste de añadir la ‘!’ a mi contraseña y sentirme un gurú de la ciberseguridad. Que uno tiene su corazoncito… Por lo que sea. La cuestión es que me ha vuelto a resonar una idea en mi estresado cerebro digitalizado, una que me brotó al ver a Elon Musk bailando con los robots Optimus tras la junta de su empresa: aunque yo no cobre un billón de dólares, Internet es tan mío como suyo. Así que relaja, Elon.

Publicidad