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La factura de la caza de Maduro: así se quemaron hasta 1.000 millones de euros

Supuso un despliegue con capacidad suficiente como para invadir un país pequeño

La factura de la caza de Maduro: así se quemaron hasta 1.000 millones de euros

Un helicóptero Black Hawk MH-60.

No fue un asalto al uso de un pequeño equipo de operaciones especiales. La captura de Nicolás Maduro supuso un despliegue militar de un calibre nunca visto con una finalidad como esta; con capacidad suficiente como para invadir un país pequeño. Si se echan cuentas, la redada más cara de la historia costó alrededor de 1.000 millones de euros.

La captura del mandatario venezolano supuso muchas cosas: el apresamiento de un adversario político, un golpe de efecto, una jugada geopolítica de posicionamiento de dominio… y una factura milmillonaria acumulada. No hay pruebas, pero tampoco dudas de que en Washington sacaron la calculadora antes de mandar a un solo marine al Caribe, y resulta obvio que el beneficio era mayor que el gasto.

Antes de que nadie llamara operación a lo que ocurrió en la madrugada del 3 de enero, el Caribe ya se había convertido en una sala de espera flotante donde cada día costaba millones. Durante semanas, Estados Unidos mantuvo una fuerte presencia frente a Venezuela, a varios cientos de kilómetros de sus costas.

No era una flota simbólica, sino un grupo de combate completo, con portaaviones, escoltas y submarinos. Mantener ese dispositivo cuesta entre 7 y 9 millones de euros diarios, dependiendo del ritmo de las operaciones. Combustible, mantenimiento, tripulaciones y aviaciones embarcadas convierten cada jornada en siete dígitos, aunque no ocurra nada en absoluto. El tiempo de espera también cuesta.

Si se toma un periodo conservador de noventa días de despliegue intensivo, el precio de mantener los barcos en el agua supera con holgura los 740 millones de euros. Ese dinero no compra victorias ni titulares, solo tiempo. El suficiente para presionar, vigilar y esperar. Es el gasto menos vistoso y, sin embargo, el más determinante: sin esa presencia constante, el resto de la operación no hubiera sido posible.

El eje del dispositivo fue un portaaviones de última generación, cuyo coste diario de funcionamiento ronda los 5,5 millones de euros. A su alrededor navegaron destructores equipados con sistemas antimisiles, fragatas de apoyo y al menos un submarino nuclear. Cada uno añade otros pocos cientos de miles de euros diarios a la cuenta.

Sobre ese escenario flotante operó una flota aérea estimada de 150 aeronaves. Los cazas, aviones espía, radares volantes y sistemas generadores de interferencias no despegan gratis. En una operación de captura de alto valor como esta, es razonable suponer la participación, al mismo tiempo, de una docena de cazas furtivos, volando durante varias horas, con reabastecimiento en vuelo y apoyo electrónico.

Un F-35 tiene un coste operativo aproximado de entre 15.000 y 20.000 euros por hora de vuelo; eso sin contar armamento. Un F-22, más caro y exclusivo, puede superar los 46.000 euros por hora. Solo en horas de vuelo de combate, la factura puede situarse entre 9 y 18 millones de euros en una sola noche, sin que se haya lanzado aún una sola bomba.

A ellos se suman las plataformas de apoyo. Los aviones de alerta temprana, indispensables para coordinar el espacio aéreo, cuestan en torno a 11.000 euros por hora. Los aviones de patrulla marítima elevan esa factura, y los cisterna añaden otros tantos miles por cada hora en el aire.

Pisar suelo americano… en vuelo

Alrededor de las cinco de la mañana del día de los hechos, Nicolás Maduro pisó por primera vez suelo norteamericano, pero no lo hizo sobre tierra, sino sobre la plancha de aluminio que sirve de fondo en la bodega de carga de un imponente helicóptero Chinook CH-47. Uno de estos aparatos, si sumamos combustible, mantenimiento, tripulación y otros gastos asociados, puede irse con facilidad a los 20.000 euros por hora de vuelo en operaciones de este tipo; es bastante más barato en vuelos de entrenamiento o transporte rutinario.

Los Black Hawk, algo más baratos, siguen siendo activos costosos, con un precio en la factura de aproximadamente la mitad que los más grandes Chinook de doble rotor. En una inserción realista, con varios aparatos volando en formación, el coste de la fase de asalto terrestre al completo puede alcanzar con facilidad los 20 o 30 millones de euros.

A eso hay que sumar el coste de las fuerzas especiales. No son solo soldados, sino sistemas completos: entrenamiento continuo, inteligencia previa, equipos específicos y apoyo médico avanzado. Mantener una unidad de élite desplegada a más de 7.000 kilómetros de Washington durante semanas cuesta millones antes incluso de que empiece la misión. En el asalto final, esa factura se dispara sin contemplaciones.

Munición sofisticada

La munición es otro capítulo incómodo. Los proyectiles que se lanzan desde el aire y con destino a blancos en tierra parten de las más sencillas bombas guiadas Paveway II/JDAM, a unos 25.000 euros por unidad. En el extremo superior se encuentran las de alta precisión StormBreaker, que alcanzan los 200.000. Los misiles Hellfire, que lanzan helicópteros y drones, rondan los 120.000. Una operación de control del entorno y neutralización selectiva puede consumir armamento por valor de entre 25 y 70 millones de euros en cuestión de horas.

Si se suman estos conceptos —aviación, helicópteros, munición y fuerzas especiales—, el coste directo del ataque que culminó con la captura de Maduro se sitúa, con un criterio razonable, entre los 60 y los 110 millones de euros. Es una cifra elevada, pero palidece frente al gasto acumulado de meses de presencia naval previa, que es la que conforma el grueso del recibo a abonar por el Pentágono.

El error habitual es pensar que el asalto fue el momento caro. En realidad, fue el momento clave, pero no el epígrafe más costoso del conjunto. El dinero ya se había gastado antes, día tras día, al mantener barcos en posición, aviones en alerta y personal desplegado.

Enséñame la pasta

Existe además un coste que nunca aparece en los balances oficiales: la recompensa ofrecida durante años por información que condujera a la captura de Maduro. Nadie ha explicado si Donald Trump ha firmado el cheque por valor de 50 millones de dólares puestos sobre la mesa como incentivo a quien diese pistas sobre Maduro. La sospecha es que alguien de su entorno facilitó la operación. De ser así, el abono de semejante cantidad de dólares puede mantenerle bebiendo daiquiris en una playa tailandesa —por poner un ejemplo— durante varias vidas.

Todo este despliegue se produjo en un contexto político y económico muy concreto. Venezuela es una golosa reserva energética de primer orden, y la clave de la jugada apunta no a la necesidad estadounidense de los hidrocarburos de Caracas, sino a retirarlos del mercado y evitar que caigan en manos de rusos o chinos. La captura del líder del régimen abrió la puerta a operaciones comerciales de gran escala que ahora se controlarán desde EEUU.

Las cifras potenciales de esas transacciones superan con creces el coste militar de la operación, y ahí está el concepto: no es un gasto, sino una inversión. Pasa de ser una cuestión moral a una de orden contable. La operación se diseñó como una maniobra estratégica con retorno económico, no como un gesto altruista de política exterior.

Una factura asumible

Si se suman todas las partidas —presencia naval, aviación, ataque directo, asalto final y costes operativos—, el precio total de la caza de Maduro se mueve entre los 730 y los 1.100 millones de euros. No es una cifra exacta, pero sí una horquilla bastante aproximada.

Todo ese dinero se transformó en horas de vuelo, en combustible quemado, en miles de toneladas de acero desplazándose por el mar y el aire a lo largo de miles de kilómetros. Pero no se cierra ahí, porque estabilizar, controlar y negociar el estatus posterior del país caribeño también cuesta dinero. La captura fue solo una línea más en una cuenta que aún no se ha cerrado. En la geopolítica moderna, el precio nunca se paga de una sola vez, sino a plazos y con intereses; intereses que se lleva el de la mano fuerte.

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