Los astronautas que vayan a la Luna podrán llevar sus móviles... pero hay condiciones
Hay un cambio cultural al introducir objetos no especializados en el uso cotidiano en el espacio

Los cuatro astronautas de la misión Artemis II, quienes protagonizarán el regreso de la humanidad a la Luna. | James Blair - NASA (Zuma Press)
Podrán hacerse unos selfis de otro planeta. En sentido literal. Pero no ya con las cámaras oficiales de la NASA, sino con las suyas propias, las que lleven en su equipaje personal. Por primera vez, los astronautas podrán llevar sus teléfonos móviles a misiones espaciales. Esta posibilidad será estrenada por las tripulaciones de la Crew-12 que tomará rumbo a la Estación Espacial Internacional y por quienes protagonicen la próxima misión Artemis II. Esta última es la prevista para marzo y llevará humanos alrededor de la Luna por primera vez desde la década de 1960.
Llevar un teléfono al espacio no es una decisión trivial. Todo objeto que sale de la Tierra y cruza la atmósfera entra en un dominio donde las leyes físicas son las mismas, pero se aplican de otra manera. No se trata solo de superar la gravedad, sino de asegurar que la presencia de ese objeto —desde su masa hasta su campo electromagnético— no interfiera con sistemas críticos.
Los teléfonos, tanto de Apple como los basados en el sistema operativo Android de Google, han de pasar por un riguroso proceso de calificación para vuelos espaciales. Esto no implica solo comprobar que se enciendan en microgravedad. También es necesario verificar que no generen interferencias en las comunicaciones, que sus baterías no representen riesgo de incendio y que su presencia y uso no generen escombros flotantes que puedan dañar la nave.
La NASA ha destacado que esta urgencia operativa representa un avance en la capacidad de integrar tecnologías comerciales en entornos críticos. De manera histórica, la tecnología que viajaba al espacio estaba basada en dispositivos y sistemas específicos, diseñados con amplios márgenes de seguridad. Hoy, por primera vez, algo tan común como un smartphone forma parte de los objetos autorizados.
Para entender el impacto de esta decisión, hay que comprender cómo funcionan las normas de seguridad en el espacio. En la Estación Espacial Internacional (EEI), por ejemplo, todo lo que sube debe cumplir cuatro reglas básicas de forma estricta: no poner en riesgo la estación por ser susceptible de provocar incendios, gases o fragmentos; no interferir con sistemas críticos como comunicaciones o soporte vital; no generar basura flotante peligrosa. La cuarta y última regla es la de justificar su masa y volumen. Cada kilo que se envía al espacio tiene un coste económico y operativo, porque pesa y ocupa un espacio que siempre es limitado.
A cada pasajero espacial se le permite un llamado Personal Preference Kit (PPK, lit.: «Kit de Preferencia Personal»), una pequeña bolsa individual de entre 1,5 kg y 2 kg de masa que cada astronauta puede usar para llevar objetos personales. Hasta ahora, el PPK contenía recuerdos sentimentales como fotos familiares, cartas, música en formato digital, libros electrónicos y objetos simbólicos pequeños. Es una pauta recurrente encontrar pequeños objetos religiosos, como cruces, medallas y otros símbolos de fe, que suelen acompañar a los astronautas. Esos objetos, aunque personales, deben seguir reglas estrictas o quedan excluidos.
Entre lo prohibido están los elementos con baterías no certificadas, los objetos con puntas o filo, o cualquier cosa que pueda romperse y generar fragmentos en microgravedad. La razón es evidente: un fragmento de metal tan pequeño como uno de 2 mm flotando sin limitaciones puede causar daño a un ojo o interferir con un instrumento vital.
La comida y bebida en el espacio es otro capítulo con curiosidades propias. Los astronautas consumen alimentos deshidratados o termoestabilizados listos para su consumo en microgravedad. Los menús pueden personalizarse por preferencias del consumidor, pero siempre en formatos que no generen migas o líquidos libres. Eso elimina del menú desde el pan normal hasta las salsas líquidas.
Los líquidos deben ir en bolsas especiales que eviten gotas flotantes. El alcohol está prohibido salvo en casos muy controlados y solo para ser aplicado en experimentos científicos. La ropa es de usar y tirar. No se lava ni se remite hacia la Tierra; aunque, tranquilos, no les caen a nadie los calcetines y camisetas sucias: se queman en la reentrada en la atmósfera.
Tabletas o portátiles ya tienen su espacio en la Estación Espacial Internacional, pero han de pasar un riguroso examen técnico. Las cámaras fotográficas de uso oficial llevan tiempo acompañando a las tripulaciones y han de cumplimentar un proceso afín, y los relojes mecánicos o digitales están permitidos siempre y cuando no conlleven riesgos. Sin embargo, están vetadas las memorias USB personales no autorizadas, los discos duros externos no verificados y cualquier aparato capaz de emitir señales inalámbricas no controladas.
Costes siderales
Además del proceso técnico, existe el coste. Llevar objetos al espacio no es nada barato. Para la órbita baja terrestre (LEO, por sus siglas en inglés), donde orbita la EEI, los costes por kilo son del orden de varios miles de dólares. En su conversión a nuestra moneda, el Falcon 9 de SpaceX ofrece una tarifa de entre 2.510 y 2.600 euros por kilo, mientras que lanzadores más tradicionales como Soyuz o Ariane 5/Ariane 6 pueden costar entre 5.000 y 8.600 euros por kilo.
Subir algo de forma específica a la EEI es más caro aún. No basta con llegar a la órbita; se requiere inserción orbital precisa, aproximación y acoplamiento con la estación, certificación de seguridad e integración con sistemas existentes. En la práctica, el coste real por kilo puede oscilar entre 8.600 y 17.000 euros.
Si, además, el objeto es una persona, las cifras se disparan en escala geométrica. Un astronauta con traje y sistemas asociados puede tener una masa total de entre 120 kg y 150 kg. El coste estimado por asiento en una nave tripulada puede situarse entre 60 y 75 millones de euros. Esto equivale, por cada kilo de carne de astronauta, a unos 450.000 euros.
A precio de utilitario
Si aplicamos estos números a un teléfono inteligente típico, las cifras son fáciles de calcular. Un iPhone moderno pesa alrededor de 190 gramos; con un cable y adaptador, habría que añadir otros 70 g a 100 g. En cifras redondas, el conjunto pesa aproximadamente 300 g. Si tomamos el coste mínimo de transporte hasta la EEI de 8.600 euros por kilo, llevar ese teléfono cuesta unos 2.600 euros si nos acogemos a la tarifa más baja; el doble si nos vamos a la más cara, que puede fluctuar dependiendo de las posibilidades y circunstancias.
Pero ese cálculo tampoco es el final de la historia. Las baterías deben pasar pruebas estrictas, los conectores han de adaptarse a estándares de la EEI y cada minuto que un astronauta dedica a algo no esencial tiene incidencia en el coste operativo del conjunto. Es aquí donde se hace visible la paradoja: un teléfono que en tierra cuesta unos pocos cientos de euros puede costar lo mismo que un coche nuevo por llevarlo al espacio. No es su valor de mercado lo que impone la tarifa, sino el proceso de pruebas, certificación y seguridad que requiere para convivir con los sistemas que mantienen a una tripulación con vida.
Cambio tectónico de costumbres
La decisión de la NASA de permitir teléfonos refleja una transición en la cultura espacial. Hasta ahora, las imágenes y los vídeos en misiones se obtenían con cámaras oficiales, DSLR antiguas o cámaras de vídeo usadas en tomas de acción como GoPros. Esos dispositivos son fiables, probados y diseñados para vuelo. Ahora un astronauta puede capturar un momento con el mismo dispositivo con el que conversa con su familia o consulta sus aplicaciones.
Es un avance operativo fruto de décadas de experiencia, un paso que acelera la integración de tecnología comercial en entornos extremos y que abre nuevas ventanas al mundo. Que un teléfono toque las estrellas es un símbolo de esa transformación. Pero habrá limitaciones: podrán hacerse selfis, poner sus fotos en Instagram, mandar correos electrónicos, pero no hacer un pedido a su restaurante favorito con Glovo. Falta mucho para que los repartidores puedan llevar sushi hasta allí.
