The Objective

Vía muerta

La vida es una película que siempre tiene un mal final. Será por eso que nos gustan tanto las películas que acaban bien, que nos enseñan, aunque sea una mentira piadosa, que la cosa termina bien, al menos hasta que aparece el letrero de «FIN». Nos gustan menos cintas como Estación Termini de Vittorio De Sica que se empeñan en mostrar el lado realista, o digámoslo claro, el lado malo, del viaje de la vida.

Lo han adivinado. Estoy de lunes y esto no va de trenes más allá de lo metafórico, que la vida es, como dice mi suegro, que es el tío de 94 más joven que conozco, un viaje en tren. Más largo, más corto, con sus estaciones, y nunca sabemos en cuál nos toca bajarnos. Respiramos aliviados cada vez que los vagones se ponen en marcha de nuevo y tenemos la certeza de que esa parada que queda atrás no era la nuestra; nuestro final de trayecto.

Pues bien, andamos embarcados —aunque sea en tren— en un viaje a ninguna parte. Como aquellos cómicos en posguerra de la hermosa película de Fernán-Gómez, vagamos juntos hacia un horizonte cada vez más incierto, embalados hacia una vía muerta. ¿Y por qué está este hombre así de negativo? Se preguntarán ustedes. Es sencillo, se lo explico.

El descarrilamiento de Adamuz nos pilló, o mejor dicho, no nos pilló por unas pocas horas, porque volamos sobre esas mismas vías sobre las tres de la tarde, y la gente comentaba que aquello vibraba una barbaridad. Se caían los productos del vagón cafetería y la camarera musitaba: «¡cada día se mueve más!». Pues bien, este fin de semana me desplacé a Castellón a competir en el Campeonato de España de Natación. Mis resultados son deplorables (no soy un AVE, soy un tren de cercanías, pero ese es otro cuento). La cuestión es que no me atreví, como tantos, a ir en tren, que es lo suyo. Cogí el coche. Soy un conductor prudente, pero una vez en el trayecto de ida y muy especialmente en un momento del de vuelta, ya de noche y con lluvia, casi nos vamos para el otro barrio mi amigo Javier y yo: llegando a Madrid, nos encontramos, de repente, y a tan solo unos setenta metros, un coche parado, atravesado en el carril izquierdo por el que yo circulaba y que no tenía arcén. Pegué un volantazo instintivo a la derecha izquierda y, por suerte, milagro o chorra, en ese momento no venía nadie. Milagro. Pero me acordé de la puta madre que los parió a todos. Sí, ya saben ustedes a quiénes me refiero, a todos esos los grandes defensores de «lo público», a los profesionales de la manifa a quienes se llena la boca con la monserga de la cosa y que luego hacen de lo Público —con mayúsculas, como gustan escribirlo— y lo convierten en… una mujer pública. Literalmente. Tus impuestos y los míos en putas.