The Objective

La viñeta sobre... La Constitución del 78

La del 78

No es La Pepa, pero sí es La nuestra. O lo era, porque está hecha unos zorros. Desvencijada, maltratada y arrinconada. La pobrecita puta y por añadidura, apaleada. De la cama ni hablemos: ya la pagamos los españoles.

Nació en el 78 cuando yo era aún un infante y lo hizo entre grandes dolores de parto. No la trajeron comadronas, sino un tropel padres de la Constitución. Un montonazo de hombres de traje gris severo, y no hubo, que se sepa, mujer alguna presente. Así que, sí: fue un trance difícil, y en cierto modo —como el nacimiento del Niño Jesús— milagroso. Porque María parió, virgen, y nuestra pequeña Constitución vio la luz, inocente, en medio de ese bosque de lobos. De una manada de políticos que, no sólo no mordieron por un día, sino que asistieron, felices, en el alumbramiento.

Contaba mi amigo José María Marco en su libro Después de la Nación que casi se excluyó el termino Nación de la carta magna. Sólo aparece dos veces a lo largo de todo el texto, cuando es sobre la nación como tal de lo que versa una constitución. Ya saben, por si «ofendía». Y se habló sin embargo de nacionalidades, el tumor primigenio del que brotaría la metástasis que hoy nos ocupa. ¿Sería que Alfonso Guerra iba introduciendo, escondidas entre la maraña de las barbas de Peces-Barba, esas pildoritas que hoy nos envenenan? Vaya usted a saber, un suponer.

Vaya trago estos presentes fastos para Don Felipe, el del padre exiliado-más-bien-expulsado Don Juan Carlos. Él, que ha cortado lazos familiares de un navajazo para soltar lastre en intentar salvar ese zepelín Hindenburg que es La Zarzuela, tiene ahora que acudir a los actos conmemorativos del cuarenta aniversario de aquel texto de unión que apadrinó su padre, valga la familiar redundancia. Y lo tiene que hacer arropado por magnicidas, escoltado por los que quieren matar y enterrar lo que queda del legajo, ese defectuoso pero fraternal papel, ya mojado, que fue un abrazo sincero entre las dos Españas cainitas.

No hay más que ver el rostro petrificado de Don Felipe custodiado por Sánchez y Conde-Pumpido en la ceremonia. ¡Qué cara de circunstancia! Qué halo de consternación…