Los dineros de ZP
A cada cerdo le llega su San Martín, o eso reza el dicho, pero por más que me hincho a rezar, no acaba de llegarle al susodicho. Me refiero, cómo no, a Monseñor de la Ceja. Sí, sí, aquel que, en un rapto de inspiración sin igual, inspiró profundamente —el alcohol tiene estas cosas— y exhaló abruptamente aquella ventosidad colosal que todos, hasta sus más feroces oponentes, recordamos con sonrojo y vergüenza ajena: «la tierra no es de nadie, es del viento»… Tócate los cojones, Manglones. Y se quedó tan ancho.
Este mismo personaje, con maneras de beatífico bonachón, se ha llenado las alforjas a manos llenas como un malote de un wéstern, cobrándole de los chinos vía los venezolanos vía, al parecer, un testaferro muy saludable, al que también gusta practicar esa cursilada que es el running, y con quien se encuentra para charlar de sus cosas, escoltados y en el monte, fuera de toda cobertura. El buenazo de la sonrisa fofa y panfletaria dijo aquello de «los pobres son demasiado pobres y los ricos, demasiado ricos» …
—Qué rico, Pepeluí… ¡Qué rico que vinihte! —le decía el orangután Puente, perdón, digo Maduro, cuando se abrazaban— el uno en chándal y el otro en guayabera— en el Palacio de Miraflores, donde tenía esta alma pánfila su suite permanente. ZP siempre ha mirado por los desfavorecidos, pero los quinientos mil de Plus Ultra, pa la buchaca, oye. Y eso para empezar, la puntita del iceberg, parece ser.
Produce una náusea infinita que roben, pero produce un vómito seco, que diría mi amiga Paloma, que es muy burra, que sigan castigando a todo cristo viviente con sus lecciones. Lecciones sobre esa sandez hipócrita de ricos y pobres, cuando lo que está claro es que no están, como tanto les gusta alardear, «del lado correcto de la Historia» (pedorrez inenarrable; ay, Señor, ¡llévame pronto…!) Lo que están es del lado bueno del botín, forrados hasta las trancas y subiéndonos los impuestos a tos los tolais que curramos de ocho a cinco.
Lo dicho. No sé a qué alturas vamos del santoral, pero a ver si llega el San Martín ese, que tengo unas ganas…




