Imagine que va usted al médico porque sufre unas pequeñas molestias, nada grave: se encuentra bajo de tono, no se mueve con la agilidad de antes y, de vez en cuando, tiene que parar y sentarse.
El diagnóstico del médico es tajante: «Está usted mejor que nunca», le dice y, después de darle una palmadita en la espalda, lo manda a casa.
Un tiempo después, sufre usted un infarto y, cuando le pregunta al médico cómo pudo decir que estaba mejor que nunca, reacciona justificándose. Alega que actuó conforme a los protocolos; que nadie podía prever algo tan extraño, raro y difícil de explicar, y que tiene la conciencia tranquila.
¿Se fiaría usted de ese médico? ¿Volvería a poner su salud en semejantes manos?
Ahora no imagine, solo recuerde.
En agosto de 2024, el Partido Popular exigió la comparecencia en el Senado del ministro de Transportes, Óscar Puente, ante la acumulación de incidencias en el servicio ferroviario, ninguna mortal, por fortuna: averías, cancelaciones y, de vez en cuando, algún descarrilamiento.
El diagnóstico del ministro fue tajante: «El ferrocarril vive en España el mejor momento de su historia», declaró y, después de darle una patada en el culo a los populares, se fue a casa.
Ahora, ese ferrocarril ha sufrido en Adamuz un infarto que se ha llevado por delante a 45 personas. ¿Cómo ha reaccionado Puente? Justificándose. Alega que actuó conforme a los protocolos; que nadie podía prever algo tan extraño, raro y difícil de explicar, y que tiene la conciencia tranquila.
¿Se fiaría usted de ese ministro? ¿Volvería a poner el ferrocarril en semejantes manos?





