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La NASA vuelve a la Luna: una película conspiranoica contó qué ocurre si todo sale mal

Una película planteó hace medio siglo el Santo Grial de las conspiraciones

La NASA vuelve a la Luna: una película conspiranoica contó qué ocurre si todo sale mal

Escena de 'Capricornio I'. | Filmax

Volvemos a la Luna. Tras un problema técnico, la NASA ha pospuesto el lanzamiento de la misión Artemis para principios de marzo, con una veloz visita al satélite. Los astronautas no pisarán la superficie, pero ayudarán a desarrollar futuras misiones, pero… ¿qué pasaría si todo sale mal? Alguien ya lo imaginó y creó una película que se acabó por convertir en la madre de todas las conspiraciones.

El viaje espacial es mucho más complejo de lo que parece. Sentados en la comodidad de nuestro salón, un lanzamiento al espacio parece algo sencillo, pero es el resultado de una concatenación de sistemas complejos e interdependientes. Si además la misión es tripulada, las condicionantes elevan su nivel y basta cualquier detalle nimio para que una costosísima nave espacial acabe convertida en un montón de escombros de alta tecnología. Lo fácil no es acertar, sino fallar, y esto es lo que planteaba la película Capricornio Uno.

Lo más pintoresco de la cinta, dirigida por Peter Hyams y estrenada en 1977, es que, a pesar de que en la ficción dejaba a la NASA como una organización corrupta y mentirosa, contó con su ayuda. Sí, la NASA colaboró en que la imagen de la NASA fuese dinamitada ante millones de espectadores. Aún hay quien se pregunta cómo accedieron a ello.

Capricornio Uno no cuestionaba la llegada a la Luna de forma directa, pero sí planteaba una idea corrosiva: que una misión espacial podía ser falsificada. Lo peor no era eso, sino que, llegado el caso, los mecanismos del Estado serían capaces de eliminar a su propio personal para proteger el relato. No es necesario entrar en giros ni desenlaces para entender por qué esa premisa dejó una huella tan profunda.

La historia parte de un inicio tan sencillo como demoledor. A las puertas del primer viaje tripulado a Marte, los controladores del lanzamiento detectan un fallo crítico en el sistema de soporte vital. Dicho problema condenaría a muerte a la tripulación a mitad de trayecto, sin posibilidad de rescate. Cancelar la misión supondría un escándalo público de proporciones bíblicas, un golpe directo al prestigio nacional y, lo peor, recortes presupuestarios que podrían suponer el fin del programa espacial.

Ante ese escenario, minutos antes del despegue, los astronautas son desalojados de la cápsula de forma inesperada y a toda prisa. Un instante después, el cohete despega sin astronautas a bordo, vacío. Los tres viajeros espaciales son trasladados en secreto a una base militar en mitad del desierto, donde se les obliga a simular toda la misión desde un plató cerrado, un teatrillo televisado a todo el planeta.

Cada imagen, cada transmisión y cada palabra enviada a la Tierra se graba allí con el objetivo de mantener intacta la narrativa de la proeza. Para el mundo, todo sigue su curso sin incidencias. Para los protagonistas, arranca una pesadilla silenciada. Para la NASA, el mayor peligro es que alguien descubra el engaño.

Cuando la cápsula regresa a la Tierra, se desintegra. Los astronautas dejan de ser héroes y se convierten en un problema que debe desaparecer. Son un cabo suelto y, para sostener la historia dentro de la historia, nada ni nadie puede verlos con vida. La conspiración ya no busca solo ocultar un error técnico, sino borrar cualquier prueba que pueda desmentir la versión oficial.

La semilla de la historia nació lejos de Hollywood: justo en el seno de la agencia espacial. Peter Hyams, su responsable, había trabajado como periodista para la CBS durante las misiones Apolo. Desde los estudios, rodeado de maquetas, pantallas y recreaciones, percibió una paradoja inquietante: el mayor acontecimiento tecnológico del siglo se estaba consumiendo a través de cámaras, monitores y señales intermediadas. Sin apenas testigos directos, todo dependía de la imagen recibida.

Una historia inoportuna… hasta el Watergate

Hyams escribió el guion en 1972, pero durante años parecía radiactivo: nadie quería tocarlo por ser una idea demasiado alocada. La posibilidad de una agencia federal que asesinara a héroes nacionales resultaba inasumible. La confianza en las instituciones seguía intacta, pero el escándalo político que derribó a Richard Nixon, el Watergate, cambió el clima cultural y la ficción encontró terreno fértil. Una conspiración a gran escala ya no sonaba descabellada, sino plausible e incluso entretenida.

El proyecto encontró financiación de la mano de ITC Entertainment. El presupuesto, cercano a cinco millones de dólares de la época (unos 33 millones de euros en 2026), obligaba a decisiones prácticas. Una de ellas fue el reparto. El estudio impuso la presencia de O. J. Simpson para garantizar la venta televisiva. El jugador de fútbol americano devenido en actor gozaba de una gigantesca popularidad en su país, equiparable a la de Mbappé, Messi o Cristiano Ronaldo hoy día.

El rodaje buscaba cierto realismo basado en la baja resolución de las cámaras de televisión de la época. Para lograr ese realismo, la producción recurrió a la propia NASA, que, contra todo pronóstico, colaboró con equipos, consolas y hasta con un prototipo real del módulo lunar del Apolo. Las razones nunca se aclararon del todo. El resultado fue que la institución acusada en la ficción aportó las herramientas para hacerla verosímil. La decisión selló una paradoja histórica: la NASA ayudó a construir la iconografía que, décadas después, serviría de apoyo a quienes dudan de sus mayores logros.

La culminación técnica llegó con las escenas aéreas. La persecución entre un biplano y helicópteros se rodó sin trucos digitales, con pilotos reales y maniobras al límite. Pero no todos los trucos fueron espectaculares. Algunos rozaron la genialidad por su sencillez. Para simular el aterrizaje de emergencia de un reactor sobre su fuselaje, el equipo cavó una zanja que ocultaba las ruedas. Desde el ángulo adecuado, la ilusión resultó perfecta.

Un legado duradero

El paso del tiempo dejó huellas físicas de aquel rodaje. En el desierto de Utah, todavía se distingue, desde imágenes de satélite, la mancha de grava donde se levantó un decorado temporal. Esta cicatriz discreta, pero persistente, recuerda cómo una ficción dejó marca en el terreno real. Pocas metáforas resultan tan precisas para explicar el legado de Capricornio Uno.

Ese legado se amplió con el redescubrimiento de un montaje más largo en 2019, hallado en Japón. Los minutos añadidos refuerzan la lógica interna de la conspiración y muestran hasta qué punto Hyams cuidó la coherencia del engaño.

El impacto más duradero, sin embargo, se produjo fuera de la pantalla. Aunque su autor siempre defendió la veracidad del programa Apolo, la película se convirtió en una referencia clave para las teorías de la conspiración lunar. Ofreció un manual de cómo podría haberse fabricado un fraude: platós ocultos, control de señales, manipulación mediática y la eliminación de testigos.

Extrañas coincidencias extrañas

A esa sombra cultural se suma una coincidencia difícil de ignorar. En 1994, O. J. Simpson fue acusado del asesinato de su exesposa, Nicole Brown Simpson, y de Ronald Goldman. El proceso, seguido por millones de personas, concluyó en 1995 con su absolución penal, aunque en 1997 un tribunal civil lo declaró responsable y lo condenó a pagar una indemnización millonaria. No fue el único asesino rodeado de dudas en la nómina de Hyams.

Robert Blake, protagonista de la primera película dirigida por Hyams, fue acusado en 2001 del asesinato de su esposa, Bonny Lee Bakley, hallada muerta de un disparo dentro del coche del actor en Los Ángeles. El juicio penal terminó en 2005 con un veredicto de no culpable, pero un año después un tribunal civil lo declaró responsable y lo condenó a una indemnización millonaria. Ambos casos no guardan relación entre sí, pero la coincidencia añade un matiz inquietante al legado del director: siempre ha estado rodeado, en la ficción y en la realidad, de la desconfianza y la fragilidad de la verdad hecha pública.

Hoy, cuando la NASA anuncia nuevas misiones alrededor de la Luna, Capricornio Uno resuena como un eco cultural. No porque tenga razón, sino porque entendió antes que nadie el poder de la imagen y la debilidad de la confianza colectiva. En una era de deepfakes, simulaciones e imagen generada por ordenador capaz de engañar a los expertos, adquiere una preocupante vigencia ante un mundo que lo ve todo a través de pantallas. Los conspiracionistas ya calientan por la banda.

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