El Career Grand Slam de Alcaraz
Hemos visto al viejo oso de los Balcanes vender caro su pellejo en Melbourne, Where women glow and men plunder… Su agónica victoria ante Sinner en la semifinal a cinco sets hacía prever que estaría casi disminuido. Nada de eso: la rendición no forma parte de su repertorio. Nole pelea hasta el final y, por el camino, siembra minas, pone trampas y amaga hasta con el número de veces que bota la bola antes de sacar.
En un primer set fulgurante del de Belgrado, vimos a un Carlos desnortado, sobrepasado y lamentándose a los suyos. Recordó un poco a su impotencia el pasado verano en Wimbledon ante Sinner. Pero esta vez tuvo paciencia. La misma que tuvo que cultivar, a la fuerza, en la otra semifinal antológica, en su dramática pelea contra sus calambres y contra Zverev. Le salvó hacer caso a su Samu, respirar hondo y ser paciente; llevar al alemán a dos tie-breaks en el tercer y cuarto set; alargar y alargar el trance para dar tiempo a sus músculos a recuperar y, solo mediado el quinto set, ya en el alambre y break abajo, empezar a carburar de lleno y acabar dando la vuelta, de forma inverosímil, a un partido que se le había puesto épicamente feo.
Pues hoy, en la final, esa madurez volvió a dar fruto. Supo esperar a que pasase el vendaval inicial de palos planos y quirúrgicamente precisos. Djokovic traía un plan claro: jugar directo y acortar puntos para conservar fuerzas. Pero en el rincón de Carlos sabían que no podría mantener ese nivel tan deslumbrante durante todo el partido: venía justo de fuerzas y llegarían los fallos.
—Paciencia. Queda mucho. Paciencia… —le decía Samu.
Las fuerzas de Djokovic empezaron, efectivamente, a menguar en el segundo. Aprovechó e hizo la de siempre: se fue al vestuario para intentar romper el ritmo del contrario. Y encima los Aussies cerraron inexplicablemente el techo. Ni llovía ni hacía calor. Lo cerraron porque sí. Pero ni con esas. Colapsó el serbio en el tercero, desbordado, pálido, con la mirada perdida de un boxeador grogui. Por primera vez en mi vida le vi agotado y me lo creí. No era una de tantas tretas a las que nos tiene tan acostumbrados.
Pero llegó el cuarto y definitivo. En el segundo juego, con Nole al saque, Carlos le llevó una y otra vez al límite, una bola de break tras otra. Y, en vez de conseguir mandarlo a la UCI, el viejo zorro se creció ante el castigo y se recompuso. Firmaron ambos un set descomunal, de tú a tú. El español impuso su talento y juventud, pero el campeón de veinticuatro grandes nos hizo temer un quinto set: había resucitado.
Se marcha Carlos de Australia tras batir el récord de precocidad en conseguir su primer Career Grand Slam. Y digo primer porque todo hace pensar que estamos todavía en los albores de lo que puede ser la carrera tenística que desbanque la de su grandioso rival. Solo tiene veintidós años y ya atesora siete grandes. Le queda, como le dijo Nole en la emotiva ceremonia, toda una vida tenística por delante.