Como un cuchillo, las vías del tren nos han cortado a todos, primero, la respiración y, acto seguido, el corazón.
Es como si nos hubiese mirado colectivamente un tuerto: Paiporta, el apagón… y ahora esto. «País provisional» rezaba el cartel de una viñeta de El Roto de hace años. Ya ni siquiera eso.
El domingo 18 de enero vivirá siempre en mi memoria grabado a hierro. El zumbido de los trenes al volar sobre las vías ha dejado de ser ese sonido romántico y apetecible que nos transportaba a un sitio mejor, aunque lo escuchases sin siquiera estar subido a uno. Bastaba con verlo pasar. Pero ha pasado a ser un ruido siniestro.
Habíamos ido a Granada, a la boda de unos amigos. Blanca y yo comentamos, tanto a la ida como a la vuelta, lo a gusto que se viajaba en tren. Lo cómodo que era dejar atrás el coche, los atascos del viernes por la tarde, el cansancio de conducir de noche y con mal tiempo. Íbamos cómodamente apalancados el uno junto al otro, leyendo nuestros libros. Echando la vista atrás, hasta escuchar la conversación a voces por el móvil del pesado de turno —normalmente insufrible— se me antoja ahora algo entrañable.
A la vuelta, tras la boda, dudamos si dar un garbeo por la Alhambra y volver unas horas más tarde…, pero hacía un frío granaíno de ese que se te mete en los huesos. Teníamos billetes para el de las once y en ese volvimos. Camino de vuelta atendí una llamada en el descansillo, entre los vagones. Al colgar, me apoyé en la puerta y aproveché para estirar mientras miraba por el cristal cómo pasaba el paisaje a la velocidad del rayo, borroso. Y os juro que pensé: menos mal que esto es tan seguro.
Cuando por la noche nos metimos en la cama, Blanca me enseñó la noticia en su móvil. Nos quedamos los dos callados. Al principio no lo registras; es como si se tratase de una película de la que no formas parte. Pero poco a poco, escondido bajo el edredón, empiezas a tomar conciencia de que pasaste por ese mismo punto kilométrico en el que la dama de la guadaña estaba haciendo su espera apenas cinco horas antes. La hija de puta hizo un trabajo fino: ¿cuáles son las probabilidades de que ocurriese el desgraciado descarrilamiento justo al cruzarse con otro tren? Minúsculas y, sin embargo… van cuarenta y uno.
Hablé con mis dos hijos esa noche para decirles que los quería y me acordé de aquel viejo anuncio: Papá, ven en tren.