EEUU acecha a Irán y Teherán quiere el premio gordo: hundir un portaaviones, pero no será fácil
Para el régimen iraní, el escenario de conflicto armado pondría en riesgo su supervivencia

Un portaaviones de la armada estadounidense. | Creative Commons
No son dos o tres, sino decenas. El Boeing KC-135 Stratotanker es la gasolinera volante de la US Air Force, y cuando las mueven en esas cantidades no es solo para pasearlas. Junto a ellos, cazas de combate, aviones de alerta temprana y barcos. Todo apunta a que algo puede ocurrir en Irán, pero los ayatolás tienen preparada una respuesta: hundir, o al menos inhabilitar, un portaaviones. Pero les va a costar mucho trabajo.
La posibilidad de un enfrentamiento abierto entre Estados Unidos e Irán depende de una decisión del principal inquilino de la Casa Blanca. Y no solo son aviones de combate F-22, F-35 y sus surtidores aéreos, sino grupos de combate formados por portaaviones y su escolta los que han puesto proa hacia Persia.
Junto con Cuba, bajo mínimos, Venezuela, neutralizada, y Corea del Norte, en un extraño limbo, los iraníes conforman el llamado Eje del Mal. Semejante despliegue transmite un mensaje inequívoco, y la resultante es una advertencia clara: si la diplomacia no funciona, la respuesta militar será inmediata ante lo que los iraníes sueñan como una respuesta de dimensiones bíblicas. O coránicas. O lo que sea, pero grande, muy grande.

Desde hace años, Teherán concede a los superportaaviones estadounidenses una atención que roza la obsesión. Ejercicios navales, discursos oficiales y demostraciones de misiles remiten a una imagen reiterada: un gran casco gris flotando de manera precaria o, mejor aún, hundido en sus aguas. No se trata de simple retórica, sino que muchos analistas creen que refleja una fijación estratégica muy estudiada. Irán entiende que el portaaviones no es solo una plataforma de combate, sino un referente psicológico para todo el mundo. En caso de matar a un dragón así, se les miraría de otra manera en todo el resto del mundo.
Un superportaviones, del tamaño del que manejan los americanos, alberga una tripulación de más de 5.000 personas, contiene un ala aérea completa y puede mantener capacidad de ataque durante semanas. Su llegada a una zona de crisis equivale a una declaración política sin necesidad de discurso. Para aliados regionales significa respaldo tangible, mientras que para adversarios es la peor de las señales posibles.

Desde el punto de vista operativo, estos buques están entre los objetivos más difíciles de alcanzar del planeta. Un navío como el USS Gerald R. Ford, uno de los dos remitidos al golfo Pérsico, tiene un desplazamiento de más de 100.000 toneladas y navega integrado en un grupo de combate con defensas en capas. Destructores y cruceros equipados con sistemas antimisiles conforman un denso paraguas defensivo en su entorno.
Menos se sabe de una eventualidad que suele reforzar ese espacio: los submarinos de ataque que patrullan de manera invisible. No se les ve, pero ante una operación como esta son habituales en un despliegue de semejante calibre. También se añaden aviones de alerta temprana, que vigilan el horizonte, y entre todos generan una capa de guerra electrónica que complica el guiado enemigo.
Si esta es su defensa externa, la fisonomía y el diseño de estos navíos tampoco son una piel fina. La compartimentación estanca masiva, los sistemas redundantes de generación eléctrica y los protocolos de control de daños diseñados para operar bajo impacto convierten al portaaviones en una suerte de castillo medieval flotante. La experiencia histórica muestra que estos buques están concebidos para absorber castigo y seguir combatiendo. La probabilidad de que un actor regional lo hunda con un único golpe convencional es baja.
Los únicos que han sido capaces de hundir un portaaviones han sido los propios Estados Unidos. Lo pintoresco del asunto es que fue un portaaviones estadounidense. Sí, los americanos hundieron un portaaviones americano y les costó casi un mes hacerlo. Pero la US Navy no asedió a una de sus naves por error, sino por curiosidad. Querían saber cómo se consigue hundir un barco así.
Hundir la flota
En 2005, la Armada estadounidense decidió someter a pruebas reales a un portaaviones retirado. El USS America, de la clase Kitty Hawk y en servicio entre 1965 y 1996, fue elegido como banco de ensayos dentro del programa Live Fire Test and Evaluation. En mayo de aquel año, remolcaron al portaaviones USS America hasta un punto del océano Atlántico, frente a la costa este estadounidense, y lo sometieron a un castigo infernal.
El objetivo no era desguazarlo ni convertirlo en arrecife artificial. Se trataba de estudiar, con datos reales, cómo un superportaaviones es capaz de resistir ante explosiones y daños progresivos. Durante casi cuatro semanas, el buque fue sometido a detonaciones controladas bajo la línea de flotación, cargas internas y simulaciones de impacto. La Marina no pretendía hundirlo de inmediato: lo que buscaba era medir su resistencia.
Se analizaron las deformaciones del casco, el comportamiento de salas estancas, la propagación de incendios y su flotabilidad tras los daños acumulados. Cada explosión aportaba nuevos datos, imposibles de replicar con exactitud en simulaciones digitales. El portaaviones acabó hundiéndose el 14 de mayo de 2005.
Un estudio muy violento
La experiencia demostró que, si el objetivo hubiera sido hundirlo en horas, habría sido posible. Lo relevante es que un casco de más de 80.000 toneladas resistió una secuencia prolongada de explosiones antes de irse a pique. La compartimentación interna y la redundancia estructural demostraron una capacidad de resistencia más que notable.

Aunque los resultados detallados siguen siendo información clasificada, se ha sabido que las conclusiones influyeron en mejoras de diseño posteriores. Los datos se aplicaron en la evolución de la clase Nimitz y en el diseño de la clase Ford. Pero la lección implícita fue clara: hundir uno exige un daño masivo, sostenido y estructural. Para que un adversario lograra mandar al fondo un buque moderno necesitaría algo más que un impacto aislado. El escenario más exitoso necesitaría la combinación de saturación aérea y balística, guerra electrónica capaz de degradar sensores y un ataque submarino coordinado.
Teherán tomó nota, y su doctrina ha evolucionado en esa dirección. En lugar de apostar por una única arma milagrosa, ha invertido en saturación acumulativa. En el lote entran misiles de crucero lanzados desde la costa, misiles balísticos antibuque, drones de bajo coste, lanchas rápidas armadas, tripuladas o no, y minas navales. Ninguno garantiza por sí solo un resultado crítico, pero en conjunto fuerzan al defensor a gastar interceptores y atención bajo condiciones de tensión concentrada en un periodo de tiempo reducido.
Jugar en campo propio
El estrecho de Ormuz agrava la ecuación. Es un espacio reducido, en proximidad a bases iraníes y con un tráfico denso, en condiciones que limitan la operativa del visitante. Ante ese escenario, la saturación busca tensar las capas defensivas más que perforarlas de inmediato. Un misil balístico antibuque con perfil de descenso pronunciado complicaría los plazos de interceptación. Un enjambre de drones obligaría a decidir prioridades. Una mina naval impondría cautela y ralentizaría movimientos. Cada tipo de armamento ocuparía una función concreta.
La amenaza más delicada sería el submarino. En una pauta recurrente, los grandes buques se pierden más por incendios incontrolados y daños superpuestos que por perforaciones de su casco. Sin embargo, un torpedo pesado con detonación bajo la quilla puede fracturar la estructura longitudinal y comprometer su estabilidad.
El portaaviones encarna una paradoja. Estas ciudades flotantes son la herramienta más flexible de proyección de poder naval. Su ala aérea puede operar sin depender de bases terrestres vulnerables y su movilidad complica la planificación enemiga. Y también es un símbolo, y eso lo convierte en un objetivo narrativo irresistible.
Una jugada de efecto global
Si Estados Unidos atacara Irán, el premio estratégico que Teherán ambiciona no sería solo un casco hundido, sino la imagen de una fortaleza tocada. Hundir un portaaviones es difícil, pero convertirlo en epicentro de una crisis es más viable. Los mercados energéticos reaccionarían de inmediato, la presión política interna en Estados Unidos se intensificaría y lograría una narrativa de exposición capaz de viajar más rápido que cualquier informe técnico sobre daños reales.
Ahí reside el interés iraní. Porque para el régimen, el escenario de conflicto armado con la potencia occidental pondría en riesgo su supervivencia; por eso tirarán con todo lo que tengan.
