Ojo por ojo, tuerto.
No es descabellado decir que donde pone el ojo, Israel pone la bala. Y la pone con exactitud: ojo por ojo, en el centro del ojo: diana. La venganza, ya se sabe, es un plato que se sirve frío, y este sale de los sótanos refrigerados donde se enfrían los ordenadores del big data israelí.
Así que Sánchez, que es el rey de este país tan ciego, no puede dormir tranquilo a riesgo de quedarse tuerto. Y encima lo hace tendido junto a Begoña. Qué intranquilidad.
Ha insultado y vilipendiado a los judíos con un megáfono a la cabeza de la manifestación de los idiotas. Y ya se sabe que los judíos son mal enemigo, Hamas dixit. Él, tan dado a hacer posturitas para salir en la foto, patizambo y ajustándose compulsivamente el talle de la americana como si le quedase pequeña —que es como le queda, aunque el traje, el de presidente, le quede tan grande—, se empeñó en colocarse en eso que llama “el lado correcto de la Historia”, voceando a los cuatro vientos que son los hebreos los que están del lado incorrecto. Vamos, que el pueblo elegido, que pasó por lo que pasó sin haberlo elegido durante tantos siglos y que dijo lo de “¡Basta ya!” y “Nunca mais!” antes que nadie, estaba equivocado… Vamos, que la Historia es un juego en el que uno elige el lado, como el pañuelo o el escondite. Según estos zotes, la Historia es un cuento de niños que nos suelta la Yoli con su voz cursi-repipi, donde desaparecen los matices y de lo que se trata es de salir bien guapo en el lado correcto de la Historia, que para ellos es una foto en Instagram.
Pues le va a dar por donde más le duele. Habrá llanto y rechinar de dientes. El encargo del Pegasus, ese caballito de Troya que nos ocupa, nos lo colaron los marroquíes, ese vecino que nos detesta tan cordialmente y que, hoy por hoy, con sus recién adquiridos fosfatos del Sáhara —gracias, Pedro—, tiene infinitamente mejor relación con los Marco Rubio y los Mossad que nosotros, pobres desgraciados caídos en desgracia, neoparias de Occidente que somos.
Será este mal de muchos —nuestro, principalmente— consuelo de tontos, pero a uno le hace ilusión saber que el plato frío viene de camino. Frío a más no poder. Lo dejará Deliveroo en la escalinata de La Moncloa desde Tel Aviv, con cariño, vía Rabat. Sánchez, el hombre que ha hecho de tanta mentira su única verdad, ocultó lo ocurrido desde el minuto uno. Pero el tic-tac del reloj —que no el TikTok al que se ha aficionado— debe resultar angustioso en las noches de palacio, retumbando en los pasillos de mármol. A lo mejor, cuando se desvela, baja a la sauna para intentar relajarse, pero uno duda de que lo consiga.
El que ríe el último ríe mejor, y a Sánchez se le va poniendo cara de chiste, con su maquillaje pintarrajeado de payaso triste y todo. Y encima, flaco a más no poder, que son las cinco y no ha comido.



